EL LADRÓN DE BAGDAD (The Thief of Bagdad)

Película estrenada entre 1929 (Silente)

Director: Raoul Walsh. 1924. EE.UU. Silente. B/N (coloreada)
Intérpretes: Douglas Fairbanks (Ahmed, el ladrón de Bagdad), Snitz (su malvado compañero), Charles Belcher (El hombre santo), Julianne Johnston (La princesa)


En el palacio del califa, el bribonzuelo Ahmed queda prendado de la hermosa princesa. Entre los pretendientes que van a hacerle la corte, el “príncipe” Ahmed será el elegido para ser su esposo, pero, al descubrirse su verdadera identidad, es azotado y condenado al destierro. La princesa promete conceder su mano a quien consiga traerle el más maravilloso de los tesoros. Ahmed emprenderá un viaje mágico, en el transcurso del cual obtendrá la “Hombría verdadera” y el “Poder sobre los Hombres”. Entre tanto, el príncipe Mongol, que trama el derrocamiento del califa, envenena a la princesa. Aunque la princesa se salva, un ejército chino se apodera de la ciudad. Ahmed hace aparecer por arte de magia un ejército, reinstaura al califa en el poder y, acto seguido, monta a la princesa en su alfombra mágica y se pierde volando en un firmamento tachonado de estrellas.

El ladrón de Bagdad es uno de esos títulos que ha dado una gran variedad de películas a lo largo del tiempo, evidentemente todas ellas tienen un argumento base común, pero sin embargo son muy distintas entre sí. De entre todas ellas sobresalen por méritos propios dos títulos, por un lado la película muda de 1924 dirigida por Raoul Walsh e interpretada por Douglas Fairbanks, y por otro lado la versión que comentamos en esta ocasión, dirigida por múltiples realizadores entre los que se encuentra el gran Michael Powell e interpretada por Conrad Veidt, Sabú, June Duprez y John Justin.
Entre esas dos grandes versiones de la película es difícil decantarse por una ya que ambas son bastante diferentes, y no me refiero a que una sea muda y la otra sonora, sino que en ambas películas tanto el ritmo como el estilo narrativo son bastante diferentes, de modo que tener las dos versiones no sólo es comprensible sino también recomendable. Para aquellos que no la hayan visto les diré que la película de 1940 tiene un ritmo mucho más intenso que la película muda, pero sin por ello perder un ápice en lo que a momentos íntimos se refiere, sobre todo en los momentos más románticos, es una película que se parece mucho más en su estructura a Simbad y la Princesa dirigida por Nathan Juran en 1958, pero sin embargo es mucho más poderosa en intensa que la película de Juran. En cuanto a la película de Raoul Walsh que dura nada menos que dos horas y media, unos 50 minutos más que la de 1940, es probablemente una película más técnica (en lo que a la dirección se refiere) y que cuenta con la inestimable participación de Douglas Fairbanks, el gran actor del cine mudo de aventuras por excelencia. En fin que yo no me atrevería a destacar a una sobre la otra porque son muy diferentes por lo que sí recomiendo darle una oportunidad a las dos, y si os gustaron Simbad y la Princesa o Jason y los Argonautas, la versión de 1940 será obligada para todos vosotros, ya que siendo estilos similares las supera ampliamente tanto en intensidad como en equilibrio. El ladrón de Bagdad es una película que ha sabido dedicar el tiempo necesario a los momentos más tranquilos para que haya un contraste adecuado con los momentos más trepidantes, sin embargo las que comentaba antes son mucho más aceleradas y se pierden un poco en un ritmo excesivamente vertiginoso sin incluir los necesarios momentos para relajar un poco la tensión. Este punto sin embargo lo manejan muchísimo mejor en El ladrón de Bagdad porque ante todo es una película con efectos especiales y no tanto un conjunto de efectos especiales que conforman una película.


En una película en la que intervienen tantos directores es difícil hablar de la dirección de la película, pero lo que si podemos decir es que tiene una gran coherencia, es como si hubiese un hilo conductor y que uno de los directores se hubiese encargado de supervisar la cohesión entre las distintas escenas, dando un mismo rumbo a la película, una única dirección, de modo que la película no sufre momentos de altos y bajos en ningún pasaje de la misma. Como comenté anteriormente la película se ha filmado con una gran coherencia, incluyendo los suficientes momentos intimistas que ayuden a equilibrar un poco el ritmo tan intenso y veloz que una película tan espectacular (con tantos efectos especiales y visuales) debe tener, de hecho creo que es el gran secreto de la misma y el por qué ha salido tan redonda, ya que ha sabido aunar y cohesionar todos los elementos, teniendo como último fin el realizar una gran película y no un gran espectáculo.

Las interpretaciones son otro de los puntos clave de la película, y en este punto me permito destacar las que para mí son las mejores, por un lado la de John Justin que encarna perfectamente su papel de Ahmad, un rey destronado, condenado a vivir huyendo, pero a la vez enamorado de una bellísima princesa que interpreta también a una gran altura June Duprez, y también destacaría a un tercer actor, Conrad Veidt muy convincente en su papel de Jaffar, un poderoso y despiadado mago que usurpa el trono del verdadero rey. De hecho alguno de los mejores planos de la película tienen a Jaffar como protagonista, como por ejemplo aquellos en los que la labor fotográfica de George Perinal utilizando técnicas expresionistas con el empleo de las sombras, ayudan a ensalzar los poderes sugestivos de Jaffar sobre la mente de los demás mortales.
La música de Miklós Rózsa es otro de los factores importantes de la película porque ayuda a ambientar y ubicar geográficamente la película con esa música oriental que emplea. Si hay algo que caracteriza a Rózsa es precisamente eso, la capacidad que tiene para con su música transportarnos a una época, no se limita a hacer una música que suene bien (que también suena muy bien, de hecho el tema principal es sensacional) sino que su música tiene un propósito en cada una de sus películas, uno de los grandes sin lugar a dudas.
Como consideración final os diré básicamente lo que ya os dije antes, tanto si tenéis la versión muda de 1924 como si no, la película es un clásico imprescindible del cine de aventuras, es una película que no os cansaréis de ver porque es además muy entretenida, una película que puede ir bien para cualquier momento del día. Cine de un género, el fantástico, en el que hoy en día por desgracia ya no se hacen películas como El ladrón de Bagdad.

El ladrón de Bagdad, es el avance más grande y repentino que el cine haya hecho jamás, y al mismo tiempo, es un regreso a la forma de las primeras cintas. Los trucos usados en su realización, son fascinantes, Fairbanks no tiene miedo de recurrir a la magia de la variedad más notoria, usando sogas que, cuando se lanza al aire, se vuelven rígidas y escalables, manzanas de oro que devuelven la vida a los muertos, ojos de cristal de ídolos en los cuales se revela el futuro, alfombras mágicas que vuelan a través de las nubes, caballos con alas, llaves con forma de estrella para abrir el palacio de la luna, además de una dotación de genios, amuletos, talismanes y dragones que exhalan fuego.
Por supuesto que la magia es posible en la pantalla; la primera comedia francesa del mago Georges Méliès lo demostró. Pero Fairbanks ha ido un paso más allá de los límites de esas posibilidades, ha interpretado la hazaña sobrehumana de hacer que la magia parezca probable.
Cuando en Los diez mandamientos (1923, Cecil B. De Mille) el director hizo que el Mar Rojo se abriera, todo el mundo dijo: ese es un gran truco, ¿Cómo lo hizo?; no hay ese tipo de interrupciones mentales en la cinta de Walsh. El espectador mira las fenomenales acrobacias de Fairbanks sin detenerse ni un momento a pensar que son trucos. Más bien los acepta como hechos. Esta cinta, tiene una maravillosa cualidad de cuento de hadas: un recorrido romántico que levanta a la audiencia, y después se vaporiza en nubes rosas y esponjosas. También tiene mucha belleza y solidez de construcción dramática.
Fairbanks y Walsh, actor y director, idearon escenas de sobrecogedora magnitud y grandeza. Construyeron, con increíble magnificencia, la ciudad de Bagdad, escenario sobre el que la cinta, llena de gracia, se desarrolla rítmicamente y a una velocidad que constantemente aumenta. Después de verla, uno se queda con la misma emoción infantil, creada después de la primera lectura de las historias de Hans Christian Andersen: es dominantemente romántica e irrealmente cautiva..
Al igual que a su maestro Griffith, a Walsh, en pleno desarrollo de su trayectoria, lo sorprendió la irrupción de la invención del sonido en el cine. Pensemos la transformación que habrá producido esta nueva técnica, en la expresión artística de los directores del cine mudo. Raoul Walsh al igual que: John Ford, Cecil B. De Mille, y Alfred Hitchcock, inició su carrera en el cine mudo, y luego realizó muchas películas sonoras. Adaptándose a los nuevos retos de la tecnología, si embargo para Griffith, Chaplin y otros, el sonido representó un obstáculo que ya no pudieron librar.
Durante el rodaje de su primera película sonora, el western sobre Cisco Kid en el viejo Arizona. Walsh perdió el ojo derecho. Y en la primera mitad de los años treinta trabajó sobre todo para el productor William Fox en obras interesantes, como: Mi chica y yo y Suerte de marino, no obstante, su trabajo empeoró, y aparecieron problemas personales cuando trabaja para los estudios Paramount en comedias sofisticadas como: Como a las ocho en punto (Every night at eight), o musicales, como: Artistas y modelos, las cuales poco o nada tenían que ver con sus intereses artísticos.




Subscribe to comments Responses closed, but you can trackback. |
Post Tags:

Comentarios cerados.


© Copyright 2005 Claqueta TE RECOMIENDA COCINA Y Recetas de cocina