Director: F.W. Murnau. 1924. Alemania. Silente, Sonorizada. B/N
Intérpretes: Emil Jannings, Maly Delschaft, Max Hiller, Emilie Kurz

“Simplicidad, más y más simplicidad: he aquí cuál debe ser el carácter de los filmes del futuro… nuestro esfuerzo ha de tender hacia la abstracción de todo lo que no sea verdadero cine, hacia la exclusión de todo lo que no pertenezca al verdadero patrimonio del cine, de cuanto sea trivial y proceda de otras fuentes: recursos, moldes vulgares provenientes del guión o del libro. Pues esto es lo que le ocurre a un filme cuando logra alcanzar el nivel del gran arte.” (F.W. Murnau).



Una de las películas más influyentes de la Historia del Cine y otro sobresaliente título del director F.W. Murnau, tiene como protagonista al uniformado portero de un hotel, quien pierde todo su orgullo cuando es relegado a encargado de los lavabos. Murnau experimentó al máximo aquí las posibilidades de la cámara con el fin de reducir los rótulos o intertítulos a la mínima expresión, e hizo que la cámara subiese a los ascensores, recorriese pasillos, cruzase los umbrales de las puertas y siguiese al protagonista, Emil Jannings, uno de los mejores actores de la pantalla silente. Esta cinta, producto de una cuidadosa restauración, incorpora una nueva grabación de la música original compuesta por Giuseppe Becce para su estreno en 1924.
La historia es de un patetismo extremo, más lacrimógena que una mañana entera pelando cebollas: el veterano portero de un hotel berlinés de alto copete (Emil Jannings, magnífico) es degradado de su flamante cargo (el cuál le permite pasearse arriba y abajo por la ancha avenida, enfundado en su elegante traje) tras dar muestras de no estar ya para muchos trotes, quedando sin aliento al descargar el abultado equipaje de un cliente.
Su sistema de valores -fundamentado, ni más ni menos, que en la honorabilidad que le proporcionaba su vestimenta- se viene abajo. El prestigio del que goza en el barrio obrero donde habita, queda en entredicho. La posibilidad de una boda ventajosa para su hija, también. Incluso los escarceos con una viuda solícita que le acostumbra a traer el condumio a la hora señalada… ¿qué será de él, en un mundo gobernado por las apariencias?
Imbuido de una lógica incuestionable, decide que la única solución para mantener su status -o pretender ante los demás que aún lo conserva- pasa por robar del establecimiento el despampanante uniforme, disfraz con el que podrá hacer una última actuación de cara a la galería.
El último tenía que haberse titulado algo así como La última carcajada o El que ríe el último (así se la conoce todavía en su versión inglesa). Murnau y su escritor, antes que guionista Carl Mayer, acababan la historia del modo más crudo -y coherente-: con la muerte del empleado en los urinarios donde había sido destinado por la dirección (convendrán conmigo en que es difícil imaginar mayor humillación para un personaje obsesionado por cómo lo ven los demás). Los mandamases de la UFA les instaron “amistosamente” a que cambiasen el final… y así lo hicieron, dándole el deseado y comercial giro a la historia, pero subrayando con tamaña maestría la absoluta inverosimilitud del final feliz, que nadie en sus cabales se tragó el camelo. Demostraron que se pueden esquivar imposiciones y darles la vuelta con un poco (en esto caso, bastante) de talento.
Pero… ¡cuánto talento!
La habitual pericia con la cámara -Karl Freund era el operador-, los espacios reservados a la experimentación… e imagínense además una película muda con apenas media docena de intertítulos, donde las imágenes se bastan y sobran para comunicar emociones, haciendo comprensible un drama complejo que afecta a un único individuo. Murnau eliminó gran parte de las cortinillas explicativas porque las consideraba “un recurso excesivamente literario, que
ralentizaba el ritmo general de los filmes y restaba expresividad a las imágenes”.
Pero volvamos al malévolo final. Un guiño del destino convierte a nuestro arruinado protagonista (arruinado, sobretodo, en el aspecto moral) en un potentado que puede permitirse el lujo de volver al hotel donde sirvió como exclusivísimo parroquiano. Allí encontrará a la única persona que le demostró un poco de compasión cuando las cosas iban mal dadas (un “pelao”, como él) y hará gala de su nada refinada técnica en el uso del cuchillo y el tenedor. No hay cuidado. Por más vulgar que sea, posee la única condición necesaria para ingresar en clubes pretendidamente selectos: dinero.
Murnau sabía que aquél epílogo quebraba por completo el ritmo y la intención de la película. Y lo hizo apresurado, estúpidamente alegre, más propio de las charlotadas de apenas un rollo de duración; nos está diciendo que eso no ocurrió, que cuando uno cae cuesta abajo -en esta sociedad, en el pasado y en el próximo siglo- la fortuna se muestra tan comprensiva como la parca con los moribundos.
Un director que es capaz de filmar un renuncio, un añadido que parece desmontar la tesis de una película entera y convertirlo en un homenaje al espectador atento y mínimamente inteligente, tendría que ser recordado por algo más importante que la epicúrea manera que tuvo de abandonar este mundo.
Lo que más llama la atención del filme es la excelente actuación del actor alemán Emil Jannings. Algunos dicen que era un dictador y que quería imponer su criterio por encima del de los otros y hasta del propio director. No es así en esta película puesto que Murnau adoraba a Jannings lo cual favorecía el trabajo, de hecho fue al actor alemán al que se le ocurrió ese magnífico final, claro está que sin la dirección de Murnau podría haber sido pésimo. El final no podría haber sido mejor porque la película es del todo dramática, un final del mismo estilo produciría en el espectador una sensación de tristeza y de compasión hacia el portero, llevaría a salir de las salas del cine con una impresión general perturbada. Si bien es cierto que un final dramático podría seguir la línea de la película realista, de los problemas sociales o íntimos de una familia de clase media-baja, de la descarnada sociedad que obliga a las personas a aparentar para poder pertenecer a ella.
Este aspecto de película intimista o social está reflejado de forma magistral por el director alemán. Las exigencias del entorno que rodea al portero, la necesidad de su familia y de su barrio de sentirse importantes, poderosos o dignos, de sentirse alguien en el conjunto de la sociedad. En ese sentido me parece genial la psicología del personaje del portero. No aparenta solo por él y su orgullo sino que lo hace por su familia y por su entorno, la satisfacción con que su ama de llaves le prepara el traje, la satisfacción de sus sobrina y hasta de la gente de las calles que le miran al pasar enternece al portero de tal forma que, cuando se da cuenta de que todo eso va a acabar se niega a aceptarlo. Más allá que su propio orgullo personal y la verg√ºenza que conlleva el perder su puesto de portero en el gran hotel es la supervivencia de una clase, su dignidad y su orgullo lo que hace que el filme resulte del todo conmovedor.
Destaca la escena en la que roba el uniforme y sale corriendo del hotel como escondiéndose de su conciencia, cuando mira hacia atrás y el tejado de una casa se abalanza sobre él. Está claro que todos los sentimientos que produce este filme son consecuencia de la magistral técnica que presentan, los primeros planos, los movimientos de cámara, los picados y los contrapicados.





Otra escena a destacar se da cuando el portero entrega su uniforme al guardia, cuando lo cede, el foco que lleva el guardia ilumina su cara, él no lo mira como si tuviera miedo de verse a sí mismo. Cuando le lleva a los lavabos y el foco ilumina al portero se parece a un escenario de teatro en el que el protagonista aparece iluminado. Después el foco desaparece y viene hacia la cámara, hacia nosotros lo que hace que nos identifiquemos con el personaje. La combinación de los movimientos de cámara con la propia historia y con la actuación magistral de Jannings es lo que hace que el filme pueda reflejar a la perfección el drama de un hombre que quería ser alguien.