Director: George Mélií¨s. 1902. Francia. Cortometraje de 14 min. Silente. B/N
Intérpretes: George Mélií¨s (Profesor Barbenfouillis), Victor André, Bleuette Vernon (mujer de la Luna), Brunett (astrónomo), Henri Delanoy (piloto), Farjaut (astrónomo)


Clásico, realmente clásico filme de ciencia-ficción del cine, basado en dos novelas, una de Julio Verne y otra de H.G. Wells sobre un viaje a la Luna por unos astrónomos. Es realmente entretenido verla por los efectos especiales, y no se preocupen por el idioma, es de cine mudo, por tanto se entiende muy bien. Sin lugar a dudas la obra más famosa filmada por el francés George Mélií¨s, considerado uno de los pioneros de la dirección cinematográfica.

Me fascina la imaginería de El viaje a la luna, de Georges Mélií¨s: esos decorados exuberantes, ese montón de extras que bailan y gesticulan llenos de vida, el optimismo y la infinita ingenuidad de ese viaje a la luna como quien va a al monte de detrás de casa, esos trajes tan chulos de los selenitas, los efectos especiales que no buscan realismo sino fantasía porque todo esto va de fantasía, de ilusiones, y de eso Mélií¨s sabía un rato.
También me da la impresión de que Mélií¨s era un hombre generoso. Con los decorados y el atrezzo que emplea en esta película de ocho minutos, muchos aprovecharían y estirarían la historia para llenar dos horas, sea como sea. Pero Mélií¨s sabe que la magia es un fogonazo efímero, no trata de agotarlo y cuenta lo que debe en el tiempo preciso. Quizá la vida en el París de 1902 ya era tan ajetreada como hoy eso explicaría en parte las más de quinientas películas (!) que realizó este hombre en apenas dieciséis años. Su pasión y su inquietud por desarrollar aquel invento recién nacido explicarían el resto.
Casi cien años después, los “Smashing Pumpkins” homenajearon esta película en un vídeo musical “Tonight, Tonight“, con un resultado muy bueno. De hecho, la velocidad de la película original la convierte en un antepasado lejano del videoclip más que del largometraje; incluso más que del corto.


En el Congreso Científico del Club de Astrónomos, se traza el enloquecido plan de enviar una nave espacial a la Luna. La expedición es encabezada por el presidente Barbenfouillis (literalmente “barba retorcida”). Se construye una cápsula, y un gigantesco cañón la envía a su punto de destino. Hecho de cartón-piedra y optimismo, el cohete aterriza justo en uno de los ojos de la Luna. Los astronautas contemplan luego cómo surge el planeta Tierra en el firmamento. por la noche bajan las siete estrellas a inspeccionarles, mientras que varios seres celestiales flotan por el espacio. En la Luna los astronautas descubren numerosas maravillas, incluyendo volcanes, tormentas de nieve y una gruta llena de gigantescas setas, así como a los belicosos selenitas, que tienen forma de crustáceos, y que se llevan a los científicos prisioneros. Pero Barbenfouillis consigue destruir al jefe de los selenitas y los astronautas huyen hasta su nave espacial, que desciende como una piedra desde el cráter lunar hasta un lecho marino en la Tierra. De nuevo en tierra firme, los héroes son entusiásticamente recibidos por los terráqueos, incluyendo un alcalde, campesinos que saludan con el sombrero y bonitas muchachas vestidas como marineros de “music-hall”. “El trabajo todo lo supera”, es la inscripción que figura al pie de la estatua dedicada a Barbenfouillis.


Viaje a la Luna, fue la producción más ambiciosa de Mélií¨s hasta la fecha (llevaba rodando películas desde 1986), y constituye un buen resumen de sus intereses estéticos, que apenas evolucionarían ya durante el resto de su carrera. Un corto anterior, de tres minutos de duración, La luna a un metro (1898) constituyó la base de su Viaje a la Luna, y estaba a su vez basado en el espectáculo fantástico del propio Mélií¨s “Las caras de la Luna o las desventuras de Nostradamus”. Creado en 1891 en su modesto teatro mágico, el Robert-Houdin. El tema de los viajes lunares había aparecido también en un suntuoso espectáculo teatral, de carácter seudo-científico, extraído de textos del novelista Julio Verne y adaptado por Adolphe Dennery, un autor de melodramas que fue montado en el “Teatro Chí¢telet”, uno de los muchos locales parisinos especializados en pantomimas y cuentos de hadas.
Como la mayoría de las películas de Mélií¨s, Viaje a la Luna se rodó en un escenario montado en un estudio parecido a un invernadero, y con iluminación solar. Consta de 18 cuadros o escenas teatrales, con la cámara siempre a cierta distancia de la acción. No lleva rótulos explicativos; pero la cuidadosa reseña de acontecimientos que aparece en el catálogo comercial de la empresa de Mélií¨s, la Star Filmes, sugiere que, aparte de para captar la atención e los potenciales compradores, esas descripciones eran utilizadas por los exhibidores para explicar la película al público de los parques de atracciones, compuesto por trabajadores, campesinos y niños, que fueron los primeros entusiastas del cine.
La lógica egocéntrica e infantil y el exhibicionismo que caracteriza esta parodia de las obras de Julio Verne y del novelista H.G. Wells, llevada a cabo por Mélií¨s se expresan a través de una serie de trucos de cámara, de innovaciones ajenas a los mismos y de técnicas teatrales de probada eficacia. Entre estas últimas cabe destacar la escena de la aparición de la Tierra en el firmamento, lograda mediante el movimiento del suelo del escenario. Entre los trucos no dependientes de la cámara caben destacar las maquetas, una secuencia rodada a través de un acuario y un elaborado “travelling” en el que lo que se mueve no es la cámara, sino el sujeto, el Hombre de la Luna, que se aproxima al objetivo hasta quedar en primer plano. Los trucos propios de cámara incluyen el parón y nueva puesta en marcha de la misma para desapariciones y transiciones, la fotografía sobre fondo negro y las dobles exposiciones para la secuencia del sueño con las deleidades celestiales. Mediante una sobreimpresión se logró acoplar un plano de la nave espacial con otros del mar, lográndose así un curioso “efecto especial”.
Los intérpretes se movían entre decorados de cartón-piedra, telones pintados y forillos, todos ellos en tonos grises más claros o más oscuros, que creaban un audaz claroscuro, pues la película ortocromática entonces utilizada era muy limitada en lo relativo a la captación de diferentes tonos o matices de color (resulta paradójico que las abigarradas y frenéticas comedias de Mélií¨s se rodasen en sombríos decorados monocromáticos). La colocación de la cámara en posición frontal a los decorados (señal de “primitivismo” en cine) y la combinación de lo bi-dimensional con lo tri-dimensional, de personas de carne y hueso que usaban falsos objetos, dota a las imágenes de una calidad fantasmagórica y extraña, parecida a la de los primitivos pintores italianos o a la de los “collages” surrealistas.