Director: Karl Freund. 1932. B/N.
Intérpretes: Boris Karloff, Zita Johann, David Manners, Edward Van Soan

En el año 1921 una expedición del Museo Británico encuentra en Egipto una momia y un misterioso papiro que termina concediéndole la vida. Once años más tarde, en 1932, otra expedición parece haber fracasado en su intento de lograr algún vestigio de valía.
Cuando están a punto de marcharse aparece en escena un extraño personaje llamado Ardath Bey (Boris Karloff), el antiguo Imhotep, un sacerdote del Antiguo Egipto que fue enterrado vivo por haber amado a la princesa Anck-es-en-Amon (Zita Johann).



Karl Freund es uno de los grandes fotógrafos de la historia del cine, pieza clave en películas míticas de gente como Fritz Lang, Tod Browning o F. W. Murnau. Su trabajo como director es escaso pero valioso, así lo manifiesta este clásico título de la Universal producido por Carl Laemmle, “La momia”, en donde el mito egipcio alcanzó elevadas cotas de lirismo con su sentido etéreo y refinado de la narración, de la atmósfera hechizante y de la plasmación sugerente de un romanticismo mágico envuelto en sombras y misterio, captado por una cámara templada y móvil, de desplazamientos elegantes.
El extraordinario Boris Karloff vuelve a crear, tras su éxito anterior con “Frankenstein”, un personaje memorable, con su porte majestuoso, voz mesmerizante y unos ojos hipnóticos, que dentro de una índole mágica sabe humanizar los sentimientos de un monstruo implicado en una bella historia de amor prohibido e imposible, en donde para Freund y su guionista John L. Balderston es mucho más importante sugerir que mostrar.
El estupendo trabajo en maquillaje, al igual que el filme dirigido por Tod Browning, fue realizado por el legendario Jack Pierce.
Lamentablemente, uno de los mejores momentos del filme, el interesante flashback transcurrido en el Antiguo Egipto, fue cercenado en parte debido a la censura de la época.
Pese a ello el resultado es excelente, con momentos muy sugestivos, en especial los otorgados por la presencia magnética de Karloff (sin él la película perdería casi todo su poder letárgico), resultando ser uno de los mejores trabajos de Laemmle Jr. para la Universal dentro de su esencial ciclo de terror.
Una expedición de arqueólogos del Museo Británico acude a Egipto y desentierran en su integridad el sepulcro del sacerdote Im-Ho-Tep, a quien hallan completamente vendado, ya que fue condenado a morir en esta vida y en la otra a causa de un alto sacrilegio que cometió. Al mismo tiempo, también han encontrado un cofre que les avisa de la “muerte y castigo eterno” que espera a todo aquel queose abrirlo.
Pese a las serias advertencias del Dr.Muller (Edward Van Sloan) de que las maldiciones no se han difuminado con el transcurso de los siglos, la curiosidad lleva a uno de los miembros a explorar su interior, donde aparece un curioso pergamino, que hace resucitar a la momia, que marcha de allí no sin antes matar del susto a quien se atrevió a perturbar su descanso.
Años después, un curioso personaje disfrazado de egipcio y que se hace llamar Ardath Bey (Boris Karloff) ayuda “desinteresadamente” a los ingleses a encontrar la tumba de la princesa Anckessen Amon. Es su amada del pasado y él la confundirá con la persona de Helen Grosvenor (Zita Johann), acompañante de los miembros de la comitiva de Joseph Whemple (Arthur Byron), de cuyo hijo, Frank (David Manners), ella se enamorará realmente.
Concebida en el momento de máximo esplendor de la “Universal Pictures” y sus filmes de terror, supone uno de los trabajos más redondos y logrados de toda la carrera artística del inglés Boris Karloff, que logró una creación magnífica de un personaje que confunde e inquieta al espectador: sobre el papel es un egipcio con un fez en la cabeza y con una vestimenta típica de los habitantes del lugar. Sin embargo, su piel arrugada, su semblante extremadamente serio y su oposición a aceptar invitaciones y a que ni siquiera le toquen en el hombro, hacen sospechar poco a poco a losarqueólogos de que no es un ser humano corriente. Las apariciones en primer plano con los ojos brillando en la oscuridad son acaso las imágenes más recordadas en la retina de los espectadores y le otorgan asimismo una tremenda veracidad y credibilidad a un ser capaz de hipnotizar y con una fuerza absolutamente sobrehumana, a la que sólo se podrá combatir con astucia.
Se trata, en definitiva, del mejor homenaje que ha realizado el cine al mito de la momia y el autor de esta obra maestra fue el otrora director de fotografía de “Metrópolis”, el clásico firmado por el
alemán Fritz Lang.
Karl Freund acierta incluso en emplear la bella partitura de “El lago de los cisnes” para abrir la película, magníficamente introducida por las escrituras de Tot, (el Dios egipcio de la sabiduría que llevaba según la mitología un registro de las acciones de los muertos), donde muy oportunamente se nos recuerda que para los egipcios de entonces la muerte no es más que un estado temporal hacia una nueva vida; es decir, el alma puede recobrar la forma humana en miles de años si el cuerpo estaba adecuadamente conservado.
Es aquí donde entran en juego la realidad y la ficción, lo que sabemos acerca de las divinidades egipcias y el culto que esta civilización guardó a los muertos con lo que se nos relata en la narración…
El filme nos cuenta la historia de un resucitado, de un alma en pena que todavía sueña con reunirse con su amada. Si en el pasado fue enterrado vivo y su nombre borrado del ataúd al intentar resucitar a escondidas a su amada con un pergamino, se debió a que lo arriesgó todo por recuperarla: cuando miles de años después tiene ocasión de recobrar la vida, no dudará en emplear sus poderes para conseguirlo. Por ello, el espectador se verá dividido en ocasiones entre el amor terrenal y verdadero entre Helen y Frank, y el que siente Im-Ho-Tep por su antigua amada, que identifica erróneamente con Helen. Uno puede llegar a sentir lástima y compasión por tan siniestro personaje, pues su maldad, por así llamarla, no es irracional sino que le mueven los sentimientos.
Es posible que Karl Freund no le imprima todo el ritmo necesario a la narración y que la película se resienta de ello en algún momento; pequeños defectos, en definitiva, que quedan totalmente compensados con un elenco de buenos actores (superados todos ellos por Boris Karloff, que está inmenso) y con una excelente recreación de la historia fantástica de un mito que
cobró vida y que se hizo realidad.
Son destacables, por último, la espléndida fotografía en blanco y negro, la ambientación, y esa gran sensibilidad y sentido del arte de la que hace uso el autor en muchas de sus escenas, especialmente en la que Boris Karloff se ha llevado hipnotizada a Zita Johann y, vestidos ambos de egipcios, realizan un viaje al pasado del protagonista.
En conclusión, una auténtica joya del séptimo arte, que conoció versiones posteriores que no han podido igualarla ni menos aún superarla.







El paso del tiempo ha permitido redescubrir a muchos aficionados no sólo la producción de cine fantástico en la Universal en la década de los años 30, sino al mismo tiempo otros títulos que abordaron el género desde otras productoras y con planteamientos incluso más atrevidos y logrados cinematográficamente que el del mitificado estudio creado por Carl Leammle -y viene al recuerdo enseguida la aportación de Victor Halperin (aún por redescubrir en toda su probable dimensión) o el caso de Merian C. Cooper y Erenst Schoedsack entre otros-. De forma paralela entre la propia apuesta de la Universal por el cine de horror de aquellos años se encuentran títulos justamente valorados, otros que presentan bastantes deficiencias y su valor real está muy por debajo de sus reales méritos y finalmente quedan ejemplos de films en su momento poco apreciados y que con el paso de los años han ido ganando la estima de estudiososo y aficionados -es el caso de Satanás (1934, Edgar G. Ulmer) o Doble asesinato en la Calle Morgue (1932, Robert Florey)-.
En cualquier caso podemos situar La Momia como una producción que se configura entre varios de esos apartados, puesto que en su momento supuso el debut como realizador del prestigioso director de fotografía alemán Karl Freund y al mismo tiempo inauguraba uno de los mitos del terror barajados posteriormente en dicho estudio en títulos de menor entidad. La Momia fue otro de los mitos que más de dos décadas después abordó la inglesa Hammer Films de la mano del gran Terence Fisher, con una película que si bien no puede contarse entre las cimas del maestro británico sí considero de mayor nivel que el resultado que ahora comentamos.
Y es que a pesar de su indudable interés el debut de Kart Freund presenta como principal lastre ese determinado apergaminamiento que se hace extensivo a la mayor parte del cine fantástico de la productora. Pese a una duración muy ajustada de setenta minutos y contando con el evidente esfuerzo de realización de Freund que ahora intentaremos desvelar, en ocasiones ese residuo de orígenes teatrales se manifiesta. Pese a esta circunstancia, La Momia es una película que sobrelleva con bastante buen pulso sus más de siete décadas de antig√ºedad, sobre todo debido al propio empeño de Freund en apostar visualmente por los elementos de su puesta en escena, procurando que la misma carezca de secuencias subidas de tono, abogando al uso de sombras y claroscuros, inserción de secuencias violentas siempre en “off”
-con las que el efecto inquietante cobra más forma-, abundancia de momentos con predominio de lo visual sobre el diálogo y evidentemente apostando de forma decidida por el magnetismo de Karloff en su doble papel del contemporáneo Ardath Bey y su precedente, la momia de Imhotep. Por otra parte la película cuenta con un cuidado diseño de ambientación y la recreación de la propia momia es magnífica, con resonancias casi míticas.
Pero relatemos brevemente su conocido argumento, transformado en guión por John L. Balderston. La película se inicia tras un breve preámbulo con citas invocando a la muerte según la tradición faraónica y nos lleva a la expedición británica de arqueología en Egipto en 1921. Allí se ha encontrado el sarcófago de una momia cuya disposición revela que su cuerpo murió en atroz tormento, teniendo junto a su hallazgo un cofre en cuyo exterior se expone la inscripción de una maldición. Ante la misma los doctores Whemple (Arthur Byron) y Muller (Edward Van Sloan) confrontan sus divergentes puntos de vista; uno respetuoso ante lo oculto y otro escéptico y basado en la ciencia. Junto a ellos se sitúa un joven ayudante impulsivo que no se resiste a abrir el cofre una vez estos salen a meditar sobre el alcance de dicha maldición. Como si fuera la caja de pandora, la momia (Karloff) volverá a la vida y el joven quedará enloquecido hasta su muerte.
La película avanza hasta 1932 en una nueva excavación en El Cairo que comanda Frank Whemple (David Manners), hijo del veterano arqueólogo. Cuando están a punto de culminar una temporada sin piezas de especial relieve la pista que les ofrece el enigmático Ardath Bay (otra vez Karloff) les permite encontrar el sarcófago de la princesa Anckesen-Amon (Zita Johann). Sus restos y enseres son llevados al Museo de El Cairo donde se exponen en una muestra pública. Paralelamente la acción nos lleva hasta Helen Grosvenor (igualmente la Johann), una bella y extraña joven que de pronto siente impulsos atávicos sobre el antiguo Egipto. En realidad se trata de la reencarnación de la princesa egipcia y Bay, que es el heredero espiritual de la momia fue en el pasado su amante que desafió a las dioses y por ello fue castigado a morir.
Es así como se establecerá por un lado la dualidad entre la atracción amorosa de Bay y la Grovesnor como herederos de sus sentimientos en las pasadas reencarnaciones hace 3.700 años y por otra la dualidad del sentimiento de la joven demuestra por Frank. En esa tesitura las fuerzas esgrimidas por Ardath Bay tienen sus contraposición con las ejercidas por Frank y el doctor Muller, hasta que finalmente sea la invocación de la mítica personalidad de la joven la que logre invocar a los dioses y eliminar a Bay, deshaciendo su cuerpo, y apostando por el amor del joven arqueólogo.
Tal y como antes señalaba, lo mejor de La Momia viene de la mano del intento -logrado en la mayor parte de las ocasiones- por parte de Kart Freund de dotar de una singularidad visual al filme. Ese predominio de sombras, claroscuros y efectos de esa índole, la apuesta decidida por ofrecer las secuencias violentas fuera del encuadre -la primera aparición de la momia es ejemplar en ese sentido, como lo es la muerte del vigilante del museo en plena noche-, logran aportar una especial temperatura basada en lo sugerido, que tiempo después retomarían maestros del género. Al mismo tiempo resulta de especial interés esa dualidad pasado – presente en la relación que se produce con la nueva encarnación de Imhotep y la princesa, proporcionando un especial erotismo al relato en el que el aporte sensual de la Johann y la presencia de esos atrevidos e inquietantes primeros planos de Karloff con su mirada punitiva y potenciada en la iluminación le dotan de un especial carácter. Todos estos rasgos emparentan siquiera sea de soslayo esta película con los atrevimientos estéticos auspiciados al año siguiente por Edgar G. Ulmer en su magnífica -aunque creo que hoy día excesivamente mitificada- Satanás, ya señalada anteriormente.
Pero si hay una secuencia que reviste carácter de excelente en esta película es sin lugar a dudas el momento en que Bay y la joven se reúnen mientras él la tiene bajo su influjo frente a un pequeño estanque. Una suntuosa grúa se eleva sobre ellos abriéndonos la vista ante la bruma que se extiende en el mismo y que sirve para relatar el origen de la maldición que propició la condena a Imhotep. Lo singular de esa amplia secuencia es que tiene toda la textura del cine mudo. Incluso su tono fotográfico se torna más contrastado y carece de diálogos, brindándose como un sorprendente homenaje al cine silente y una arriesgada apuesta estética, y erigiéndose quizá como una de las secuencias más brillantes de todo el cine de terror de la Universal en aquellos dorados del género.