Director: William Keighley. 1935. EE.UU. B/N
Intérpretes: James Cagney, Margaret Lindsay, Ann Dvorak, Robert Armstrong, Barton MacLane, Lloyd Nolan, William Harrigan, Russell Hopton, Edward Pawley
Un abogado abandona su profesión para convertirse en agente del gobierno con la intención de descubrir al asesino de su mejor amigo. Las primeras investigaciones le conducen hasta un gángster que fue compañero suyo de la infancia. Mientras resuelve el caso, en escena aparece la hija de su jefe de la que se enamora locamente. La película es uno de los grandes clásicos del antiguo cine de gángsteres precedente del “thriller” de posguerra.
James Cagney se pone del lado de los buenos, en este interesante “thriller” de acción policiaco, donde aburrido de la vida monótona como abogado, decide enrolarse en las filas de los famosos “Hombres G”, para combatir el crimen, pero se encontrará en una encrucijada al tener a uno de sus mentores en el lado del frente.
Al acentuar la crítica del sistema judicial y carcelario y al sustituir el protagonismo del hampón todopoderoso por el hombre corriente de la calle, el ciclo de cine penitenciario Ocón títulos como Soy un fugitivo (1932) o Veinte mil años en sing. Sing. (1933)- oficia como una especie de transición entre el “primitivo cine de gángsteres” y las nuevas tendencias cinematográficas que como el “cine de denuncia social” la “sociología del gangsterismo” y desde otro punto de vista, el “cine policial”- surgen al amparo del espíritu reformista del “NET Déla” (Nuevo Trato) en los años siguientes.
En este terreno es donde se encuentran precisamente las mayores virtudes y alguna de las debilidades, del filme que, sin embargo, alcanzó la resonancia suficiente como para que inmediatamente a continuación de su estreno aparecieran, en tan sólo un año, tres trabajos significativos dentro de esta corriente cuyos autores eran, respectivamente, John G. Listone (1936, El gran tipo), el propio Keighley (1936, Bullets or Ballots) y Nick Grinde (1936, Public Enemy’s Wife).