LAUREL Y HARDY EN EL OESTE (Way Out West)

Película estrenada entre 1935-1937

Director: James W. Horne. 1937. EE.UU. B/N.

Intérpretes: Stan Laurel, Oliver Hardi, James Finlayson


Stan y Ollie se dirigen a Brushwood Gulch para entregar la escritura de una mina de oro a la hija de su difunto socio. en el “saloon” del pueblo, a Laurel se le escapa el motivo de su viaje delante del dueño, el rufián Mickey Finn. la chica a la que buscan es Mary Roberts, la fregona del local, pero Finn se las arregla para hacer pasar a su mujer, Lola Maxwell, por la apesadumbrada muchacha y se hace con la escritura. Cuando se dan cuenta del engaño, tratan de recuperar el documento, pero será finalmente Lola quien se quede con él al arrebatárselo a Laurel haciéndole cosquillas hasta que éste casi reviente. A la noche intentan recobrarlo de nuevo, pero son descubiertos por Finn. En la persecición que tiene lugar a continuación, consiguen atrapar a Finn y forzarle a devolverles lo que les pertenece por derecho propio. Finalmente, los dos amigos abandonan la ciudad, en compañí­a de Mary, para hacerse cargo de la mina.


Si el pasaje del cine mudo al sonoro trajo como consecuencia la deserción de una numerosa cantidad de artistas que habí­an evolucionado profesionalmente a través de gestos, muecas y un gran despliegue de destreza fí­sica, el género de la comedia marcó una excepción con Stan Laurel y Oliver Hardy, quienes no solamente supieron resistir a la novedad tecnológica (y artí­stica), sino que vivieron su momento de esplendor con esta innovación ya asimilada por la industria del cine.

Este par de inocentones con bombí­n concentraron sus entrañables payasadas en una serie de largometrajes, con sus personajes perfectamente perfilados. Laurel y Hardy en el Oeste pertenece a la etapa gloriosa del dúo cómico y a través de ella puede contraponerse la opinión de parte de la crí­tica de aquel entonces que veí­a en los largometrajes (la pelí­cula dura 67 minutos) la pérdida de espontaneidad de estos comediantes que, en principio, hicieron furor con los cortos.

Sin embargo, la pelí­cula no pierde consistencia en el relato, a través del cual pueden apreciarse los recursos actorales que desplegaron Laurel y Hardy durante la etapa sonora del cine.

Para hablar de Laurel y Hardy hay que mencionar un tercero en cuestión que fue determinante para la consagración: el productor Hal Roach, un visionario de la exitosa combinación de esta dupla despareja fí­sicamente, cuyo ingenio y creatividad recaí­a más bien en la figura de Laurel. La visión de la potencialidad de estos dos artistas, Roach la observó mientras Laurel -que vení­a de reemplazar nada menos que al genio del cine cómico mudo, Charles Chaplin- dirigí­a una pelí­cula que tení­a como protagonista a Hardy, un desconocido por aquel entonces.

El nacimiento del dúo fue narrado magní­ficamente por Osvaldo Soriano en su libro Artistas, locos y criminales: “En un momento de la filmación, Oliver Hardy, que personificaba a un repostero, cometió una de sus torpezas habituales y se volcó una olla de aceite hirviendo sobre un brazo. Stan corrió en su ayuda: juntos armaron un alboroto que fascinó a Roach. Enseguida supo que estaba en el comienzo de un gran negocio”.

Desde entonces (1927), Laurel & Hardy lograron imponerse en el corazón del multitudinario público que acudí­a a verlos a la pantalla grande. “El Gordo y El Flaco” filmaron 109 pelí­culas (sumando cortos y largometrajes y apariciones especiales) y reinaron holgadamente en la comicidad cinematográfica durante la década del 30, época en la que hicieron pelí­culas como Laurel y Hardy en el Oeste (1937), entre otras varias.



Si bien trabajaron para grandes compañí­as, como la MGM y la FOX, terminaron sin dinero en los últimos años de sus vidas, que también fueron muy tormentosos por el agravamiento de la salud de ambos comediantes. Pero esa pobreza económica que sufrieron no les impidió conservar la riqueza de espí­ritu que sostuvieron hasta el último dí­a de sus vidas.

Y esa gloria repentina -sostenida con su eficacia artí­stica durante los años 30 y los 40- es recordada aún hoy a través de las sonrisas de quienes siguen creyendo en la inmortalidad de sus gestos y chistes.


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