AMARGA VITORIA (Dark Victory)

Película estrenada entre 1938-1939

Director: Edmund Goulding. 1939. EE.UU. B/N

Intérpretes: Bette Davis, George Brent, Humphrey, Geraldine Fitgerald, Ronald Reagan


Para bien y para mal, Amarga victoria, es un ejemplo plenamente representativo de ese tipo de melodrama que la Warner Bros, pondrí­a en práctica durante la década de los años 40. Serán tí­tulos generalmente dirigidos al público femenino norteamericano, -interpretados por grandes estrellas femeninas del estudio fundamentalmente Bette Davis y Joan Crawford-, caracterizados por un cuidado formal, lances folletinescos, y sin caer en los excesos kistch de los homónimos films de M.G.M. Que al margen del servilismo a estas directrices, surgieran clásicos de la categorí­a de Humoresque (1947, Jean Negulesco), El manantial (1947, King Vidor) o, en menor medida, Alma en suplicio (1945, Michael Curtiz), pertenece por derecho propio tanto a esos caprichosos azares del sistema de estudios, como al empeño personal de grandes hombres del cine como King Vidor o, en un periodo brillante de su andadura, Jean Negulesco.



Amarga victoria es la adaptación de una obra teatral -que a mediados de los años 60 vivió otra nueva versión cinematográfica, protagonizada por Susan Hayward-, y en su  conjunto supone por un lado un eficaz y en ocasiones elegante melodrama, mientras que en su vertiente más discutible no propone elementos de especial interés al género, ni a nivel temático ni en el de su propia puesta en escena. En efecto, no se puede negar que nos encontramos con un guión eficaz -a cargo del experto Casey Robinson- y que la realización de Goulding, estando fundamentalmente al servicio de la labor de los actores, se caracteriza por su ligereza, la huí­da de las mayores truculencias del género y la aplicación de elegantes elipsis que, con el paso del tiempo, permiten que la pelí­cula mantenga su relativa frescura.

Judith Traherne (Bette Davis) es una caprichosa millonaria, caracterizada por una existencia cómoda y mundana. De repente, su vida irá conociendo un elemento de inflexión al empezará a sufrir una serie de molestias, que finalmente serán tratadas por el Dr. Steele (George Brent). Este le detecta un extraño tumor cerebral que operará finalmente con la intención de extirparlo. La intervención logrará eliminarle las persistentes dolencias, pero la malignidad del mal persistirá, con unas muy cortas perspectivas de vida para la protagonista. Sin conocer Judith la cercaní­a de su muerte se enamora de Steele, un sentimiento que será compartido por este. De todos modos, la relación que los une se pondrá a prueba cuando accidentalmente la protagonista descubra que le quedan pocos meses de vida. Pese a su rechazo a este fin, finalmente aceptará su destino, casándose con el hombre que ha transformado su vida y retirándose ambos a una tranquila vida en el campo. Allí­ este proseguirá con sus investigaciones médicas y ella finalmente recibe con entereza la llegada de la muerte.

Delimitada en la ausencia de esos lances folletinescos que poco después caracterizarí­an los melodramas Warner protagonizados por la Davis, lo cierto es que el filme de Goulding ofrece un trabajo lleno de frescura y dinamismo por parte de la actriz, destaca en los contrastes fotográficos caracterí­sticos del estudio, y ofrece planos largos y eficaces movimientos de grúa, que destacan sobre todo en esa ya señalada frescura que no impide que en determinadas secuencias -fundamentalmente el fragmento final-, adquieran una considerable intensidad.

En cualquier caso, Amarga victoria no logra trascender la certificación de “tí­pico” melodrama del estudio -una codificación de la que no lograrí­an evadirse incluso algunos de los excesivamente mitificados “melos” firmados por William Wyler-. En su metraje hay tanto de oficio y eficacia, como de ausencia de auténtica personalidad en la puesta en escena de un Edmund Goulding, que logró sus máximas cuotas de talento algunos años después para la 20th Century Fox. En esta ocasión, se echan de menos una mayor capacidad reflexiva hacia la propia inevitabilidad del hecho de la muerte, en una pelí­cula destinada ante todo a hacer llorar a las féminas norteamericanas de la época y, a ser posible, de otros paí­ses. Y lo logró.


 


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