Director: Frank Capra. 1939. EE.UU. B/N
Intérpretes: Jean Arthur, James Stewart, Claude Rains, Edward Arnold, Guy Kibbee, Thomas Mitchell, Eugene Pallette, Beulah Bondi, H.B. Warner, Harry Carey, Astrid Allwin, Ruth Donnelly, Grant Mitchell, Porter Hall

James Stewart protagonizn esta galardonada película sobre un senador idealista de una pequeña ciudad que tiene sus objetivos puestos en Washington y que de repente se encuentra luchando contra un montón de políticos sin escrúpulos, corruptos y sin una pizca de humanidad que quieren convertirle en una marioneta al servicio de sus intereses.


Un senador de Wisconsin, pleno de valores e idealismo, ha de enfrentarse en Washington a toda una jauría de políticos y financieros corruptos. Frank Capra vuelve a mostrarnos a ese personaje admirable, prototipo de honestidad, que colmado de valor y dignidad ha de enfrentarse a todos los malvados sin escrúpulos que reinan en la sociedad americana.
Para encarnar al personaje, nadie mejor que James Stewart, con el que ya había trabajado el año anterior en Vive como quieras y con el que habría de trabajar en 1946 en ¡Qué bello es vivir!, donde daría vida a otro personaje de iguales características.
Capra repite con gran parte del reparto de Vive como quieras en esta obra admirable que reina entre las fábulas del cineasta siciliano. Igualmente repiten Joseph Walker, en la fotografía y Dimitri Tiomkin, en la banda sonora.El guión es obra de los escritores Lewis R. Foster y Sidney Buchman, ganadores en la edición de ese año del Oscar al mejor guión original.
Aparte de numerosos premios y galardones, el filme fue nominado en prácticamente todas las categorías para los Oscars, si bien, en esta ocasión, sólo pudo lograr una estatuilla, cosa poco habitual, ya que el genio Capra estaba saliendo poco menos que a Oscar por edición.

Ahondando en la crítica, siempre sutil, nunca despiada del sistema americano, Capra realiza una de sus mejores incursiones en el melodrama. Desde ese toque personal, casi bobalicón, a veces infantil, pero lo suficientemente sobrio como para embellecer sordas palabras para el sistema con una poética realización, que puesta en boca de James Stewart resulta sobrecogedora en el monólogo-alegato final de la película. Un mónologo representativo de los valores del americano medio, encarnado en esta ocasión, otras veces fue Gary Cooper en “Juan Nadie” (1940) o Spencer Tracy en “El estado de la unión” (1948), por James Stewart con esa cara de tímido que no se entera de nada, un joven político de una pequeña ciudad que quiere realizar sus sueños democráticos pero que al llegar Washingtong descubrirá el tejido de hipocresía, de malicia y de corrupción que alberga la capital de los Estados Unidos.
Con esa típica denuncia de Capra defiende el talante del ser débil, la encarnación del hombre gris, el americano que está detrás de cada acción de un gran país, pero que está manejado por seres irrespetuosos con los valores democráticos, presas de su ambición creen que pueden ensuciarlo todo. Los héroes de Capra está ahí para demostrales que eso no es así, son personas normales, metidos a un conquista imposible, honestos hasta la médula que compaten con cíclopes egoistas cuya ambición no les deja ver la belleza del hombre. Una visión que aunque destila desasosiego por la política y cierta melancolía describe círculos de confianza en el hombre, en un optimisto que subvierte el cinismo más propio de otros directores y de otros géneros más solemnes para críticar el mismo hedor administrativo, como el género negro.