DOCTOR CYCLOPS

Película estrenada entre 1940-1942

Director: Ernest B. Schoedsack. 1940. EE.UU. Color

Intérpretes: Albert Dekker (Dr. Thorkel [Cyclops]), Janice Logan (Dra. Mary Robinson), Thomas Coley (Bill Stockton), Charles Halton (Dr. Bulfinch), Victor Kilian (Steve Baker), Frank Jaconelli (Pedro), Bill Wilkerson, Allen Fox, Paul Fix

Alertados por ciertos rumores procedentes de la jungla amazónica, un grupo de científicos y exploradores parte hacia la selva en busca de un compañero investigador que se hallaba realizando ciertos experimentos extraños en compañía de otro erudito. Una vez allí descubrirán que el lugar está dominado por el malvado doctor Cyclops y su capacidad de reducir de tamaño todo ser vivo…

En la historia del cine fantástico existen aún un número de títulos que gozan de la condición de clásicos o “cult movies”. pero desgraciadamente muchos aficionados apenas hemos tenido ocasión de presenciar. Para el público español Dr. Cyclops es uno de ellos, ya que no tengo referencias de pases televisivos de la misma ni exhibiciones en festivales de cine. Es por ello que hay que recibir con alegría su emisión en Cinemanía Clásico dentro del ciclo que viene dedicando a la figura de su singular realizador.

Después de contemplar la película, antes que nada habría que destacar su propia existencia como una autentica singularidad dentro del cine fantástico de la época -finales de los años 30 e inicios de los 40-. Siempre he pensado que aún no se ha realizado un estudio en profundidad sobre el género en aquellos años, en el que generalmente se han resaltado las decrecientes producciones sobre los mitos clásicos de la Universal y las generalmente magníficas películas producidas por la RKO por Val Lewton que sirvieron para la demostración del talento de Tourneur y la aventajada puesta de largo de hasta entonces técnicos como Robert Wise o Mark Robson. Sin embargo, hay toda una serie de grandes títulos que escapan a estudios y realizadores concretos, que revelan fundamentalmente una especial inquietud hacia lo sobrenatural dentro de un periodo bélico, tamizada en ocasiones bajo un trasfondo amable o romántico.

En cualquier caso no cabría incluir Dr. Cyclops en ese muy interesante capítulo, ya que supone un auténtico islote dentro de la ciencia-ficción. Al mismo tiempo es una de las contadas muestras valiosas del subgénero de “humanos menguantes”, que tuvo precedentes en la estupenda Muñecos infernales (1936, Tod Browning), incluso un inolvidable episodio en La novia de Frankenstein (1935, James Whale). Esta variante tendría una gloriosa continuidad en El increíble hombre menguante (1957, Jack Arnold) -para quien estas líneas suscribe la cima del cine fantástico-. En medio de estos referentes hay que considerar finalmente Dr. Cyclops como un pequeño cuento de fantasía en el que destaca fundamentalmente su extraño, atractivo y primitivo technicolor dominado por tonos verdosos (fotografía de Winton C. Hoch y Henry Sharp) y la espléndida dirección artística y diseño escenográfico (Hans Dreier y Earl Hedrick) que otorga un singular plus de credibilidad a la película.

Su argumento es bastante sencillo. Tras una secuencia inicial de brillante plasmación visual caracterizada por el uso de sombras intermitentes, conocemos al inquietante biólogo Alexander Thorkel (brillante prestación de Albert Dekker tras una atractiva caracterización). Dos años después este reclama la presencia de un reducido grupo de científicos para que acudan a su inhóspito laboratorio ubicado en plena selva de Perú y le ayuden a descubrir una pequeña cuestión -cuya breve resolución en el filme supone una ligereza de guiónL. Muy pronto los allí llegados tomarán conciencia de la riqueza del mineral radioactivo sobre el que trabaja Thorkel, hasta que este finalmente decide reducirlos de tamaño -el verdadero objetivo de sus descubrimientos-. Una vez en esa insólita situación estos revelan inicialmente sus miedos, más adelante sus intentos de huída y finalmente su batalla directa contra el doctor, hasta que finalmente logran acabar con él, no sin poder evitar que dos de los disminuidos -el científico más veterano y un lugareño- desaparezcan en la odisea.
Como antes señalaba la principal virtud de Dr. Cyclops estriba en la magnífica dirección artística y decorados que recrean a la perfección todo tipo de mobiliarios y objetos para que los protagonistas reducidos deambulen por los mismos provocando una sensación de autenticidad y recurriendo en muy pocas ocasiones a transparencias y forillos. Esta circunstancia y la singularidad de sus tonalidades fotográficas unido a una cuidada planificación por parte de Schoedsack, permiten que la película se contemple con agrado, a lo que contribuye en buena medida ese extraño tono “na√≠¬Øf” que años después volveríamos a encontrar en otras producciones del género como Planeta prohibido (1956, Fred McLeod Wilcox) o Los 5.000 dedos del doctor T (1953, Roy Rowland). Es indudable asimismo que Schoedsack retoma algunos King Kong (1933) -las diferencias de tamaño que caracterizaban a la bestia a lo largo de su metraje- o El malvado Zaroff (1932) -la supervivencia en plena selva perseguidos por un cazador demente-.
Pero¿qué es lo que impide que una película tan aparentemente atractiva como Dr. Cyclops pueda ser considerado un auténtico clásico del género? Podríamos argumentar diversos elementos pero me quedaría con dos de ellos. En primer lugar la superficialidad de su guión que ahoga casi por completo cualquier reflexión dramática, como si ofrecían los dos títulos señalados de Schoedsack o cada uno de los planos del magistral filme de Arnold/Matheson. El otro gran inconveniente bajo mi punto de vista es constatar que pese a una duración que no alcanza los ochenta minutos, la película resulta morosa en su narración, como si su propuesta argumental no diera para mucho y no se explotaran a fondo sus posibilidades cinematográficas.
En cualquier caso y con todas sus limitaciones, es evidente que Dr. Cyclops es una película que merece ser tenida en cuenta, aunque solo sea como eslabón de un género -la ciencia-ficción-, que no ha tenido tantos títulos de gloria como los numerosos seguidores del mismo quieren hacer ver.
Ignorada durante demasiado tiempo como una obra menor de Schoedsack, la revisión de este título revela no sólo una de las últimas grandes películas de su director, sino además una obra de considerable importancia para el desarrollo de la ciencia-ficción cinematográfica.
El tema de los homúnculos -en su acepción de personas reducidas de tamaño- gozaba en 1940 de brillantes precedentes en la pantalla, con la magistral Muñecos infernales de Tod Browning en cabeza, sin olvidar la antológica escena debida a la magia de John P. Fulton en La novia de Frankenstein de James Whale. Nunca, sin embargo, la reducción en sí y el cambio de perspectiva inherente se había erigido en protagonista de la historia como sucede en el presente film. Construido, en palabras del propio Schoedsack “con bocetos y un microscopio”, se yergue como todo un precedente de El increíble hombre menguante y, en general, de las inquietudes que marcarían la posterior madurez del género.
Centrándose, pues, en esta idea básica, el guión de Tom Killpatrick distorsiona la óptica del espectador y hace que los seres y objetos cotidianos aparezcan como monstruosos enemigos de los que hay que protegerse, reflejando con fidelidad la exultante personalidad del director; curtido en el documental, en la filmación de retazos de la naturaleza salvaje, Schoedsack insufló a su cine un notable aliento épico, el gusto por el exotismo y la aventura en su sentido más puro y primitivo, combinando a la perfección el realismo propio de la cámara cinematográfica con la imaginación más desbocada, que es, como ya lo fue su obra magna King Kong, la verdadera esencia de este Dr. Cyclops, marcado por la inexorable persecución de Albert Dekker, diríase discípulo de El malvado Zaroff y heredero indiscutible de una larga tradición de “malos doctores” fílmicos.


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