Director: Orson Welles. 1942. EE.UU. B/N
Intérpretes: Joseph Cotten, Dolores Costello, Anne Baxter, Tim Holt, Agnes Moorehead, Ray Collins, Orson Welles (narrador)

“Si un día se tuviera que elaborar un catálogo del cine con mayor sensibilidad, El cuarto mandamiento debería ocupar un buen lugar junto a las películas de Jean Vigo.” (Franí§ois Truffaut)

La Mansión Amberson es la más ostentosa vivienda de la Indianápolis de finales del XIX. Su dueña es la bellísima Isabel Amberson. Cuando el pretendiente de Isabel, Eugene Morgan, es rechazado como pretendiente, ella se casa con el acaudalado y torpe Wilbur Minafer. Su único hijo, George, crecerá demasiado consentido y malcriado. Años más tarde, Eugene regresa a la ciudad convertido en un hombre viudo y próspero inventor, con su hija, Lucy, de quien se enamora el engreído George. Eugene tiene la esperanza de reavivar el amor de Isabel una vez que Minafer ha fallecido. Sin embargo, sus aspiraciones se verán cruelmente frustradas por George, el indolente hijo de Isabel, que se la llevará a Europa. Mientras Morgan continúa disfrutando de una desahogada situación económica, Isabel sufre un ataque al corazón. Por otro lado, tras el fallecimiento del viejo Mayor Amberson, se descubre que las arcas de la familia están vacías. Isabel no tardará en morir y George se verá obligado a clausurar la en tiempos floreciente mansión de los Amberson, mientras su tía Fanny le echa en cara su carácter despreciable y mezquino. Tras un accidente en el que está a punto de morir, será finalmente la intervención de Morgan la que le asegurará que, en el futuro, podrá contar con su ayuda.




El marco en el que se gesta el segundo filme de Welles es extraño, de la libertad más absoluta que se le dio para realizar Ciudadano Kane (1941), la RKO, tras el fracaso que supuso el pase previo a la crítica amputó cuarenta y tres minutos a la cinta otra obra maestra mutilada que pasa a formar parte de la desgraciadamente amplia colección.
Recogiendo la idea defendida por Truffaut desde los “Cahiers du Cinéma”, El cuarto mandamiento podría verse como una prolongación del personaje de Charles Foster Kane. Si en el primer filme de Welles la elipsis nos hacía ver a Kane de pequeño, para pasar a una edad adulta, el joven Amberson de El cuarto mandamiento” se situaría en la etapa que nunca vimos de Kane. Pero más allá de las coincidencias digamos, temporales, es en la naturaleza de ambos personajes donde las similitudes se hacen evidentes, sobretodo en el amor que profesa cada uno a su madre, que en el caso de los Amberson, roza el complejo de Edipo.
El cuarto mandamiento es una película de dos partes, con contrastes muy significativos que vienen marcados por puros elementos cinematográficos. En una primera, donde la narración es vital y alegre, se nos introduce con una voz en “off” (un imponente Orson Welles) que le da un toque de cuento a la película y me recordaba directamente a la posterior El hombre tranquilo (1950, John Ford) porque es inevitable, mientras se admira cualquiera de los dos filmes, esbozar una continua sonrisa debido a ese estado de absoluta felicidad que transmiten. Es quizás aquí donde se hace más latente la sensibilidad de la que hablaba el maestro francés.




Es en esta primera parte, donde Welles opta por una puesta en escena con planos rápidos en su cadencia de montaje (de ahí la vitalidad y el ritmo “alegre”, a la par con el sentimiento de sus personajes), donde encontramos la magistral secuencia de la fiesta, posiblemente la mejor rodada junto a la de Hitchcock en Encadenados (1945) y la boda del primer padrino de Coppola, con unos movimientos de cámara fluidísimos, y un sentido del espacio cinematográfico ejemplar en el que los personajes, tanto los secundarios como los protagonistas entran y salen de cuadro muy cerca de la cámara sin que apenas percibamos la brusquedad que implica este tipo de acciones.


En toda esta primera parte, a nivel argumental El cuarto mandamiento es un filme sobre el reencuentro. La fiesta anteriormente comentada, ejerce como punto de unión entre todos los protagonistas del filme. Una unión que supone encontrarse con los amores del pasado (Isabel y Eugene, George y Lucy) y hace que nos encontremos ante un guión que tiene dos tramas “principales” y paralelas entre ellas que se empiezan a plantear y desarrollar en la fiesta.
Pero todo este mundo casi idílico, se ve roto cuando estalla el verdadero conflicto del filme, la lucha que mantienen Eugene y George por Isabel. De ahí el complejo de Edípo del que hablaba Truffaut. Esta segunda parte, se inicia mediante un fundido a negro con iris (me atrevería a decir, sin tener la certeza absoluta, que es el único de la filmografía de Welles) sobre todos los personajes que se verán involucrados en el fin de la magnificencia de los Amberson. De este modo, la truca del montaje se convierte en una herramienta dramática y sirve de preludio al siguiente plano, música realmente triste y con la sombra de Joseph Cotten sobre la puerta de los Amberson.


La puesta en escena es totalmente opuesta a la del inicio del filme, apenas hay movimientos de cámara y Welles desarrolla las secuencias desde las multiescalas, los personajes opuestos siempre aparecen en el encuadre con escalas diferentes (por ejemplo el primer plano de Holt y el gran plano general de Cotten), y en contraste con la secuencia de la fiesta, encontramos el ya mítico plano secuencia estático que se desarrolla en la cocina en una desalentadora y tristísima penumbra la decadencia de los Amberson se hace latente en cada uno de los encuadres.


A esa tristeza trasmitida desde la dirección, se le une la maravillosa fotografía de Stanley Cortez, que no entra en la lista hawksiana de superoperadores, pero que realiza un trabajo magnifico (su mejor trabajo junto con los que hizo para Laughton y Fuller) sabiendo transmitir lumínicamente los dos grandes momentos del filme.


Y los filmes grandes acaban de un modo grande. A pesar de que los minutos finales tienen varios “anti-clímax” o mejor dicho, secuencias “sueltas” que supongo que están debido a la amputación del filme y traban la narración, El cuarto mandamiento tiene unos créditos finales muy originales (únicos diría), y más cuando desde la oscuridad que reina en el visionado, se oye “yo la escribí y la dirigí, mi nombre es Orson Welles” simplemente, se hunde el campo.

Pudo haberse convertido en la obra cumbre de la filmografía de Orson Welles de no haber sufrido la mutilación que destruyó por completo más de 45 minutos de su metraje original. Los acontecimientos alrededor de esta tragedia constituyen una de las páginas más negras de la historia del cine.
Welles editó el filme mientras filmaba. Tenía 26 años cuando escribió el guión en tan solo nueve días, basándose en la famosa novela de Booth Tarkington que había sido llevada a la pantalla en 1925. Los problemas iniciaron tras la drástica reacción del público en una de las funciones de pre-estreno en Pomona, California. Los asistentes a la función silbaron, le gritaron a los personajes y se burlaron de la película. Esta situación aterrorizó a George J. Schaefer, Presidente de la RKO, quien concluyó que Welles había creado un desastre. El estudio había gastado más de un millón de dólares en la película y la reacción del público parecía prever una catástrofe en la taquilla.
Welles se encontraba en Brasil, buscando locaciones para un documental que nunca llegó a filmar. Sin esperar su regreso -y quizás temiendo su negativa- Schaefer ordenó a Robert Wise editar drásticamente la cinta. Welles la había reducido de 148 a 131 minutos, pero Wise la redujo aún más. Por si esto fuera poco, se escribieron y filmaron nuevas escenas, incluyendo un improbable final feliz. En el proceso intervinieron cinco diferentes fotógrafos, un músico y dos directores adicionales. El resultado fue un filme algo confuso e inconexo, de tan sólo 88 minutos, incluyendo las nuevas escenas.
Esta medida arbitraria tuvo como infeliz corolario la destrucción del material descartado. Cuando Welles regresó se encontró con apenas un esbozo de lo que había sido una brillante muestra de su genio y sin ninguna posibilidad de recuperar el material filmado.
A la luz de este recuento, es increíble que El cuarto mandamiento haya logrado sobrevivir. Aún más increíble es que el material existente sea suficiente para convertirse en la segunda obra maestra de Welles, gracias a varios momentos de gran brillantez que llegan a superar lo logrado con El ciudadano Kane. El filme está lleno de momentos que demuestran la tendencia a la exhuberancia visual propia de Welles al mismo tiempo que denota una gran madurez y control de la narrativa, en una historia menos dinámica y sensacional que El ciudadano Kane, pero igualmente cautivadora.
Después de esta experiencia, Orson Welles iniciaría un camino accidentado, rico en momentos brillantes, pero nunca con el control total que gozó hasta la filmación de El cuarto mandamiento.
Después de la decepción sufrida por la edición final de este filme, Orson Welles no volvió a dirigir en cuatro años. Joven y famoso, el genio de Wisconsin se embarcó en un ritmo de vida frívolo y desenfandado en el que predominaron las fiestas, los viajes y los amoríos con estrellas como Dolores del Río y Rita Hayworth.
Welles actuó en una versión de Jane Eyre (1944) antes de dirigir El extraño (1946). Este convencional filme de suspenso, acerca de un criminal nazi que vive escondido en una pequeña ciudad de Connecticut, no logró convencer a los estudios de la viabilidad de Welles como director, por lo que tuvo que ser parcialmente financiado por el productor independiente Sam Spiegel.
Su siguiente filme, La dama de Shanghai (1948) ha logrado convertirse en un clásico del cine negro, aunque en su momento fuese un estrepitoso fracaso. Macbeth (1948), primera de las aproximaciones de Welles al drama shakesperiano, fue producida por la Republic, una compañía especializada en películas “clase B”. El fracaso de esta nueva incursión en la dirección llevó a Welles a auto-exiliarse voluntariamente de Hollywood por diez años. Su última película hollywoodense, Sed de mal (1958), llegaría a convertirse en otro clásico, a pesar de que en su momento también fue menospreciada.
De hecho, desde la amputación masiva de El cuarto mandamiento por la productora, se iniciaba la turbulenta relación entre Orson Welles y Hollywood.