Director: John Ford. 1940. EE.UU. B/N
Intérpretes: John Wayne, Thomas Mitchell, Ian Hunter, Barry Fitzgerald

II Guerra Mundial. Tras una noche de diversión en las Antillas, la tripulación del carguero SS Glencairn vuelve a la dura rutina y continúa su rumbo a Baltimore. Son un grupo heterogéneo: Driscoll, un irlandés de mediana edad, Ole Olsen, un joven ex-granjero de origen sueco y Smitty, un caballero inglés, …. Tras recoger una carga de dinamita en su destino, los nervios estarán a flor de piel entre la tripulación, que intenta regresar a casa con la sombra de la guerra -y de los submarinos alemanes que surcan sus mismas aguas- siempre al acecho.

La película narra el tormento que sufren unos marineros que no conocen nada más estable que la cubierta de un viejo barco. En la historia que retrata Ford transportan, desde Baltimore a Londres y en plena guerra, una mercancía compuesta por potentes explosivos en un mar constantemente vigilado por patrullas alemanas. El miedo a ser descubiertos, la eterna sospecha sobre la existencia de un espía a bordo y el propio mar, hacen de su ruta un viaje claustrofóbico, durante más de una hora Ford no saca su cámara de las entrañas del barco, para contarnos así como es la dura vida de estos marineros, incluso una vez que llegan a puerto la película sigue siendo claustrofóbica. La presencia de Wayne ayuda a elevar la categoría de la película y la presencia del veterano Barrry Fitzgerald demuestra que un secundario con talento puede eclipsar a casi todos los actores principales, eso si, nunca a Wayne.
Esta película de John Ford adapta una obra teatral de Eugene O’Neill, que narra los avatares de un diverso grupo de marinos al borde del carguero británico Glencairn, el cual, cargado de explosivos, navega con la amenaza del ejército nazi en plena II Guerra Mundial.
John Ford influenciado por el expresionismo, crea una obra maestra. Es en sí pesimista y va claramente en contra de la corriente de la época de fervor patriótico y propaganda pro-bélica.
Es la antitésis de la aventura, es un alegato a la soledad, a la cruda realidad de unos hombres que se gastan la paga de dos años en una noche y que no tienen más remedio que volver a embarcar para subsistir.
El ambiente naval está conseguido de manera formidable haciéndonos olvidar que se trata de un decorado. Lo mismo ocurre con las tenebrosas calles de Londres, todo gracias a la maestría del director de fotografia Gregg Toland (aparece en los créditos a la misma altura que Ford). Ahora sabemos que sólo tardaría un año en firmar una película llamada Ciudadano Kane junto a un tal Orson Welles.
Pero Ford dispone de otro aliado fundamental para conseguir que esta película pase a la historia, se trata de Dudley Nichols que consigue adaptar las cuatro narraciones cortas del dramaturgo Eugene O’Neill y convertirlas en un guión redondo.
El arranque es soberbio, unos minutos sin diálogos donde nos damos cuenta de los sueños de esos marineros encerrados en el barco, de sus angustias y de la nostalgia por su tierra.
La pelea a bordo después de una orgía con las nativas del lugar no hace más que reflejar la tensión acumulada de estos apátridas. Las sospechas de traiciones, las envidias y los pasados turbios es el equipaje que cargan sobre sus espaldas estos hombres intrépidos.
Como queda dicho la influencia alemana es clara, una vez en tierra las sombras alargadas de los marinos se proyectan sobre el pavimento mojado y sobre ellos la de los “buitres” que buscan tripulación sin ningún escrúpulo. Y todo toma mal cariz…
Ford nos propone este largo viaje a casa que nunca termina y nosotros nos alegramos de haberlo visto una y otra vez.