LA MUJER DEL AÑO (Woman of the year)

Película estrenada entre 1940-1942

Director: George Stevens. 1942. EE.UU. B/N

Intérpretes: Spencer Tracy, Katharine Hepburn, Fay Bainter, Reginald Owen, Minor Watson


La primera de las pelí­culas en las que participó la legendaria y maravillosa pareja compuesta por Spencer Tracy y Katharine Hepburn. Él es un reportero especializado en deportes. Ella, una famosa periodista polí­tica que necesita que la recuerden los placeres simples de la vida. Una inteligente comedia de lucha de sexos llena de quí­mica y encanto. La pareja dejará a un lado sus disputas profesionales para comenzar una vida juntos.




El filme de Stevens es una vuelta más al universo de la “guerra de los sexos”. En este caso se plasma inicialmente el universo contrapuesto de Sam Craig (Tracy) y Tess Harding (Hepburn). Ella es una prestigiosa e influyente columnista de sociedad y polí­tica -me resulta en todo momento cargante y mal plasmada esa vertiente incluso polí­tica de la misma- y él un popular periodista de deportes. Ambos trabajan en el mismo rotativo y tras un choque editorial los dos se conocerán personalmente y se producirá el flechazo. Un romance que se trasladará incluso en una repentina boda, pero que no evitará que la pareja muy pronto deje traslucir en sus diferencias de carácter y ambiente, hasta tal punto que se ponga en práctica en ellos una separación… que como es previsible no será definitiva.

Este es un filme que goza de un exagerado prestigio en Norteamérica -como tantos y tantos tí­tulos de la época, algunos de los cuales están firmados por el propio Stevens-, y que por encima de todo encuentro una comedia un tanto floja. Creo que no acierta en su intento de describir dos ambientes contrapuestos -algo que sí­ logró ejemplarmente Vincente Minnelli en Mi desconfiada esposa (1957)-, que se deja inclinar demasiado hacia el paternalismo -una vez más, creo que la tendencia la marca la presencia de Tracy- y, fundamentalmente, se encuentra equivocada en su “tempo” -su conjunto es extremadamente aburrido y sus poco más de 100 minutos de duración resultan demasiado largos-. Sinceramente -y creo que mi apreciación no es muy descabellada, ya que Stevens trabajó en el equipo de la célebre pareja cómica-, creo que la principal razón de lo plúmbea que pude resultar esta pelí­cula, estriba en el intento del realizador de trasladar a una comedia de los años 40, el singular ritmo que poseí­an los largometrajes protagonizados por Stan Laurel y Oliver Hardy. Esa exasperante lentitud que producí­a la hilaridad en las disputas entre los dos cómicos, se intenta trasladar dentro de un tipo de comedia muy diferente y, sobre todo, tratando de imitar unos modos que quizá eran imposibles que plasmar en otros intérpretes que no fueran el que sin duda ha sido el mejor tándem cómico de la historia del cine

Es así­ como la secuencia final -largua, casi diez minutos-, no es más que la actualización de un mundo cómico inequí­vocamente sellado con el de la célebre pareja cómica surgida en el cine mudo. Pero además de ese casi interminable e infructuoso intento de Tess por elaborar el almuerzo a su esposo una vez regresa furtivamente a su casa, dispuesta a recuperar su amor, hay otras secuencias que llevan ese sello del “gag” de efecto retardado -el denominado “show burn”- tan difí­cil de manejar si no se encuentran los intérpretes adecuados y el rirmo preciso, igualmente con resultados poco estimulante -es un ejemplo de ello la secuencia que se desarrolla en la noche de bodas-. Pero es que además de ello, y de que los protagonistas en muy pocos momentos alcanzan los suficientes niveles de simpatí­a en el espectador, los personajes secundarios no resultan menos antipáticos, empezando por ese amanerado secretario de Tess (Gerald (Dan Tobin) y la estólida ama de casa de esta -Alma (Edith Evanson)-.

Al margen de ese fracaso en conjunto, es innegable señalar que La mujer del año tiene algunos buenos momentos. Efectividad en alguna secuencia cómica -la que se produce cuando Sam se adentra de forma involuntaria en una conferencia de Tess repleta totalmente por mujeres-, ciertos gags divertidos -Sam simulando leer un periódico escrito en chino delante del secretario de Tess- y, sobre todo, alberga en algunos momentos una notable capacidad para la comedia sentimental; la penúltima secuencia de la pelí­cula, en la que se casan el padre y la tí­a de Tess, alcanza una notable temperatura emocional, o la manera con la que se trata con enorme sobriedad el episodio del pequeño refugiado griego adoptado. Estos ocasionales logros, no obstante, suponen bastante poco para levantar el nivel de ese prestigio para los adoradores de la pareja Tracy-Hepburn, y que personalmente considero quizá la comedia menos estimulante de un realizador que en bastantes ocasiones supo hacerlo con un grado de acierto bastante superior.


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