Director: Jacques Tourneur. 1942. EE.UU. B/N
Intérpretes: Simone Simon (Irena Dubrovna Reed), Kent Smith (Oliver “Ollie” Reed), Tom Conway (Psiquiatra Louis Judd), Jane Randolph (Alice Moore), Jack Holt (El Comodoro)

Una tímida mujer que vive en Nueva York está obsesionada con una antigua leyenda de su país sobre mujeres que se convierten en una pantera. El productor de este aclamadísimo filme de serie B, Val Lewton, declaró: “nuestra historia es bien sencilla. Una historia de amor, tres escenas de terror más sugerido que mostrado, y sólo una con violencia. Fundido en negro… y todo ello en menos de setenta minutos”. Cuatro décadas después Paul Schrader hizo un remake.












A principios de los años cuarenta la RKO decide emprender la producción de una serie de películas de terror para aprovechar el tirón que había conseguido con ellas la Universal la década anterior. El encargado de llevar a buen término estas producciones será Val Lewton (1904-1951), productor sensible y culto que imprimirá nuevos e interesantes aires al género.
Lewton forma un pequeño equipo de producción para abordar la producción de La mujer pantera. Para este primer proyecto contará con Jacques Tourneur en la dirección, Mark Robson en el montaje, a Nicholas Musuraca le encargará la dirección de fotografía, a Roy Webb la música y a D¬¥Agnostino la dirección artística.
Tourneur, director muy personal, coincidía con Lewton en su concepción de cómo abordar el género. Gustaba de trabajar con gran sencillez, sin grandes complicaciones en la planificación de la fotografía o el trabajo de la cámara. Compartía con Lewton la fórmula básica de cómo crear atmósferas. Permanecer muy cerca de los actores, no utilizar nunca trucos y sin embargo crear una atmósfera extraña, es mucho más difícil. Tanto en esta primera película como en las dos siguientes que rodaría con Lewton; Yo anduve con un zombie (1943) y El hombre leopardo (1943) demostró su elegancia y talento detrás de la cámara y su sensibilidad al lograr que sus películas destilaran lirismo y magia.
La mujer pantera forma parte de esas escogidas películas que gracias a su cuidada producción, su profundidad y extraña belleza han sabido hacerse con un lugar muy especial dentro de la historia del cine. El público por primera vez en mucho tiempo pudo disfrutar en la pantalla con un terror más cercano, en el que los personajes sujetos y objetos del mismo eran personas de carne y hueso. Lewton y Tourneur habían dejado de lado a vampiros, momias y hombres lobo para adentrarnos en un mundo de atmósferas, de extraños momentos en donde predominaba lo sobrenatural y en donde el terror lo dirigirá y lo sufrirá el ser humano. El terror para ser sensible, ha de ser familiar ..diría Tourneur-.
El argumento es muy sencillo incluso pueril, podría ser un cuento escrito para niños. Irena Dubrovna, diseñadora de origen servio vive sola en Nueva York. Conoce a un diseñador naval, Oliver Reed quien se da cuenta de que Irena vive obsesionada por una antigua leyenda servia sobre mujeres que se convierten en pantera. Ambos se casan y Oliver intenta que Irena supere su obsesión y el bloqueo emocional que le produce consultando a un psiquiatra. Irena empeora y Oliver se consuela confesándole sus miedos a Alice, su compañera de trabajo. Oliver, sin encontrar remedio, pide el divorcio a Irena quien celosa ataca convertida en pantera a Alice, de quien sospecha enamorada de su marido. El psiquiatra, que se siente atraído por Irena, intenta seducirla. Irena se revuelve y convertida una vez más en pantera le ataca. Es herida de muerte por el médico y, atravesada por un estoque, cae muerta delante de la jaula de la pantera negra en el zoo. La pantera se escapa y es atropellada.

No sólo lo sobrenatural se da la mano con lo cotidiano sino que las emociones más primarias como los celos o el bloqueo emocional que siente la protagonista Irena se ven envueltos en antiguas leyendas sobre seres diabólicos o remotas supersticiones. Lo más salvaje de la naturaleza, como las múltiples referencias a la ferocidad de la pantera negra, se mezcla con las debilidades del ser humano, el amor, los celos y la violencia que desembocará en la muerte. Una muerte que la protagonista presiente desde el principio, en la primera escena Irena ante la jaula de la pantera la dibuja atravesada con una espada. Su muerte es muy similar, atravesada con un estoque cae herida de muerte ante la jaula.
Irena, dulce, casi infantil, con voz ronroneante y ojos de gato, se ve arrastrada poco a poco por una superstición que la atrae y acaba trasfigurando en pantera. Su ingenuidad y sensualidad contenida se convierten en ferocidad y en la fuerza del felino. Sus celos hacen de detonante para su transfiguración. Sea lo que sea lo que hay en mí, es inofensivo cuando soy feliz. Para Román Gubern, Irena sería una variante del mito del hombre-lobo o del Dr. Jeckyll y Mr Hyde. Es al mismo tiempo la bella y la bestia, mujer-gata y mujer-pantera. “Algunas noches se oye otro sonido, el de la pantera. Grita como una mujer. No me gusta“, dirá Irena.
La película está cargada de una pesada y extraña atmósfera. Está sutil y elegantemente trabajada, desde los primeros extraños detalles de la acción como la magnífica secuencia en la pajarería cuando los animales se alteran en cuanto Irena entra en ella o la muerte del pájaro al meter Irena la mano para sacarlo de la jaula. La inquietud que nos produce la acción está potenciada por el trabajo cuidadoso y efectivo de las sombras. Su verticalidad gracias a todos los elementos del decorado, la barandilla de la gran casa, las rejas de las jaulas… crean la sensación de que los personajes se encuentran enjaulados, encerrados entre los márgenes que las sombras proyectan.

Y en la oscuridad se esconde lo que inquieta y aterroriza. Lewton y Tourneur trabajaron todas las escenas importantes con esmero situando el objeto del terror en off, fuera de plano. La persecución de Alice en la noche, la secuencia de la piscina o la muerte de Irena están sugeridas porque lo que no se puede percibir provoca en el espectador más inquietud y desasosiego.
Los espacios donde se sitúa la acción, a los que Tourneur daba gran importancia, añaden tensión a lo que la historia cuenta. Sacaban partido del espacio con la fotografía y el uso sonido; la pajarería, la casa de Irena, el zoológico o la piscina. La magnífica escena que se desarrolla en esta última ha quedado como ejemplo del magistral trabajo de Lewton y Tourneur. Se desarrolla en oscuridad, Irena se pasea convertida en pantera acorralando a Alice que, indefensa, está dentro de la piscina y ve asustada como las sombras y el rugido del felino la tienen cercada. Aquí se dan condensados los elementos que ambos cineastas utilizaron para crear terror; la oscuridad, el miedo a los felinos y el agua.
Lewton, que contaba con muy poco presupuesto, reutilizó los decorados de las películas de Fred Astaire y Ginger Rogers para las escenas en Central Park y el enorme decorado de la película de Welles El cuarto mandamiento (1942) para situar en él el exterior de la casa de la protagonista. Los demás decorados, sencillos y aprovechados también de otras producciones, fueron sin embargo elegidos con esmero teniendo en cuenta que fueran apropiados a lo que cada secuencia requería.
La mujer pantera
está cargada de una tensión oculta que recorre la historia. La película respira sensualidad, peligro e inquietud en cada fotograma. Mantiene, aún pasado el tiempo, un magnetismo casi irreal. Todo ello lo supo valorar el público y la crítica norteamericana dándole su apoyo inmediato. La película supuso cuantiosos beneficios para la RKO que no conseguía remontar la crisis desde la producción de Ciudadano Kane (1941, Orson Welles). Lewton y su “pequeña unidad” mantuvieron durante años la confianza del estudio para repetir la fórmula de éxito con otras producciones posteriores. Sin embargo, ninguna de ellas conseguiría la perfección y profundidad artística de esta primera.
He asistido varias veces a la proyección en cine de La mujer pantera en salas de diferentes lugares y siempre me ha sorprendido el aplauso final que el público, mayoritariamente joven, otorga al final de cada proyección. La película mantiene intacto aquello que el público de los años cuarenta también supo apreciar, la capacidad de crear una magnífica obra con inspiración y talento.

El lesbianismo en la mujer pantera
La mujer pantera ha sido un texto privilegiado en la relectura camp de los clásicos del cine de Hollywood. Homenajeada en el libro de Manuel Puig “El beso de la mujer araña” y objeto de apropiación tanto por críticas feministas como por estudiosos de la iconografía gay y campy del cine clásico es una de esas películas como Rebeca de Hitchcock, Laura de Otto Preminger, Gilda de Charles Vidor o “La extraña pasajera” de Irving Rapper que forman parte del “background” cinéfilo de los gays al rescate de películas “curiosas”, clásicos bizarre y títulos de cuto. Sin embargo uno de los subtextos que recorre más poderosamente el filme y que menos atención ha merecido ha sido el que hace referencia a una monstruosidad / alteridad femenina conectada con el lesbianismo y la sexualidad fuera de la norma.
No son pocos los ejemplos en la historia del cine y la literatura en que el lesbianismo es presentado como un rasgo animalizante, pre-humano, que vincula la sexualidad femenina con un instinto depredador y unos rasgos cercanos a los de la fiera. No me refiero solo a las vampiras lesbianas de tantas películas de terror de “clase B” sino también a como en melodramas y comedias la lesbiana es asociada a algún tipo de animal, generalmente de carácter fiero o cuando menos salvaje. La película de Chabrol Las ciervas (1968) sería un caso extremo de esta asociación entre la bestialidad y el amor sáfico, un amor presentado bajo rasgos de dominación, depredación y malsana dependencia. Algo similar ocurre en La gata negra donde una felina Bárbara Stanwyck vampiriza a una joven “femme” encarnada por la sofisticada Capucine. En Lilith (1964, Robert Rossen) la aproximación lésbica se compara con la voracidad de los insectos y en El asesinato de la hermana George (1968, Robert Aldrich) con la masculinidad bestial de los toros. Esta abundancia de estereotipos degradantes no es ajena a la construcción que durante décadas el modelo médico hizo de la lesbiana como una mujer cuya sexualidad permanece en un estadio primitivo, aferrada a una corporalidad monstruosa, pre-edípica y una libido voraz, centrada en el orgasmo clitoridiano y envidiosa del pene y otros “privilegios masculinos”
La mujer pantera es la primera película del tándem Lewton-Torneur (productor y director). Con esta película y la siguiente Yo anduve con un zombi, el director y el productor produjeron una pequeña revolución en el cine de terror de bajo presupuesto, sustituyendo la herencia de monstruos de los treinta por una elegante y refinada forma de provocar miedo mediante la elipsis, la ambig√ºedad y la insinuación. Películas pequeñas, de limitado presupuesto, que no obstante han trascendido como verdaderos clásicos por su imaginativa forma de crear atmósferas, personajes sugerentes y momentos de suspense valiéndose de medios exclusivamente cinematográficos. Lewton sería también el productor de otros títulos del genero, realizados también a principios de los cuarenta por directores como Robert Wise (La venganza de la mujer pantera, El ladrón de cadáveres) o Mark Robson (La séptima víctima, Bedlam). Todas estas películas tienen en común una poderosa atmósfera visual, una maravillosa fotografía (con operadores de lujo como Nicholas Musuraca, Lucien Ballard o J. Roy Hunt) y una espléndida dirección artística. Sin embargo, y aunque sería necesario revisar la totalidad de estos títulos, la pionera y seguramente la mejor de la serie sería La mujer pantera cuya concisión, precisión y encanto la han llevado a convertirse en un inolvidable título de culto.
La lectura lésbica de La mujer pantera, por otra parte nada ajena al filme, plantea algunas dificultades como, por otro lado, cualquier otra lectura coherente en un filme de género fantástico que se resiste a ser interpretado en clave racional. Y no es la racionalidad un punto de apoyo adecuado para la lectura del filme, a pesar de que ya en él encontramos algunos rasgos del cine psicoanalítico tan de moda en el Hollywood de los cuarenta con sus teorías populares sobre la sexualidad, los sueños y el inconsciente.
El filme busca un equilibrio entre la explicación psicológica de lo que sucede en el filme y en el interior de su protagonista y el coqueteo con lo fantástico, lo legendario, lo irreal, lo que no puede ser explicado según parámetros lógicos o científicos sino solo a través de la luz de las narraciones inmemoriales y lo irracional. Así, a pesar de los momentos finales que inclinan la balanza a favor de lo siniestro y lo fantástico, nunca estaremos seguros de si Irena es una pantera, una mujer neurótica y desequilibrada, una descendiente de una raza maldita o, añadiría yo, “una lesbiana”.
A lo largo de todo el filme el misterio de Irena, su relación con un origen animal o diabólico, su carácter bestial y atávico aparece relacionado con la incapacidad para llevar una vida matrimonial “normal”. Desde el principio hay algo que separa a Irena y a Oliver, algo que se hará más hondo cuando ella se niegue a tener relaciones sexuales después de casados. La atracción de Irena por la pantera, su adscripción a la estirpe de las mujeres gatos determina, pues, una negativa a formar parte de un orden sociosexual al uso y cumplir las expectativas que la institución matrimonial deposita en ella como esposa y amante.
Este aspecto del carácter y la sexualidad de Irena ha llamado poderosamente la atención de algunos comentaristas de la película. Por ejemplo, Pilar Pedraza, comenta “La mujer pantera ha llamado la atención de la crítica feminista por razones obvias. En primer lugar, porque en su época los monstruos de las películas fantásticas y de terror solían ser masculinos y fálicos…”. Pedraza se aproxima a una lectura de género al hacer hincapié en la valentía de Cat people al exponer la sexualidad de Irena y al subrayar, en 1941, su negativa a tener relaciones sexuales con su marido. También apunta al carácter de “matriarcado maldito” de la estirpe de mujeres panteras enfrentadas al poder patriarcal del “Rey Juan”, cuyas descendientes “reclaman” a Irena como “una de las suyas”, “reconociéndola”
el día mismo de su boda, a lo que Irena responderá santiguándose. La mujer que saluda a Irena en el restaurante, el día de su boda con Oliver, llamándola “hermana” en un ancestral dialecto no sólo parece un gato sino también tiene un aspecto “masculino”. Sin embargo Pedraza se detiene ahí y no considera la posibilidad del lado lésbico de la sexualidad y la “diferencia” de Irena. Para mí no obstante el reconocimiento de dos mujeres pertenecientes a una subcultura maldita, la negativa de la protagonista a tener relaciones sexuales con hombres, la incapacidad del psiquiatra para modificar su “misteriosa orientación” y los celos de Irena hacia Alice (“hay cosas que una mujer no quiere que otra sepa” le dice a Oliver cuando descubre este le ha contado a su amiga que Irena visita a un psiquiatra) y otros muchos códigos visuales y temáticos que aparecen de un modo solapado pero nada arbitrario nos dan demasiados indicios como para pasar, hoy por hoy, por alto la lectura lésbica del filme y su protagonista. La modernidad indiscutible del filme, uno de los títulos de los cuarenta que mejor ha resistido el paso del tiempo, no se encuentra solo en la asociación entre lo fantástico y lo psicológico sino en cómo el carácter mítico y misterioso de la protagonista va unida a su negativa a entrar en un orden sociosexual normativo.
En algunos aspectos La mujer pantera es un filme tremendamente clásico en su desarrollo temático y en su lección moral, en otras un cuento perverso para adultos saturado de ironía y abierto a posibles lecturas. La figura del psiquiatra de moda se separa de la imagen pulcra y respetuosa que el cine clásico de Hollywood dentro de la moda psicoanalítica de la época estaba dando estaba dando de la profesión, al presentarlo como un verdadero crápula más interesado en obtener los favores sexuales de Irena que en su curación. Hay en la posición del médico la misma actitud incrédula y altiva y el mismo afán de “darle a Irena lo que necesita realmente” que muchas lesbianas se han encontrado y seguramente se encontraban en la época en que fue realizado el filme en el caso que se atrevieran a contarle “su secreto” a un psiquiatra del sexo masculino.
Si Irena es el lado oscuro de Alice, chica corriente y comprensiva, el médico es el lado perverso de la masculinidad afable, tolerante y comprensiva de Oliver. Al final armado con su bastón-espada-fálico el psiquiatra asesinará a Irena ante la imposibilidad de poseerla ni de devolverla al lugar “femenino” y tradicional que “le corresponde”. Así, La mujer pantera se erige en un filme mucho más rico y perverso de lo que parece a simple vista, ya bastante rico, ambiguo y perverso, y realmente pinero en su exploración y redefinición de los roles y posibilidades sexuales del momento.