Director: William Wyler. 1942. EE.UU. B/N
Intérpretes: Greer Garson, Walter Pidgeon, Teresa Wright, Dame May Whitty, Reginald Owen, Henry Travers, Richard Nfy, Henry Wilcoxon

La Sra. Miniver no dirige un combate aéreo ni una batalla por mar, pero nos muestra su esfuerzo y el de la población británica por sobrevivir a los bombardeos alemanes. Churchill comentó que la Sra. Miniver ayudó más a Gran Bretaña y fue más vital para la nación que una flota de destructores.
El filme -mítico-, con un emotivo guión de George Froeschel, James Hilton, Claudine West y Arthur Wimperis, narra la historia de los Miniver, habitantes de la Gran Bretaña acosada por los bombarderos alemanes.



Este impecable trabajo de William Wyler muestra ciertas similitudes argumentales con
Los mejores años de nuestra vida: el cuidado de las mujeres a sus hombres y cierto cinismo, más disimulado, de ellos ante sus “proezas”). Pero en este caso, Wyler y sus guionistas trasladan su enfoque al mundo de las mujeres en guerra, aquellas que tuvieron que sufrir la dura afrenta que tuvo que soportar la sociedad civil británica.


Al igual que en la maravillosa Esperanza y gloria, de John Boorman, aquí no importan tanto lo que sucede en los cielos, en el campo de batalla
-los bombardeos en el filme están en “off”, son sonidos más que imágenes), sino lo que sucede en los refugios, en los pueblos, en las iglesias
que siguen adelante a pesar de la lluvia de obuses de la poderosa maquinaria bélica nazi.
La señora Miniver no esconde su función de filme de propaganda -confesado con orgullo por Wyler-, pero este fin no ofende, porque su narración es muy honesta y emotiva.

De hecho, se atreve a incluir en su relato la diferencia de clases, apuesta realmente sorprendente. En el inicio del filme, se nos presenta a Lady Beldon, terrateniente de clase alta que siente un evidente rechazo al populacho representado por el ferroviario Ballard (Henry Traver, el ángel Clarence de Qué bello es vivir). En el transcurso del filme, la vieja dama evolucionará y aceptará, emocionada, que la flor que ha cuidado Ballard (la Mrs. Miniver del título) merece ganar el premio a la mejor rosa que ella ha ganado durante 30 largos años.
Son las Mrs. Miniver rosa y mujer, las que representan la humanidad que debe seguir indemne a pesar del horror de las bombas nazis, representados en el filme por sus continuos ataques aéreos y por un piloto que ha caído con su aparato cerca del barrio de los Miniver. Y es precisamente este personaje el que “mancha” la película, el que representa la etiqueta de filme de propaganda de Mrs. Miniver. Cuando la mujer protagonista (Oscar a Greer Garson por su magnífico trabajo) lo descubre, el piloto le confiesa, orgulloso y medio en trance, que los nazis mataron en uno de sus bombardeos a 30.000 personas en dos horas.
El filme de Wyler es muy astuto al plasmarnos en el arranque a una familia ideal, casi cursi, en la que sus miembros llevan una afable convivencia de placeres, consumo y bienestar. El espectador sabe, y Wyler sabe que lo sabe, que todo eso va a cambiar con las bombas alemanas. Y así es, pero pese a todos los pesares, pese a acabar viviendo en una casa en ruinas, el optimismo, la humanidad, la fuerza, la esperanza nunca los abandona.
Es tal la eficacia propagandística de este filme, que Winston Churchil llegó a decir que Mrs. Miniver había hecho más por el esfuerzo de guerra que toda una flotilla de destructores. La Academia de Hollywood, por su parte, también valoró con los más altos galardones al filme. Además de Garson, también lograron su estatuilla Teresa Wright (secundaria), Joseph Ruttenberg (fotografía), Wyler (director), Sidney Franklin (película) y los antes citados escritores (guión). Además, fueron nominados, ente otros, Walter Pidgeon (actor), Henry Travers (secundario) o Dame May Whitty (secundaria).
Uno de los grandes momentos del este gran clásico es su final, cuando se nos presenta una misa en la que el párroco (Henry Wilcoxon) pide fuerza, valor, ánimo y coraje ante los ataques nazis. Mientras el cura sigue su homilía, Wyler (nacido en Alemania y firmemente implicado en el ejército norteamericano junto a camaradas tan célebres como John Huton)
abre el plano y nos descubre lo que sólo habíamos intuido: la iglesia está en ruinas, algo que no afecta a los convencidos y entregados feligreses.
Esta escena fundamental fue reescrita por William Wyler y Henry Wilcoxon la noche antes de su rodaje. El texto, además, fue literalmente impreso en las revistas “Time” y “Look” y lanzado por aviones sobre Europa por orden expresa del presidente Franklin Delano Roosevelt.

El 7 de diciembre de 1941, los EE.UU. tuvieron que enfrentar la decisión más difícil de su historia moderna. Un nuevo conflicto bélico generalizado había tocado a su puerta, apresurando una decisión que el gobierno de Roosevelt no deseaba tomar.
El ambiente de guerra se permeó rápidamente a lo largo y ancho de la nación y a través de todos los estratos sociales hasta alcanzar a Hollywood. Con una rapidez asombrosa, los estudios de cine se transformaron en arsenales destinados a la producción de propaganda bélica de emergencia, ofensiva o defensiva, y con sus nombres más famosos acaparados por las fuerzas armadas.
Así, con el grado de coronel, Frank Capra trabajó para el Departamento de la Defensa supervisando la serie de documentales ¿Por qué peleamos? (1942-45), en la que colaboraron muchos directores importantes. John Ford fue movilizado, con el grado de comandante, para dirigir la producción cinematográfica de la Marina, mientras que el mayor William Wyler se encargó de las Fuerzas Aéreas.
A lo largo de la década de los años 30, Wyler había construido una sólida reputación como director de adaptaciones literarias y teatrales que alcanzaron gran popularidad entre el público y el respeto de la crítica. En 1936 había firmado contrato con Samuel Goldwyn y establecido una relación laboral con la dramaturga Lillian Hellman, de la cual surgieron cintas como Infamia (1936) y La loba (1941), Jezabel (1938), Cumbres borrascosas (1939) y La carta
trágica (1940) y contribuyeron a cimentar su carrera. Su colaboración con el fotógrafo Gregg Toland, famoso por su espléndido trabajo en el Ciudadano Kane de Orson Welles, había derivado en un estilo visual fluido y simple, integrado perfectamente a la lógica interna de la narración y a las necesidades de la puesta en escena.
Sumamente popular en su tiempo, La Señora Miniver puede verse hoy como una curiosidad perteneciente a una época en la que los valores comunes a una sociedad eran más sencillos de codificar. Sin embargo, es importante reconocer la honestidad con que cada uno de los integrantes de esta producción trabajaron al servicio de una ideología en la cual creían y a la cual le debemos ésta y otras valiosas producciones del cine norteamericano.
Durante más de dos décadas, Wyler fue considerado como un genio por los críticos estadounidenses, quienes alabaron su capacidad para asimilar las experiencias de sus antecesores y desarrollar una nueva forma de escritura cinematográfica basada en el plano secuencia y el manejo de la profundidad de campo. Esta opinión cambió con el paso del tiempo, al surgir un nuevo tipo de crítica tendiente a menospreciar a aquellos directores que se sujetaron siempre a la política de los estudios.
En años recientes, directores como Wyler han sido redescubiertos por una nueva generación de especialistas, quienes no dudan en señalar su influencia directa en el estilo de cineastas tan alabados por su originalidad como el propio Welles. A reserva de futuras interpretaciones, lo cierto es que la obra de William Wyler continúa siendo una de las más sólidas del Hollywood clásico y su elegante estilo uno de los más perfectos que se hayan visto en la pantalla.