Director: René Clair. 1942. EE.UU. B/N
Intérpretes: Fredric March, Veronica Lake, Robert Benchley, Susan Hayward

Tras ser quemada en la hoguera en el siglo XVII en Salem, la bruja Jennifer lanza una maldición sobre su acusador: a partir de entonces todos sus descendientes serán infelices en sus matrimonios. Ahora nos encontramos en 1942, Wallace Wooley es un candidato a gobernador que se encuentra preparando su boda con la presumida Estelle Masterson. Un rayo golpea el árbol a cuyo pie fue quemada la bruja siglos antes, materializándose ésta. A partir de entonces intentará hacer miserable la vida de Wallace.

Jennifer (Veronica Lake) es una bruja que sale de su encierro para intentar amargarle la existencia a Wallace Wooley (Fredric March), candidato a gobernador a punto de casarse con la dama de la alta sociedad y descendiente de los responsables de la quema de Jennifer en el Salem del lejano siglo XVII.
René Clair, uno de los pioneros en el celuloide francés y maestro de la comedia, emigró de su país después del estallido de la ii Guerra Mundial y se estableció en los Estados Unidos, realizando unas cuantas películas que exhibían su buen sentido del “tempo” y su capacidad de describir situaciones elegantemente divertidas con retazos fantásticos.
Me casé con una bruja es uno de sus mejores títulos en Hollywood.
Esta ligera comedia, basada en la novela “The Passionate Witch”, escrita por Thorne Smith, contó en su elaboración con un buen número de talentosos personajes.
Al margen del trabajo como director de Clair, la película está producida por Preston Sturges, fotografiada por Ted Tetzlaff y adaptada por, entre otros, Dalton Trumbo y Marc Connelly, encargados de elaborar un delicioso film repleto de simpáticas disposiciones humorísticas y momentos románticos empapados por una jovial lucha de sexos.
La química especial que desprende su atractiva pareja protagonista, el estupendo Fredric March y la maravillosa Veronica Lake, ayudan a acrecentar sus situaciones de comedia fantástica, al igual que sus ingenuos pero encantadores efectos especiales.

A una obra como esta hay que acercarse con la idea de que vale mucho más por lo que representa que por lo que es. Se trata de una modesta pero muy ingeniosa película que se beneficia del exquisito talento del gran René Clair y sobre todo de la fascinante Veronica Lake que ya de por sí es un aliciente que justifica sobradamente su visión.
Desde luego no figurará en los anales de la historia de la comedia, pero aun así determinados detalles, su sutil ironía, su inocencia veladamente transgresora y ese sabor a viejo gran cine la convierten en una obra agradable de visionar.