Director: Mervyn LeRoy. 1942. EE.UU. B/N
Intérpretes: Ronald Colman, Greer Garson, Philip Dorn, Susan Peters, Henry Travers

Un amnésico militar británico (Ronald Colman) se fuga de un hospital psiquiátrico y conoce a Paula (Greer Garson), una mujer con la cual emprenderá una nueva vida, casándose y probando fortuna como escritor. Después de varios años de feliz convivencia, deja su feliz hogar campestre y se traslada a Liverpool para intentar vender una de sus historias. Tras un accidente de tráfico, recuperará su memoria y su antigua personalidad, olvidándose completamente de su esposa Paula.

Magistral melodrama, que ensalza el romanticismo a momentos verdaderamente sublimes gracias al afectivo tacto fílmico del director Mervyn LeRoy, la apabullante química entre Ronald Colman y Greer Garson y el excelente trabajo en el guión de George Froeschel, Claudine West y Arthur Wimperis, adaptando la novela “Random Harvest” de James Hilton.
Es una historia empapada de melancolía y emoción, con momentos endulzados que nunca provocan la indigestión edulcorada gracias a su sutil construcción y al eficaz dibujo de sus caracteres principales, engarzados exaltadamente desde sus primeras andanzas sentimentales con el espectador romántico, quien disfrutará con esta tierna narración de búsqueda de la memoria, con llaves que abren puertas conducentes a la felicidad verdadera, puertas chirriantes que arañan el fondo del subconsciente, ramas que parecen floridos pórticos de ternura, rostros imbuidos de luz que, con el paso del tiempo no han perdido su fulgor y es que el corazón manda, y el de ella prefería la magia y sencillez de Smithy al remilgo y monotonía de Charles.

Si tuviera que definir en pocas palabras mi impresión sobre Niebla en el pasado diría que es una película en la que se aprecia un notable esfuerzo de sensibilidad en su realización -quien lo diría, viniendo de la mano del impersonal y tremendamente irregular LeRoy-, pero a la que perjudican gravemente los enormes condicionantes de producción impuestos por un estudio como la Metro Goldwyn Mayer. Y es que estoy convencido que un filme de estas características, gestado en estudios como la Paramount o la RKO, menos proclives a “dulcificaciones” y almibaramientos, hubiera logrado sin duda un resultado más atrevido, romántico y, en definitiva, perdurable.
Niebla en el pasado narra la trayectoria vital de Charles Rainier (Ronald Colman), oficial en la I Guerra Mundial que ha caído herido en suelo inglés, produciéndole estas una profunda amnesia que prácticamente le impide incluso el habla. Charles escapa del psiquiátrico en el que está recluido en el momento en que toda la población celebra el fin de la contienda, y logrará en su incierta huída el amparo de Paula (Greer Garson). Paula es una actriz de variedades que inmediatamente se verá atraída por el amnésico y fingirá para él una identidad falsa. Se fugará incluso en su compañía hasta una lejana localidad rural, desde donde ambos se establecerán y llegarán a casarse, alcanzando el recuperado Charles -bajo su nueva identidad- una incipiente labor como escritor en un periódico, mientras ella se prepara para dar a luz un hijo de ambos. Un día de 1920, nuestro protagonista viaja a Liverpool para atender una interesante propuesta de trabajo en un rotativo, pero antes de llegar a su cita es atropellado ante una copiosa lluvia. El golpe recibido le trae inmediatamente a la memoria su existencia anterior -la que interrumpió bruscamente tres años atrás-, aunque le borre de inmediato la que creó a partir precisamente de dicha amnesia. Charles procedía de una acomodada familia, que curiosamente ha enterrado a su padre poco antes de que el desaparecido hijo retorne a la mansión familiar, y están preparados para la lectura de su testamento. Conforme a su redacción, a él le corresponderá la gran mansión de su familia, aunque precisamente en dicho entorno haya opiniones para todos los gustos. Pero entre este círculo sobresaldrá el cariño que le profesará su sobrina política Kitty (Susan Peters). Pasan los años y Charles se irá afianzando como magnate financiero y el cariño hacia Kitty se formalizará en una singular relación que llegará a confluir en una petición de mano que ambos aceptan complacidos. Pero sin que el protagonista lo sepa, su antigua esposa Paula se encuentra a su lado en calidad de fiel secretaria, y deseosa de que desde un rincón de su mente la reconozca.
En un momento determinado y cuando están adelantados los preparativos de la boda, la prometida de Charles comprenderá que este alberga en su interior algo que antes o después impediría una unión feliz. Es por ello que este intentará redescubrir en su pasado a partir de los elementos que lejanamente va recordando, faceta en la que tendrá una notable ayuda en Laura -siempre intentando que por sus propios medios abra la puerta a ese periodo oscurecido de su vida-. Con el paso del tiempo, nuestro protagonista será tentado para participar en la vida política y lo hará pero contando con la petición de Laura en matrimonio, pesando en ella como una fiel compañera y total ayuda. La combinación resultaría perfecta, ya que Rainier será un prestigioso político y su esposa una consorte respetada y admirada. No obstante, la historia tendrá que culminar el círculo que conforma su camino.
Desde el primer plano de la película -ese “travelling” evocador sobre el frondoso exterior de una mansión que pronto se revelará la fachada del psiquiátrico en donde está ingresado nuestro protagonista-, en esta se aprecia una especial sensibilidad en la realización de Mervyn LeRoy. Un cuidado en la composición de los planos, la movilidad de la cámara -en líneas generales atendiendo a las necesidades de la historia- y una notable fluidez de su propio argumento -que en su segunda mitad recurre con bastante acierto a prolongadas elipsis temporales, lo que bajo mi punto de vista proporciona una mayor ligereza a su desarrollo-. Niebla en el pasado alcanza en algunos momentos un altísimo nivel, que considero tiene quizá su mejor exponente en el momento en el que dentro de la iglesia -cuando Charles acude con Kitty para concretar los preparativos de su boda-, este escucha un cántico que de inmediato le recuerda su anterior unión con Laura. La expresión transpuesta de Ronald Colman y la modulación e intensidad de la secuencia harán descubrir a Kitty que hay otra mujer en ese pasado oculto -un instante que debería figurar en cualquier antología del melodrama cinematográfico- y renuncia -por amor- a su intención de casarse con Charles.
¿Qué sucede, pese a este positivo bagaje, a Niebla en el pasado para que, siempre en mi opinión, la película no adquiera la entidad que por momentos atesora? Ya lo señalaba al principio. La pertenencia a la Metro perjudica mucho el resultado final, la dulcifica en exceso. Casi siempre queda a un paso de la cursilería y si logra evitarlo es precisamente por el esfuerzo de LeRoy, curiosamente artífice de alguna de las peores y más cursis muestras del “kistch” cinematográfico en este estudio. Ese servilismo a los directores artísticos, esa aparente perfección en la producción -y en la versión española el aberrante doblaje-, impiden el arrojo que la película pide a gritos. Y ese servilismo al estudio conlleva la presencia de esa envarada y enervante actriz llamada Creer Garson -su concurrencia es un lastre muy grande que no logra compensar la eficacia de Colman-, a la que habría que añadir una insoportable Susan Peters, encarnando a la precoz enamorada de Rainier.
Pero al mismo tiempo, el filme de LeRoy tiene demasiados agujeros argumentales como para no ser tenidos en cuenta en sentido negativo. No resulta creíble que cuando Colman -ya bajo su recuperada identidad de Charles- regrese al seno de su familia tras tres años de ausencia, sus componentes se muestren como si tal cosa. Además, tras celebrarse los funerales del patriarca, toda la familia aparece con tanta normalidad -en ningún momento se adivina sorpresa alguna por el regreso del desaparecido ni aflicción por el difunto ausente-. Anteriormente, y cuando este se encontraba en el periodo de amnesia y viviendo con Laura, no hay los suficientes elementos que nos indiquen como esa pareja ha progresado de forma tan rápida e incluso viven en una casita de campo bastante cuidada. Otro detalle de escasa credibilidad se establece cuando el protagonista regresa a Liverpool para indagar en su identidad pasada y, con la ayuda de Laura, encuentra la maleta que dejó en la pensión en la que se hospedaba antes de sufrir el accidente que le devolvió a su identidad originaria ¿Alguien se puede creer que un objeto de este tipo sea conservado durante doce años en un establecimiento hotelero? Lo peor de todo es que ese encuentro no tiene significación dramática alguna ¿No habría sido mejor prescindir de la secuencia?
Cierto es a tener de todos estos detalles, que una mayor condensación de la historia -su primer tercio es algo moroso-, mayor arrojo, menos “domesticación” y otra actriz en vez de Greer Garson -unos años después, Deborah Kerr hubiera resultado ideal para el papel-, permitirían sin duda que Niebla en el pasado superara el status de película apreciable, y engrosara la relación de logros cinematográficos.