SABOTAJE (Saboteur)

Película estrenada entre 1940-1942

Director: Alfred Hitchcock. 1942. EE.UU. B/N

Intérpretes: Priscilla Lane (Patricia “Pat” Martin), Robert Cummings (Barry Kane), Otto Kruger (Charles Tobin), Alan Baxter (Mr. Freeman), Clem Bevans (Neilson)

Un obrero de una fábrica aeronáutica de Los Ángeles es testigo del bombardeo, llevado a cabo por un agente nazi, de la planta en la que trabaja. Durante la mortal explosión muere su mejor amigo, y él mismo es injustamente acusado de sabotaje. Para limpiar su nombre, inicia una persecución sin tregua, de un extremo a otro de los Estados Unidos.


El incendio provocado en una fábrica de armamento, supuestamente por una organización nazi, hace parecer accidentalmente a Barry Kane (Robert Cummings), un inocente trabajador como culpable del atentado. El joven, acosado por la policía, emprende un largo viaje a través del país norteamericano, tratando de desenmascarar a los verdaderos saboteadores.
En el transcurso del mismo, coincidirá con Pat Martin (Priscilla Lane), en principio reticente, pero con la que acaba unido sentimentalmente después de compartir noventa minutos de incidencias y de la experiencia que supone la convivencia con los numerosos y diversos personajes del iniciático viaje.
Como se puede apreciar, resumiendo la sinopsis, podríamos estar hablando de Treinta y nueve escalones en versión americana, o más tarde de Con la muerte en los talones en versión más sofisticada.
Incide pues Hitchcock repetidamente, en la angustia del inocente injustamente perseguido, y su urgente necesidad de demostrar el error por sí mismo, subrayando constantemente el aspecto de desamparo institucional y de soledad del protagonista, aunque se encuentre inmerso entre la anónima muchedumbre.
Otro aspecto que no hay que olvidar, es que esta película fue rodada en 1942. Los Estados Unidos, acababan de entrar en el conflicto mundial, y el cine de Hollywood iba a servir de excelente propaganda para la causa.
Es por esta razón, quizás, por la que Hitchcock incluye algunos apuntes “patrioteros”, de los que, en circunstancias normales, el director inglés ha huido siempre deliberadamente.
En cuanto al desarrollo del filme, aunque recupera el ritmo abandonado en sus filmes “psicológicos”, en ciertos momentos la película puede resultar algo monótona.
Las explicaciones (o excusas) del director a estos reproches, repercutirán directamente en la responsabilidad el productor. En base a un bajo presupuesto, le fueron impuestos unos protagonistas poco convincentes para Hitchcock. Además, las restricciones económicas impidieron una revisión y depuración cualificada del guión; y hasta tuvo que sufrir una precaria disposición de los medios adecuados para el rodaje. Pero, habrá que suponer, que era tiempo de guerra.

Quedarán, no obstante, escenas como las del expresionista sabotaje, el angustioso aislamiento de la pareja dentro de un concurrido baile público, o la metafórica secuencia del saboteador en lo alto de la Estatua de la Libertad.

Detalles que nos hablan de la calidad cinematográfica de Hitchcock, pero también de la premura impuesta por la industria; premuras y prisas incompatibles con un meticuloso trabajo, a lo largo de tan extensa producción.


Un hombre inocente es acusado de cometer un sabotaje consistente en fomentar el incendio de una fábrica de aviones militares. Huyendo de la policía, conoce a una mujer que inicialmente no cree en su inocencia, pero con la que acabará formando una pareja decidida a averiguar quiénes son los auténticos culpables. Descubrirán que, detrás del sabotaje, se esconde agazapada una organización terrorista secreta cuyo objetivo a corto plazo es cometer otro acto similar y… matarles.
El falso culpable huyendo desesperadamente de la acción de la justicia es un tema recurrente en la filmografía de Hitchcock, un elemento temático que vuelve a reflejar en este apasionante thriller de suspense capaz de enganchar al espectador de principio a fin en función del formidable ritmo narrativo que imprime a la propuesta. Y no sólo atrapa irremisiblemente la atención del público mediante su tempo vertiginoso, sino que también ofrece algunas escenas imposibles de olvidar: el desasosegante inicio con el incendio de una factoría militar, la virtuosa filmación de los avatares de los personajes arrinconados en la fiesta (donde la tensión crece hasta extremos insospechados), el tiroteo que acontece en un cine o el brillantísimo clímax final ambientado en lo alto de la Estatua de la Libertad…
Considerada como el equivalente americano a la británica 39 escalones (1935), posee, además, otras similitudes que la relacionan con diversos filmes posteriores:
La escapada del fugitivo por un crimen no cometido, su relación con una mujer a la que conoce en su fuga y el desenlace en un monumento histórico de los EE. UU la emparenta íntimamente con la vibrante Con la muerte en los
talones (1959) hasta el punto de poder considerarse como antecedente directo.
Por otro lado, la escena en la que el protagonista se lanza al río desde un puente muy elevado como único recurso posible para huir de la policía recuerda al impactante salto que Harrison Ford ejecutaría, ante las narices de Tommy Lee Jones, en El fugitivo (1993, Andrew Davis).
Incluso, todo el episodio que acontece en la fiesta que se celebra en la mansión dominada por los malvados posee evidentes puntos en común con Encadenados (1946). En ella, la pareja se encuentra rodeada por sus enemigos en una situación claustrofóbica y muy peliaguda de la que sólo podrán salir mediante su ingenio. El director rueda esta escena con una maestría inusitada, obteniendo momentos de suspense, incertidumbre e inquietud impagables, y demostrando su excepcional manejo de las cámaras para narrar visualmente la trama.
Curiosamente, más atractivos que los funcionales personajes principales resultan los secundarios, que forman una galería excelente: el ciego perspicaz, el hilarante grupo de freaks utilizados como atracciones de feria en un circo -que hubieran hecho las delicias del Tod Browning de La parada de los
monstruos (Freaks, 1932)- o los perturbadores miembros de la organización secreta terrorista cuya misión es sabotear al país que los acoge. En este sentido, los malos de rigor son tan elegantes, sofisticados y educados como los que más; a priori, no hay nada en su aspecto que revele sus oscuras intenciones. Este ánimo del director por otorgarles una apariencia impoluta no es más que otro de sus aciertos ampliamente imitados a posteriori.
En esta nueva muestra de talento del genio inglés, el quid de la cuestión es la labor terrorista de unos individuos pro nazis dedicados a sabotear diversos resortes significativos de la sociedad estadounidense. En los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, el empleado de la fábrica de aviones incendiada se convierte de forma involuntaria en el tipo que, buscando demostrar su inocencia, desenmascarará la conspiración como si de un espía se tratase, echando abajo esa amenaza en la sombra aunque no pudiendo impedir la consumación de algunos objetivos (la explosión en el barco).
Como no podía ser de otra manera, Hitchcock no duda en definir a la policía como una entidad negativa, poco fiable y relativamente torpe. Esta imagen desfavorable de este cuerpo de seguridad provenía del profundo odio que les profesó desde los seis años de edad; con posterioridad, el británico confesaría: “Cuando tan solo tenía seis años, hice algo que mi padre consideró que merecía ser castigado. No recuerdo qué transgresión pude cometer -a la edad de seis años seguramente no tuvo nada que ver con una criada-. Quizás había robado un tomate. Bueno, mi padre me envió a la comisaría de policía de la esquina con una nota. El
policía de servicio la leyó y después me encerró en una celda durante cinco minutos diciendo: “Esto es lo que se hace a los niños malos”. Desde entonces, no he dudado en hacer cualquier cosa para evitar ser arrestado y encarcelado, e incluso hoy me siento mal ante la autoridad, sobre todo si va vestida de uniforme de policía. A vosotros, jóvenes, mi mensaje es el siguiente: Evitad la prisión.”
Asimismo, las obvias insinuaciones sexuales, el humor flemático, el amor, las sorpresas argumentales o elementos habituales como las esposas con toda su ambig√ºedad (“Psicológicamente, la idea de las esposas tiene implicaciones más profundas. Es algo que entra en el área del fetichismo, y posee una connotación sexual”.) Se dan cita en esta poco valorado ejercicio previo a la época de las más prestigiosas obras de Hitchcock. No obstante, tal hecho no nos debería impedir reconocer su valía como espléndido trabajo fílmico, menor en la trayectoria de su realizador, pero que hubiera sido mayor en el expediente de casi cualquier otro.

Entretenida película del maestro Alfred Hitchcock que, siguiendo la misma línea de 39 Escalones (1935), Inocencia y juventud (1937) o Enviado Especial (1940), nos presenta una de esas alocadas historias de espionaje centrada en un héroe acusado injustamente de un crimen que no ha cometido (en este caso de un sabotaje contra una fábrica de aviones en la que trabaja), que tiene que recorrer medio país huyendo de la policía y acompañado de una rubia que se encuentra por el camino, que le ayudará a demostrar su inocencia (interpretaciones que corren a cargo de unos sosos Robert Cummings y Priscilla Lane en esta ocasión). El filme está compuesto por escenas más o menos autónomas entre sí, propiciadas por los continuos desplazamientos espaciales de sus protagonistas. Las más destacables y famosas son la famosa escena final en lo alto de la Estatua de la Libertad y un espectacular tiroteo en el Madison Square Garden de Nueva York durante la proyección de una película, entre otras muchas (la caravana de Freaks, la angustiosa escena del baile en la mansión de los Quinta Columnistas, el encuentro en casa del ciego, etc…). Se puede decir que esta película es el germen de lo que años más tarde sería su obra más redonda y definitiva sobre la caza del hombre inocente: Con la muerte en los talones (1959). Con todo, a Hitchcock le hubiera hecho falta un buen guionista que le diera un poco de cohesión interna a todo este batiburrillo de buenas ideas que tenía entre manos y una pareja de protagonistas con un poco más de carisma.

Pese a ello, es una película llena de escenas memorables, toda la escena de la piscina, la niña, la carta, o cuando se refugia en la casa del ciego, que solo por el oído ya sabe que lleva esposas. Y evidentemente la escena final en la estatua de la libertad que es ya todo un emblema del cine de Hitchcock, una de esas escenas claves de su cine. Esta es una buena película de Hitchcock.


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