Director: Frank Capra. 1944. EE.UU. B /N
Intérpretes: Cary Grant, Josephine Hull, Jean Adair, Raymond Massey, Peter Lorre, Priscilla Lane, Jack Carson

Un escritor a punto de casarse viaja a casa de unas ancianas tías para la despedida, descubriendo que se dedican a aliviar con arsénico las penas de los hombres solitarios. Los problemas aumentan cuando el hermano del escritor (convertido en delincuente) llega a la casa

Abordar la visión (y, peor aún, la realización de una reseña crítica, por muy humildes que sean sus pretensiones) de la película mítica de un director mítico, protagonizada por un actor mítico, quizá sea una cuestión más de talante que de concepto: uno tiende a oscilar, con toda la volubilidad del mundo, entre la tentación de dar rienda suelta a esa venilla o punto iconoclasta (no será para tanto; no hay que dejarse engatusar por resabios cinéfilos; y todo el largo etcétera que se quiera añadir…) y la opción, menos arriesgada posiblemente, de entregarse al arrobo y al éxtasis poco reflexivos, pasando, mientras tanto, por algunas situaciones intermedias (sea el temor a carecer de las claves necesarias -¿no habré visto todo el cine que debería…?- para apreciar todas las maravillas que los entendidos pregonan; sea la fijación maniática en elementos muy concretos, en detrimento de una visión más global). Pero bien, dejemos introducciones justificatorias y entremos al trapo: Arsénico por compasión me parece una buena comedia y una buena película, pero no una excelente comedia (y, menos aún, una excelente película), aun cuando así esté considerada por la crítica más docta y sesuda de manera casi unánime. Lo sublime requiere de la ausencia (o casi) de puntos negativos, y no es éste el caso, a mi modesto entender.
Arsénico por compasión es una comedia de corte clásico, enmarcada temporalmente en la época más dorada del cine de los grandes estudios hollywoodienses, y no se le puede discutir un punto de encanto muy alto: su tono y su intención – marca de la casa Capra- van bien encaminados a ello, y triunfa en el empeño de manera notable. Además de eso, es un culto al gag de calibre descomunal, en la medida en que todos sus elementos apuntan, siempre, en esa dirección: desde el dibujo de los personajes hasta los diálogos, pasando por las peripecias de la trama, en lo que se refiere a los contenidos, como también los elementos formales (movimientos de cámara, luces, música -esas variaciones de Steiner sobre las marchas legendarias, ya sean nupciales o fúnebres, resultan geniales-) configuran un auténtico monumento a ese golpe de efecto que busca nuestra carcajada, franca y sin cortapisas, una y otra vez.
Pero quizá son demasiados golpes, demasiados efectos, y llega un momento en que la trama se enreda en demasía. El arranque es sencillo, partiendo de un personaje que es un leitmotiv en sí mismo (el solterón recalcitrante que, finalmente, cae atrapado en las redes de un amor tan lógico y aplastante como el calibre de los encantos de su “verdugo”), y su entronque con la desquiciante situación a que da lugar el descubrimiento de las veleidades necrófilas de las dos tías (magníficas Josephine Hull y Jean Adair, interpretando a las viejas tía Abby y tía Martha, respectivamente, aunque en algún momento puedan llegar a resultar un puntito cargantes) no plantea mayor problema. Los enredos mayores llegarán con la aparición de Johny Brewster y el Dr. Einstein, esa “extraña pareja” que introduce una segunda “trama criminal” en la que, por momentos, da la impresión de que la madeja se lía en exceso. Y que una comedia de enredo haya de tener, pues eso, enredo (y haya de ser, hasta cierto punto, algo liosa), es de puro cajón, pero, claro está, las buenas madejas no lo son tanto por lo bien que se lían, sino por la facilidad con que se deslían, y no siempre es así en Asénico por compasión.
Tampoco me dejan de sorprender las aclamaciones universales a la interpretación que hace ese actor que (también para mí, no crean) pasa por ser un auténtico monstruo, y que atiende al nombre de Cary Grant. Su dibujo general del personaje (ese Morty Brewster huidizo, desconcertado y atónito ante lo que pasa a su alrededor) es bastante bueno, pero hay un exceso de muecas y mohines en muchos pasajes, lo cual, lejos de redundar en una mayor efectividad o intensidad cómica de los gags, no refuerzan sino su efectismo (por catálogos de similar volumen en número -aunque, posiblemente, no en exageración: ya se sabe lo odioso de las comparaciones…-, muchos, entre los que me cuento, han crucificado a Jerry Lewis o a Ji Carey).
También hay algún otro “garbancillo negro”, como la excesiva reiteración del recurso, sin variaciones, a algún gag visual concreto (es el caso de las “cargas” del “presidente” Teodora Brewster, que se repite hasta en cinco ocasiones; o el del levantamiento de la tapa del arcón -tras saber, en la primera ocasión, qué es lo que esconde, huelgan algunas de ellas-) o el puntito de gazmoñería que desprenden, en cierto momento, algunos personajes (quizá algo lógico, teniendo en cuenta la tonalidad con que Capra gusta de teñir sus películas).
Todos los apuntados son los motivos -menores o baladíes, si así lo quieren- por los que Arsénico por compasión no me parece una comedia redonda, o, quizá, si he de ser más humilde, se trate de, siendo el humor una cuestión tan de química (te toca la fibra de la risa, o no te la toca, y hay poco más que racionalizar), una cuestión mucho más sencilla: a mí no me ha hecho gracia, y todas las argumentaciones que pretenda esgrimir no hacen sino “vestir un muñeco” que, desnudo, quedaría mucho más bonito. No obstante lo cual, ahí la tienen, para disfrute, solaz y esparcimiento: no deja de ser todo un clásico y contiene algunos momentos que, incluso para mí, son fabulosamente chispeantes.


Rodada en 1941 por el cineasta de origen siciliano, Frank Capra, está basada en la pieza teatral epónima en su titulación original en inglés, “Asencio and Ord Lace” escrita por el novelista y dramaturgo norteamericano de origen teutón, Joseph Kesselring, y no fue sin embargo hasta 1944, cuando tuvo lugar su última representación en los escenarios de Broadway, cuando fue estrenada…
Adaptada a la gran pantalla por los hermanos Epstein los guionistas de la afamada Casablanca), está brillantemente narrada y el tono de comedia negra que destila de forma elegante cada uno de sus excelentes fotogramas, servirían de clara inspiración para la puesta en escena y realización de otra gran película posterior como fue El quinteto de la muerte de Alexander MacKendrick, once años más tarde…
Fueron muchas las vicisitudes por las que pasó el cineasta siciliano, quien se acababa de alistar como voluntario para la segunda guerra mundial y que al mismo tiempo buscaba una fórmula para sacar adelante la costosa economía familiar a que les había acostumbrado el propio Capra, ya que por aquella época era el único director de cine que osaba poner su nombre antes del título de la película como así también se encargaría de recordar en el título de su autobiografía…
Con una extraordinaria puesta en escena y una deslumbrante fotografía en blanco y negro a cargo del reputadísimo Sol Polito y una banda sonora de lo más sugerente a cargo de otro destacado en estas lides, Max Steiner, la película es una muestra, otra más, del director de Sucedió una noche de lo maravilloso que puede ser el cine cuando se hacen bien las cosas…
Sin duda alguna es una de mis películas favoritas de todos los tiempos, y pese a que el propio actor británico nacionalizado estadounidense, Gary Grant no estuvo muy contento con su propia actuación debido al fuerte carácter histriónico de su personaje por imperativos del propio Capra, lo cierto es que resulta una actuación sin la cual yo por lo menos no me imaginaría el resto de la película…
La actuación del hermano de Mortimer (Gary Grant), Jonathan (Raymond Massey) contribuye sin duda alguna al tono de comedia negra que destila cada fotograma… tal vez por su majestuosa presencia que le hiciera protagonizar personajes históricos tan emblemáticos y enigmáticos como el del propio Abrahan Lincoln… junto con las actuaciones tan geniales de Peter Lorre que venía de rodar “Casablanca” haciendo de aquel misterioso y peculiar Dr. Einstein, como la interpretación de John Alexander haciendo aquel inolvidable papel del locuelo y disparatado tío Teddy Brewster, creyéndose Theodore Roosevelt al famoso grito de “¡A la carga (Charge!)!” (que Roosevelt hiciera famosa durante la carga a San Juan Hill) escaleras arriba y desajustando las manecillas del reloj de pared… hacen de esta película una auténtica obra maestra a tener en cuenta.