LA MUJER DEL CUADRO (The Woman in the Window)

Película estrenada entre 1943-1944

Director: Fritz lang. 1944. EE.UU. B/N

Intérpretes: Edward G. Robinson, Joan Bennett, Dan Duryea, Raymond Massey, Edmund Breon


El profesor Richard Wanley (Edward G. Robinson), experto en criminologí­a, campo en el que goza de gran prestigio, está pasando una temporada solo en la ciudad después de haber enviado a su mujer y sus hijos a unas breves vacaciones. Antes de entrar en su club, se para a contemplar el escaparate donde se exhibe el retrato de una bella mujer. Después de beber más de lo debido con un par de amigos, Wanley despierta en el club y sale a la calle, descubriendo a la mujer que aparecí­a en el cuadro (Joan Bennett). La acompaña a su casa, donde son sorprendidos por el amante de ella, y Wanley se ve mezclado en un turbio asesinato.








El guión es una maravilla impredecible, de una inteligencia poco común y con un sentido del humor irresistible. Parte de tres ideas básicas realmente interesante (aunque destripo conceptos muy genéricos, es recomendable que no las leas si no has visto la pelí­cula): por un lado, hacer que el asesino sea un reputado profesor experto en este tipo de crí­menes; por otro, hacer que él mismo se vea inmiscuido en el proceso de investigación policial sin resultar sospechoso a pesar de estar metiendo la pata continuamente; y por último, la atracción fatal irreprimible tan del gusto de Lang y tan presente en este género. Y no se para ahí­: también hay chantaje.

La elegancia se está perdiendo en el cine y en la vida. Es una pena, pero siempre quedarán los clásicos negros de intriga, como éste, que es uno de los que más me han gustado en lo que llevo de existencia.


Veo que La mujer del cuadro está clasificada como pelí­cula de cine negro. Sin duda este es un género muy delimitado y abstracto en el que otras muchas pelí­culas podrí­an ser incluidas en este género. En mi modesta opinión, yo no dirí­a que la pelí­cula de Lang pertenece a este formato, más bien dirí­a que es un thriller dramático o un film de intriga, pero la frontera a veces es tan pequeña que se confunden… o me confundo.

En todo caso tenemos una pelí­cula brillante. Un pobre hombre y una buena mujer que le mete en problemas. Entre los dos tendrán que deshacerse de un cadáver fruto del enfrentamiento entre el profesor Wanley (Edward G. Robinson) y el amante de la mujer del cuadro.

La policí­a investiga y el testigo soborna, una mezcla explosiva que hará que los dí­as pasen muy despacio para los dos protagonistas. El final es soberbio.

Y al final todo es un sueño. Cuando ya contábamos con el suicido del bonachón de Robinson, coge Lang y le da la vuelta. Dos finales al precio de uno. Soberbio, inteligente, desconcertante… Fritz Lang.


Más allá del cine negro

Uno de los elementos que mejor definen la etapa norteamericana de Lang es su implacable destrucción y remodelación de los géneros tradicionales. Concretamente, en el cine negro, Lang no plantea la ironizada desmitificación llevada a cabo en sus westerns, al igual que tampoco opta por el acerado dramatismo de sus filmes anti nazi. Éste género representa para él algo mucho más personal, menos vinculado a las convenciones que intenta hacer volar por los aires. El cine negro es una oportunidad de oro, no sólo para denunciar los vicios y miserias de una sociedad a la que constantemente pone en tela de juicio a través del cristal de su monóculo, sino también  la ocasión para enjuiciar la moralidad de la propia condición humana. Amén de ello, el cine negro significa una vuelta a los orí­genes del cineasta, un contundente retorno a las formas y bases de Las arañas (1920), El Dr. Mabuse (1922) o Spione (1928) que representa, dentro de la relativa incomodidad que suponí­a para el cineasta el estar a los designios de la industria estadounidense, uno de los caminos más seguros a la hora de intentar realizar un cine más vinculado a sus orí­genes expresionistas.

La mujer del cuadro es, por todo ello, un film referencial a la hora de tratar las particularidades estilí­sticas del cineasta vienés. El film, concretamente, es la traslación visual de una perturbadora pesadilla, con la influencia de las teorí­as psicoanalí­ticas de Freud sobre las represiones sexuales, el sentimiento de culpa y, sobretodo, la importancia de la interpretación de los sueños. Ya desde el primer plano, accedemos con una intensidad poco común a un universo enrarecido en el que somos incapaces de discernir el sueño de la vigilia (como bien demuestra la conclusión del film), arrastrándonos a través de un abismo oní­rico a la desgraciada suerte del profesor Richard Wanley. Todo ello convenientemente recubierto en un impresionante concierto de sombras y luces, gracias a la excelente fotografí­a de Milton Krasner. La importancia de La mujer del cuadro, por ello, es bipartita y responde tanto a  su herencia estrictamente germana como a sus propios planteamientos transgresivos dentro del “film noir”.

Si la llegada de los cineastas europeos a EE.UU. en el primer lustro de los años treinta se caracteriza por teñir la aséptica iluminación de los pioneros norteamericanos de un desquiciado tenebrismo, casi una plasmación pictórica del apocalí­ptico momento histórico que se estaba gestando en el viejo continente, Lang, concretamente, (y a diferencia de varios de ellos) otorga un potente significado dramático a cada foco de luz y a cada elemento oculto en la oscuridad. Crea y establece un cosmos neoexpresionista en el que, aprovechando el espacio y los diferentes términos del plano como pocos, define las caracterí­sticas de la historia, a la par que redondea la caracterización de sus personajes. Todo ello sin perder, ni por un momento, el pulso creativo y la mentalidad arquitectónica, concibiendo una puesta en escena tan meticulosamente calculada que todo lo que en ella se representa adquiere significación propia. Esto, que puede ser constante en el cine de Lang, adquiere una especial trascendencia en sus pelí­culas negras y, más concretamente, en La mujer del cuadro, donde el clima de ensueño ya esbozado más arriba se ve potenciado por la dirección de Lang, aparentemente frí­a e incluso en algún momento distanciada, pero tan perfecta en la consecución del ritmo y en el clima de lasitud progresivamente reinante (que alcanzarí­a su cenit un año después en la no menos lograda Perversidad (1945) que, sin ningún género de dudas, remiten al mejor Lang alemán.

Por lo que respecta a sus raí­ces genéricas, La mujer del cuadro supone una desmembración más que notable de las convenciones del género negro. Más cercana al melodrama que a lo planteado por John Huston tres años antes en El halcón maltés (1941, John Huston), la pelí­cula, en el fondo, queda excluida de cualquier tipo de vinculación genérica. Si bien formalmente, puede responder a unas ciertas tendencias básicas del “film noir” (sobre todo a nivel de atmósfera) y argumentalmente se encuentra al lí­mite de este tipo de cine (personajes arquetipo), lo cierto es que La mujer del cuadro no es más que otro ejemplo (y no de los más sobresalientes) del sincretismo de Lang, de su extrema facilidad para conciliar esquemas narrativos y caracterí­sticas formales en un todo verdaderamente arrebatador. Si Metrópolis (1927) era la simplificación de  expresionismo, hí­brido con otras tendencias que adquirí­an una mayor importancia y trascendencia, en La mujer del cuadro nos encontramos con una pieza de caracterí­sticas marcadamente fantásticas e irreales, envuelta en un manto de cualidades, paradójicamente, creí­bles.


El profesor Richard Wanley (Edward G. Robinson), experto en criminologí­a, campo en el que goza de gran prestigio, está pasando una temporada solo en la ciudad después de haber enviado a su mujer y sus hijos a unas breves vacaciones. Antes de entrar en su club se para a contemplar el escaparate donde se exhibe el retrato de una bella mujer. Después de beber más de lo debido con un par de amigos, Wanley despierta en el club y sale a la calle, descubriendo a la mujer que ha servido como modelo al cuadro (Joan Bennett), la acompaña a su casa, donde son sorprendidos por el amante de ella, y el pací­fico ciudadano se ve mezclado en un turbio asesinato..

Fritz Lang afincado ya en tierras norteamericanas dirige esta pelí­cula perteneciente a la serie negra. El argumento de la mujer del cuadro narrado como un profundo sueño, explota el personaje de Richard Wanley como su mayor atractivo. Toda la trama gira en torno a él, un hombre abrumado ante una situación que le supone un inciso en el dí­a a dí­a habitual. El hecho de que el protagonista este inmerso dentro del mundo policial, hace mella en el transcurrir de la historia, dotando de grandes dosis de cinismo a los diálogos que mantiene el propio Wanley, para salir airoso dentro de sus cí­rculos de amistades. La tensión lograda por Nunnally Johnson consigue atraer al espectador a un universo dual, plagado de peligrosos personajes, con mujer fatal incluida (Joan Bennett).

La estética del filme no podí­a ser más negra. Lang trabaja con unos encuadres opresivos, de cierta influencia expresionista, y con unos excelentes movimientos de cámara de gran amplitud. La fotografí­a obra de Milton Krasner, construye un sórdido ambiente mediante el uso del factor climático (fuertes lluvias) y el contraste campo ciudad tan caracterí­stico del “film noir”. Atención especial, para las secuencias referidas a los relojes de Lang (obsesión por el irremediable paso del tiempo hacia un trágico desenlace) Edward G. Robinson planta cara en esta ocasión a un difí­cil papel como Wanley, una persona inconformista que sueña con vivir alguna aventura que revitalice su existencia. Por otro lado Joan Bennett interpreta a una mujer sin suerte, relacionada con ambientes poco recomendables, que se llega a enamorar de Wanley, en el que encuentra al hombre ideal para mantener un romance formal. El resto de secundarios Raymond Massey, Dan Duryea, Edmund Breon cumple con creces su labor. La banda sonora de Arthur Lange, ensalza agudas, pero muy cuidadas composiciones de viento y cuerda muy bien acompasadas con el ritmo del guión.



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