Director: Billy Wilder. 1944. EE.UU. B/N
Intérpretes: Fred MacMurray, Barbara Stanwyck, Edward G. Robinson, Porter Hall

Walter Neff, vendedor de seguros, entra herido en las oficinas de su empresa y comienza a dictar una confesión. Tras una visita a la seductora Phyllis Dietrichson, su deseo por esa mujer le llevó, primero, a redactar una póliza falsa de indemnización doble por muerte accidental a nombre de su marido y, luego, a actuar en connivencia con ella para asesinarlo. Sin embargo, Keyes, detective de la compañía, sospechó que se trataba de un fraude y, finalmente, creyó haber descubierto que los culpables eran Phyllis y su amante. Neff, cada vez más asqueado, decidió hacer callar para siempre a la ponzoñosa Phyllis -culpable también de la muerte de la primera esposa de Dietrichson-, pero antes de que él la matara, tuvo tiempo de dispararle. La última parte de su confesión la escucha el propio Keyes que, tras llamar a la policía, trata de consolar a su amigo antes de que muera.


La incursión de Billy Wilder en el género del “cine negro” trae como resultado una gran obra maestra. En ella introduce algo radicalmente nuevo: los delincuentes no son criminales profesionales, son personas normales, de clase media, arrastrada por la ambición y la pasión sexual. Igualmente radical es que sea el mejor amigo quien descubra el delito, más bien con tristeza y contra su voluntad, y nunca como un triunfo de la justicia. Estos planteamientos fueron revolucionarios y originó que el coguionista habitual de Wilder, Ch. Brackett se negara a intervenir en el guión. “Yo estaba entusiasmado con la historia. Le dí a Brackett el texto, quien me lo devolvió poco después, sujetándolo sólo con la punta de los dedos. Me dijo que era basura. No quería participar en una porquería semejante, en la que todo sucede a causa de los más bajos motivos. Creo que no quería que su buen nombre apareciera en los créditos de una película tan sospechosa”. Por todo ello, Wilder escribió el guión con el escritor Raymond Chandler, quien a sus 56 años nunca había visto unos estudios por dentro y era un hombre maltratado por la vida y el alcohol, y un solitario amargado.
Los problemas entre ellos fueron enormes. Chandler llegó a decir: “El trabajo con Billy Wilder en Perdición fue una experiencia asesina y probablemente ha acortado mi vida, pero aprendí tanto de cómo se escribe un guión, tanto como soy capaz de aprender…. lo que no es mucho. Como cualquier escritor que llega a Hollywood, al principio estaba convencido de que tenía que haber algún método que permitiera trabajar en una película sin acabar de perder el poco talento creativo que pudiera poseerse. Como otros antes que yo, descubrí que perseguía un sueño…”. Wilder recuerda las cosas que los distanciaban y cómo de sus peleas surgió uno de los mejores guiones de la historia del cine: “Chandler no me podía ver…, primero estaba mi acento alemán. Segundo, yo conocía mejor las herramientas que teníamos que utilizar. Y, además, yo tenía algo: era joven y salía con chicas guapas. Todo esto lo hacía volverse loco. Me miraba fijamente. Yo encarnaba todo aquello que él odiaba de Hollywood. Además, no podía sobreponerse al hecho de que, en lo que se refería al guión, yo tuviera la última palabra”.
Los problemas que Wilder tuvo que superar con Chandler se repitieron al asignar los papeles para Perdición. Barbara Stanwyck, tras algunas dudas, aceptó interpretar a una mujer tan fría y egoísta; el papel de Walter Neff fue rechazado por actores como Alan Ladd, Spercer Tracy o Gregory Peck. La elección de Fred MacMurray fue todo un acierto, según Wilder, porque “permitió al espectador la identificación con el protagonista, ya que demostraba que, a causa de su pasión por la mujer, se convierte en su instrumento”.
Cuando Hitchcock vio la película en un preestreno telegrafió a Wilder: “Desde Perdición, las dos palabras más importantes en el mundo del cine son Billy Wilder”.
Basada en una novela de James M. Cain, la historia nos presenta a un vendedor de seguros que conoce a la esposa de un posible cliente. Esta pretende liquidar a su marido para lo que cuenta con la ayuda del vendedor, cegado por la pasión que la mujer despierta en él.
El título tiene el merito de lo que Raymond Chandler, coguionista del filme junto a Wilder, llamó la cacería, novedad consistente en que el espectador conoce a los culpables desde el comienzo y espera ansioso ver cuando se les atrapa.
Durante el rodaje hubo diferencias entre Wilder y Chandler que hicieron a éste último elevar una protesta por escrito a los estudios. Wilder reconocía las diferencias que había entre él y Chandler: “primero estaba mi acento alemán. Segundo, yo conocía mejor las herramientas que teníamos que utilizar. Y, además, yo tenía algo: era joven y salía con chicas guapas. Todo esto lo hacía volverse loco. Me miraba fijamente. Yo encarnaba todo aquello que él odiaba de Hollywood. Además, no podía sobreponerse al hecho de que, en lo que se refería al guión, yo tuviera la última palabra.”
El éxito del filme fue clamoroso y el mismísimo Alfred Hitchcock mandó un telegrama a Wilder en el que escribía: “Desde Perdición, las dos palabras más importantes en el mundo del cine son Billy Wilder”.