ENCADENADOS (Notorious)

Película estrenada entre 1945-1946

Director: Alfred Hitchcock. 1946. EE.UU. B/N

Intérpretes: Cary Grant (Devlin), Ingrid Bergman (Alicia Huberman), Claude Raims (Alexander Sebastien), Leopoldine Constantine (Sra.Sebastien), Reinhold Schünzel (Dr. Anderson), Moroni Olsen, Ivan Triesault, Alexis Minotis, Fay Baker, Ricardo Costa, Leonore Ulric, Ramon Nomar, Wally Brown


Devlin, (Cary Grant), un agente del gobierno norteamericano, entabla relación con Alicia Huberman (Ingrid Bergman), hija de un espí­a alemán recién encarcelado, y le propone trabajar para su paí­s en Rí­o de Janeiro. La misión es seducir a otro alemán, Alex Sebastian (Claude Rains), que años atrás estuvo enamorado de ella, y sacar la máxima información de él y sus contactos, pues es una de las bases del nazismo activo que opera tras la guerra. Alicia, pese a estar enamorada de Devlin, acepta no sólo el desafí­o de conquistar a Sebastian, sino también su inesperada petición de boda. Una misteriosa botella de vino pondrá la primera nota de inquietud en la tensa labor de espionaje de Alicia.



El servicio de inteligencia americano (Cary Grant y Louis Calhern) investiga a un grupo de nazis instalados en Rí­o de Janeiro, para lo que piden a una hermosa mujer (Ingrid Bergman) que enamore a uno de ellos (Claude Rains). El objetivo es que se case y que descubra todo lo que pueda sobre la organización, pero los problemas surgen cuando la chica y el agente americano que actúa de enlace con ella se enamoran.




Cómo envenenar lentamente a una persona con arsénico para que parezca una muerte por falta de vitaminas, es el sabio consejo de Alfred Hitchcock en este filme sin desperdicio y que supone su segunda colaboración con uno de sus actores fetiche, Cary Grant, representante de todas aquellas cualidades que el director anhelaba para sí­ mismo.

Ben Hecht escribe un guión sin fisuras y que mantiene pegado a la pantalla desde un principio, gracias al lento ritmo de la historia que le concede una sensación de agobio sin igual y a los lúcidos e inteligentes diálogos entre los enamorados.

Como anécdota no se puede obviar que Alfred Hitchcock logra en esta pelí­cula el beso más largo de la historia del cine hasta esa fecha. Los besos estaban limitados en su duración por la censura y el mago Hitchcock recurre a la estratagema de separar los labios y decir una palabra cada vez que ese tiempo lí­mite toca a su fin, para inmediatamente volver a unir los labios. El censor debió volverse loco con el cronómetro. De ahí­ que el tí­tulo de la versión española, Encadenados, resulte más que elocuente.


Aun desde la majestuosidad que le confiere una nómina de tí­tulos que, por cantidad y calidad, la sitúan entre las más señeras de la historia universal de la cinematografí­a, la filmografí­a de Alfred Hitchcock no deja de tener, dentro de un nivel medio muy alto, sus altibajos y sus diferencias: ciertamente, no se puede equiparar el nivel de algunos de sus filmes menos destacados con el de auténticas obras maestras, entre las cuales hay que situar, sin lugar a ningún género de dudas, Encadenados, novena producción de su época norteamericana, que, bajo la égida del legendario productor David O. Selznick, supuso un espaldarazo definitivo para su asentamiento en el orbe hollywoodiense y le situó entre sus directores más solventes, tanto artí­stica como comercialmente.

Partiendo de un guión original extraordinariamente bien armado y desarrollado -obra de Ben Hecht, un genuino “todoterreno”, autor de un sinfí­n de piezas maravillosas a lo largo de las décadas de los años 30 y los 40-, Hitchcock se aplica a poner sobre celuloide, con su fluidez narrativa y su impronta visual caracterí­sticas, una historia con unas connotaciones polí­ticas que la hacen alejarse de sus referentes habituales, aun cuando tal componente polí­tica venga a confluir con otras dos vertientes temáticas -la del drama amoroso y la de la intriga criminal- que sí­ se hallan con más profusión en el corpus fí­lmico hitchcockiano, y que dotan a la trama de una consistencia y una riqueza de matices (en la medida en que su entrelazado se produce con una naturalidad y una armoní­a encomiables) verdaderamente digna de admiración. Es difí­cil pronunciarse acerca de cuál de los tres elementos marca la lí­nea predominante, o determina la adscripción genérica del filme, dado el equilibrio del peso de los mismos.

Merece la pena, en cualquier caso, detenerse, siquiera sea someramente, en cada una de las tres lí­neas argumentales, dado que ofrecen, por sí­ mismas, material más que suficiente para el comentario.

En lo que respecta al drama amoroso, centrado en la relación afectiva entre el agente Frank Devlin (Cary Grant) y la “espí­a colaboradora” Alicia Huberman (Ingrid Bergman), constituye uno de los más logrados ejemplos de lo que el glamour y la quí­mica, sabiamente combinados, podí­an desplegar sobre la pantalla blanca: un sentimiento arrasador y deslumbrante, apto para atrapar en sus redes afectivas hasta al espectador más remiso y precavido. El juego de falsos equí­vocos (los amantes se reprochan continuamente motivos manifiestamente impropios para justificar -la falsa- tibieza de sus sentimientos, como arma defensiva para no dejarse arrastrar por la pasión a que su amor les empuja) y móviles voluntades (Frank y Alicia oscilan continuamente entre el arrojarse sin trabas a los brazos de su impulso o el constreñirse en aras de intereses superiores a los que deben servir -y aquí­, en la plasmación del conflicto entre el amor y el sentido del deber, se puede apreciar, de manera muy evidente, la influencia de un tí­tulo tan legendario como Casablanca-) delinea una relación que se desliza por un tobogán continuo y sinuoso, que sólo ofrecerá un descanso con la resolución final de la historia. Tampoco cabe desdeñar, como un aspecto que dota a este elemento dramático de una intensidad enorme, el hecho de que presten cuerpo y alma al mismo dos intérpretes en estado de gracia -y que, como un apunte de detalle, nos legaron para la historia de los grandes momentos fí­lmicos (por cortesí­a de sir Alfred) el que, probablemente, sea el beso más hermoso jamás plasmado en celuloide-.

En todo caso, Encadenados no es (o no es solamente) una inmensa historia de amor, sino que nos ofrece, una vez más, una demostración evidente de la querencia hitchcockiana por las intrigas criminales, y, muy especialmente, por la utilización de éstas para desarrollar esos mecanismos visuales que, asociados al género, siempre gustó de desplegar en pos del máximo virtuosismo: es siempre un juego de planos, y no el lenguaje verbal (que se limita a un papel de refuerzo), el elemento definitorio y resolutivo (a la par que efectista) de cada situación. En ese sentido, “Encadenados” se nos presenta como un festí­n, un banquete verdaderamente pantagruélico, en el que la sucesión de golpes de efecto y destellos de genialidad en la resolución de episodios puntuales hace que el espectador no encuentre descanso en su gozo -ni en su desazón: Hitchcock no ceja, una y otra vez, en colocar al público al borde del ataque de nervios con su capacidad para apurar hasta el lí­mite situaciones de peligro e incertidumbre, de cuya mención detallada habré de prescindir por deferencia hacia futuros nuevos espectadores-. Así­, entre retruécanos y conejos sacados de la chistera (la tan traí­da y llevada teorí­a del “mcguffin”, traducido a botella de uranio, se encarnó, y habitó entre nosotros…), la trama se va desplegando y desarrollando en un fluir que, pese a lo previsible que puede resultar en orden a su desenlace final, no pierde nunca el más mí­nimo punto de interés: una vez más, asistimos a la constatación de que el triunfo no está en la llegada a la meta, sino en el disfrute de todo lo largo del recorrido.

Por último, el trasfondo, o sustancia polí­tica, plenamente imbricado en la intriga criminal antes referenciada, se sustenta en un fenómeno que constituí­a objeto de máxima atención -y preocupación- en la época, y del que otra pelí­cula legendaria, y prácticamente coetánea (como es El extraño, de Orson Welles), también se habí­a ocupado: el de los epí­gonos del nazismo y sus maniobras en la sombra para recuperar los “restos del naufragio” que la derrota hitleriana habí­a generado. Es la lucha contra este huevo de la serpiente la que se erige en núcleo central de toda la trama, vista globalmente, de Encadenados, y constituye el elemento que nos permite afirmar, sin el más mí­nimo margen de duda, que Hitchcock adoptaba un posicionamiento rotundamente claro contra ese siniestro movimiento -algo plenamente coherente con sus proclamas polí­ticas ultraliberales: de su anticomunismo visceral también habrí­a de dar sobradas muestras en filmes posteriores, como Cortina rasgada (1966) o Topaz (1969)-, lo cual se poní­a claramente de manifiesto en el papel de “villanos de la función” que les era asignado a Sebastian y sus conmilitones, personajes en cuyo perfil definitorio no tuvo el más mí­nimo empacho el director en cargar -sin caer en lo grotesco o esperpéntico- todas las tintas posibles. No es un detalle baladí­, y, como tal, debe ser consignado a la hora de hacer un compendio de los aspectos más relevantes de un filme como éste.

Para cerrar esta reseña, en cuanto a elementos de referencia, no querí­a dejar de hacer mención al juego, o juegos, de relaciones entre los personajes. Mucho se ha hablado por algunos de los más significados exegetas de la obra de Hitchcock (Truffautt y Spoto) de los triángulos de este cineasta. Y no seré yo quien niegue las evidencias en tal sentido: de hecho, Encadenados nos muestra, en su núcleo esencial, un triángulo más, el que formarí­an los personajes de Devlin, Huberman y Sebastian; en cierto sentido, un triángulo demasiado obvio, o, si se apura la visión en tal sentido, hasta convencional. Pero este esquema básico se ve enormemente enriquecido por la entrada en juego de dos personajes más, que, aun con un carácter secundario, dan origen al desarrollo de nuevos “triángulos”: es éste el supuesto de la señora Anna Sebastian (Leopoldine Konstantin), la madre de Alex -que, diabólicamente intuitiva, frente a la estolidez de su hijo, fruto del encandilamiento amoroso que sufre por Alicia, será la encargada de interponer una funesta “racionalidad” entre ambos (y permí­tanme, una vez más, que, por motivos obvios, no me extienda en detalles); un personaje que, en muchos aspectos, recuerda enormemente (por su determinación ciega, por su frialdad, por su maldad intrí­nseca) a la Mrs. Danvers de Rebeca-, y el capitán Paul Presscot (Louis Calhern), el responsable del espionaje estadounidense, superior inmediato de Devlin, y, en tal condición, jefe también de la heroí­na, un personaje que, a diferencia y en contraste con el anterior, viene a introducir una placidez y una tranquilidad de ánimo que contribuye a aliviar los momentos de mayor tensión, tanto emocional como criminal. En definitiva, tres triángulos de personajes bien definidos que, con el entramado de sus relaciones, contribuyen al exquisito discurrir del relato y a la conformación de su excelente equilibrio interno.

Quizá no sea bueno pretender que el ejercicio de la crí­tica se extralimite mucho más allá del que debiera ser su territorio natural, aquel que está en la esencia de su propia naturaleza: el informar acerca de los aspectos y circunstancias más relevantes del objeto sobre el que recae y ofrecer la valoración que el mismo merece al juicio del crí­tico ejerciente. Pero hay ocasiones -contadas, si me apuran, pero las hay- en que el crí­tico, empujado por pulsiones que van más allá de apreciaciones estrictamente técnicas, se siente moralmente obligado a algo más, o algo distinto; y ésta es una de ellas. Desconozco hasta dónde he cumplido con mis obligaciones básicas antes indicadas, informativas y valorativas, al emborronar estas lí­neas; pero no quisiera cerrarlas sin tener una mí­nima certeza, o ilusión, de que las mismas han podido transmitir. Aunque sólo sea en una minúscula parte, el entusiasmo y vigor con que quisiera recomendarles el visionado de esta auténtica obra maestra: por favor, no se la pierdan, les aseguro que no se van a arrepentir.

Al poco de acabar la guerra un espí­a nazi es condenado por un tribunal americano. Su hija Alicia Huberman, que no fue nunca nazi, vive en Los Ángeles, donde lleva una vida de depravación. Un agente del gobierno, Devlin, le propone una misión durante el transcurso de una de sus habituales juergas nocturnas. Ella acepta y ambos se marchan a Rio de Janeiro. Allí­ se enamoran el uno del otro, pero Devlin muestra una actitud de desprecio hacia Alicia y su poco honroso pasado. La misión de ésta consiste en tomar contacto con un antiguo compañero de su padre, Sebastien, cuya gran mansión sirve de guarida a los espí­as nazis refugiados en Brasil. Alicia lleva a cabo su misión, frecuenta la casa de Sebastien que se enamora de ella y quiere hacerla su esposa. Ella podrí­a negarse, pero acepta como un desafí­o, con la vana esperanza de que Devlin impida la boda. No ocurre así­ y Alicia se convierte en la dueña de la casa, aunque su terrorí­fica suegra no siente gran simpatí­a por ella, y es encargada por sus jefes de apoderarse de una llave de la bodega que Sebastien siempre lleva encima y que puede ser la clave para descubrir las actividades ilí­citas de los nazis en Brasil.




Encadenados supone el primer y exitoso intento de Hitchcock de aprovechar su talento con el fin de crear una historia de amor seria. Es además uno de los filmes más admirados por los estudiosos del séptimo arte, debido sobre todo a su magistral dirección: el plano secuencia de la cámara bajando, desde una amplia vista general del salón de la fiesta hasta un primerí­simo plano de una llave en la mano de Ingrid Bergman, la interminable escena del beso o el rí­tmico descenso final de los cuatro personajes por escalera forman parte de una larga lista de escenas para el recuerdo…aunque los aficionados menos académicos se quedan sobre todo con su obsesivo romanticismo, pocas veces igualado en la historia del cine y que puso de manifiesto una vez más el genial talento del director para exprimir el contenido sentimental de cada escena y cada plano, para lograr de sus actores excelentes interpretaciones, para conceder intensidad y profundidad a los personajes y al asunto en cuestión con su absorbente narrativa y para convertir una intrigante trama una de las más pasionales y románticas historias de amor jamás rodadas.

Franí§ois Truffaut definió la pelí­cula de esta manera: “Encadenados es un filme extraordinariamente moderno. Contiene pocas escenas y es de una pureza magní­fica. Es un modelo de construcción de guión (…) Hitchcock consiguió con ella el máximo de efectos con el mí­nimo de elementos. Todas las escenas de suspense están organizadas alrededor de dos objetos, la llave y la falsa botella de vino y la intriga amorosa es la más sencilla del mundo. De todos sus filmes éste es aquel en que se siente la comunión más perfecta entre lo que querí­a conseguir y el resultado en pantalla. El éxito de Encadenados se debe probablemente a que alcanza lo máximode la estilización y de la sencillez”.


 


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