Director: Jean Cocteau. 1946. Francia-Luxemburgo. B/N
Intérpretes: Jean Marais, Josette Day, Mila Parély, Nane Germon, Michael Auclair

Magnifico clásico, donde nos cuenta la historia de la Bella que se sacrifica para salvar a su padre y de la Bestia que demuestra que la auténtica belleza es la interior. Filmada por Cocteau, tan poeta como cineasta, el cuento se convierte en magia poética, con momentos de auténtico terror y escenas de intensa emoción.


Desde que Georges Mélií¨s incorporó la fantasía a las películas, la capacidad del cine para materializar la imaginación del ser humano ha sido una de las aportaciones más importantes del arte cinematográfico a la cultura del siglo XX.
Heredero de una antigua tradición literaria, que se remonta a los tiempos anteriores a la escritura, el género fantástico encontró en el cine un medio adecuado para materializar la imaginería visual que lo caracteriza. Los surrealistas comprendieron esto de inmediato y se lanzaron a la conquista de lo imposible: capturar los sueños y compartirlos con el público hipnotizado ante la pantalla.
Consumado surrealista, con evidente influencia de Dalí, Buñuel y Man Ray, Jean Cocteau logró sintetizar en La bella y la bestia a todas y cada una de sus obsesiones creativas.
De la primera a la última imagen, La bella y la bestia es una obra maestra de la fantasía surrealista. El filme logra ir más allá de los límites de la imaginación y se coloca como piedra angular del cine fantástico.
La sencilla belleza de su imaginería visual ha inspirado a más de un cineasta. Francis Coppola rinde un evidente homenaje a Cocteau en algunas secuencias de su Drácula (1992). En uno de los momentos más logrados de este filme, el actor Keanu Reeves explora los sótanos de la mansión del Conde de la misma manera que Josette Day vaga por los pasillos del palacio de la Bestia. En ambos filmes, enormes brazos humanos sostienen antorchas encendidas en las paredes.
La influencia de La bella y la bestia se extiende a la conocida versión del mismo título, producida por la compañía Disney en 1991. En esta espléndida trasposición a los dibujos animados del bello cuento de Mme. Leprince podemos encontrar la huella de Cocteau en cada fotograma.
Filmada con un presupuesto escaso justo a fines de la II Guerra Mundial, La bella y la bestia es un prodigio de la economía al servicio de la imaginación. El filme representa el triunfo de la creatividad, el ingenio y el arte frente a una realidad poco amable. Más de medio siglo después, la obra de Cocteau es, sin lugar a dudas, una joya clásica del cine mundial.
Jean Cocteau fue un cineasta de la imaginación. Su figura es una de las más importantes de la cultura francesa del siglo XX. Novelista, poeta, dramaturgo, pintor y escultor, Cocteau incursionó por el cine en pocas ocasiones. A pesar de ello, su breve obra fílmica bastó para convertirlo en uno de los directores más influyentes del género fantástico.
Quizás haya sido su vocación primaria de poeta, o que el cine fue para él un instrumento, más que un fin, el caso es que la filmografía de Cocteau es imposible de clasificar dentro de las categorías tradicionales.
Su primer filme, La sangre de un poeta (1930) guarda una estrecha relación con el trabajo de los surrealistas, en particular con la película clave de esta corriente, Un perro andaluz (1928, Luis Buñuel y Salvador Dalí). La bella y la bestia quizás haya sido su cinta más convencional, aunque su espléndida imaginería visual la ha convertido en una especie de “poema fantástico-narrativo” de la pantalla.
Su obra más famosa dentro del cine es, sin duda alguna, Orfeo (1950), “un documento realista sobre eventos fantásticos” en palabras de su autor. Esta trasposición a la época contemporánea de la leyenda de Orfeo y su descenso a los infiernos consolidó la figura de Cocteau en la cinematografía mundial. Su último filme El testamento de Orfeo (1959) recupera el estilo de La sangre de un poeta al tema de la vida y obra de su autor.

Bella (Josette Day), la adorable hija de un comerciante arruinado, tendrá que ir a convivir con un personaje monstruoso llamado Bestia (Jean Marais) para intentar salvar de esta manera la vida de su padre.
El cuento de hadas de Mme. Leprince de Beaumont, centrado en el triunfo del amor sobre lo material y de la belleza interna sobre la externa, no pudo encontrar mejor expresión cinematográfica que en esta obra del poeta y cineasta francés Jean Cocteau, quien nos regala con su obra más popular y conseguida, un festín sensorial henchido de ecléctica imaginería, inspirada por diversas influencias plásticas, como por ejemplo Gustave Doré.
Esta imaginería, filtrada por la mirada lírica del polifacético artista galo, convierte esta encantadora historia en una mágica comunión entre realidad y fantasía.
Los brazos que sujetan los candelabros, las manos surgiendo de las mesas para servir el vino, los rostros pétreos de ojos brillantes, escrutando los movimientos amedrentados de los visitantes o la impactante e imitada caracterización de la Bestia, son recursos visuales indelebles para un título colmado de un refinado hálito romántico, protagonizado por un monstruo cautivador, que nos hace experimentar cierto pesar en su trasmutación en apuesto príncipe, ya que jamás volveremos a
disfrutar con su magnética y singular presencia.
Espléndida música de George Auric e inolvidables interpretaciones de Jean Marais, amante en la vida real de Cocteau, y de la hermosa Josette Day, pareja inmemorial para un título imprescindibledel cine fantástico europeo.

El cine es sueño, como bien dijo Edgar Morin, y el espectador un viajero fantástico dispuesto a descubrir nuevos mundos, visitar países en los que nunca podrá estar o lugares mágicos que sólo viven en la imaginación. De eso se trata el gran invento del cinematógrafo: de grabar los sueños en una pantalla y proyectarlos en una enorme sala, a oscuras, ante un público dispuesto a dejarse llevar por la magia del cineasta.
Todo ello es lo que convierte en una obra maestra a La bella y la bestia del francés Jean Cocteau, una de las obras más hipnóticas de la historia del cine.
Las intenciones del director quedan suficientemente claras con los rótulos de inicio, en los cuales el propio Cocteau firma unas líneas en las que pide la colaboración del espectador para que se convierta en un niño, que crea y se deje llevar por la ilusión de la magia y de la infancia. Del resto ya se ocupa él.
Rodada en 1946, una vez finalizada la II Guerra Mundial y restablecido el orden en la industria cinematográfica francesa, La bella y la bestia es una película fundamental en el devenir del cine europeo de la época y, eso, a pesar de que su autor nunca llegó a encauzar una verdadera filmografía, interesado en otras disciplinas artísticas.
El filme comienza en un poblado de gusto medieval donde Bella, la menor de tres hermanas, trabaja día y noche para cuidar a su padre, caído en desgracia, y ocuparse de sus dos vanidosas hermanas. Si este argumento ya recuerda a las desdichas de la Cenicienta, el tono empleado por Cocteau es decididamente fabulador, sencillo pero no ingenuo. Las proposiciones matrimoniales del atractivo Avenant, los divertidos contratiempos de las hermanas o la vagancia de los mozos tienen como misión internar al espectador en el filme, preparando el momento para que el padre se interne en el bosque y descubra el fantástico castillo de la Bestia.
Es ahí donde comienza la verdadera hipnosis del filme, cuando el mundo real se desdobla en su opuesto, el mundo fantástico. Al acompañamiento de su misteriosa música, nos internamos en un bosque tenebroso de árboles retorcidos que da paso a la mansión barroca, bizantina donde se esconde el príncipe maldecido. Las puertas que se abren o cierran solas, los largos pasillos con brazos saliendo de las paredes y sujetando los candelabros, la mano que aparece en la mesa para servir la comida, las gárgolas haciendo inquietantes gestos, la decoración rococó de los interiores, el establo donde se guarda al mágico caballo o el jardín de rosas, donde el padre cifra su desgracia, son algunas de las imágenes más inolvidables del cine fantástico y del surrealismo, que seguro no fueron despreciadas por Dalí o Buñuel.
A partir de ahí todo es hipnosis, magia e ilusiones en la relación que une a la Bestia con Bella. Sin caer demasiado en el romanticismo exagerado pero dotando al relato deun halo tan trágico como bello, Cocteau nos narra los sufrimientos que unen a los dos seres.
Él, condenado a la soledad y la incomprensión. Ella, alejada de su padre y marcada por un sacrificio personal en su bien. Haciendo poesía sin palabras, regodeándose en su originalidad visual, el director francés conduce la obra hacia una excelente conclusión donde el amor de Bella por la criatura romperá el hechizo que la ata a su fealdad y le convertirá físicamente en un príncipe, con el mismo rostro de su anterior pretendiente Avenant, muerto al intentar penetrar en el castillo.
La bella y la bestia es un cuento lírico, tenebroso y optimista, una obra experimental en la que literatura, música, pintura, escultura y arquitectura se dan la mano para componer este monumento al surrealismo, a la magia y a la fantasía.