Director: Robert Bresson. 1945. Francia. B/N
Intérpretes: Paul Bernard, María Casares, Elina Labourdette, Lucienne Bogaert, Jean Marchat

Historia de amor, traición y venganza, la de una mujer que pierde a su amante y emplea a una joven de dudosa reputación para vengarse.




No creo que a estas alturas nadie pueda dudar de la valía y florecimiento que el cine francés tuvo en la segunda mitad de los años 40 -en la que prácticamente debutaron la mayor parte de sus grandes realizadores-. Al mismo tiempo creo que ocioso es señalar la importancia y singularidad que a partir de ese contexto tuvo -y sigue teniendo- la obra de Robert Bresson. Pese a una trayectoria que sólo se extiende en 13 largometrajes -de los que este es el segundo que filmó- es indudable el rigor, austeridad y coherencia de sus planteamientos temáticos y estilísticos y la presencia de unas formas claramente diferenciales que han influido poderosamente a directores posteriores como puede ser el caso del norteamericano Paul Schrader. En definitiva y sin decir nada que otras voces más cualificadas ya han trasladado con mucha mayor propiedad siempre es bueno intentar mantener vigente el recuerdo de una obra no -por breve- menos digna de consideración -y ahí tenemos las a mi juicio hiperlativas valoraciones y excesiva literatura derramada sobre un Stanley Kubrick que dio vida una obra de similar extensión, en los que predominan los títulos de calidad, pero también coexisten notorias irregularidades.

Filmada en Francia en 1944, durante la ocupación alemana. Su director y guionista, Robert Bresson, era casi desconocido. (Había hecho en 1943, Les angés du peché, exhibido aquí sin pena ni gloria en una versión doblada en castellano). Pero sus colaboradores eran ilustres: la obra se basaba en una historia que había contado Diderot hacia 1773 en “Jacques le fataliste”; el diálogo era de Jean Cocteau; la protagonista se llamaba María Casares. Este filme bastó para colocar a Bresson en la primera fila de los realizadores franceses. Fue (es) el antecedente obligado de otra obra que habría de filmar Bresson en 1950: el Diario de un cura rural.
Pero Les dames du Bois de Boulogne es algo más que un antecedente: es una de las más perfectas tragedias psicológicas que ha contado el cine. Es la historia de una venganza minuciosa, fríamente ejecutada; y de un amor que se impone a pesar de todo. Hélí¨ne ha sido abandonada por Jean, el amante por dos años. Extrae a una muchacha de un cabaret, la hace pasar por una jovencita de campaña (lo que en realidad había sido) y la presenta a Jean. Hace que éste se enamore de ella y se la niega y se la ofrece hasta que consigue casarlo con ella en una elaborada ceremonia a la que ha invitado a todos los que poseyeron a la muchacha.
El filme es cruel y preciso. Hay cuatro personajes principales. Además de Hélí¨ne (María Casares), están Jean (Paul Bernard), la muchacha (Elina Labourdette) y su madre (Lucienne Bognert). Entre estos cuatro seres se ordena una historia de contornos nítidos, de diálogo que conserva la elegancia y la exactitud de la lengua del siglo XVIII, una historia horrible y hermosa a la vez. Bresson mueve sus criaturas en un decorado que es contemporáneo nuestro pero que es tan abstracto, tan impersonal como el de cualquier tiempo. Una magistralmente (como siempre) banda de sonido y la música de J.J. Grünenwald para sugerir el mundo en que están encerrados los personajes; pero los aísla dentro de su conflicto y no tolera la menor digresión. (Hay un quinto personaje, Jacques, que pronuncia unas palabras en una breve escena, y algún criado que dice unas líneas). La cámara de Philippe Agostini fotografía actores y decorados sin concesiones a la composición artística y preocupada tan sólo de la funcionalidad dramática. Los decorados de Max Douy son también funcionales. Limitan un ambiente más que describen una circunstancia o una época.
Todo está subordinado a una versión ascética del drama. La mano férrea de Bresson impide todo estallido pasional. Le basta una pequeña crispación del cuerpo de María Casares y una lágrima que se desliza suavemente por su mejilla para decir el efecto desgarrador que le causan las palabras con que su ex-amante confiesa su pasión por la muchacha. El filme es intenso pero contenido. Toda la violencia es interior y las imágenes, como el diálogo estilizado de los personajes, apuntan delicadamente a esa pasión.
En un filme tan construido, tan deliberadamente hecho a partir de una visión personal, la labor del intérprete está subordinada más que nunca a la mano del director. Bresson consigue a ratos que Paul Bernard viva su difícil personaje -que había sido escrito para Alain Cuny-; consigue que Elina Labourdette exprese la corrupción y el amor; consigue que María Casares guarde todos sus desplantes hispánicos y sea una fiera silenciosa y desesperada.
Podría apuntarse algún defecto, algún desfallecimiento pasajero del filme -y hay eruditos que lo han hecho-. Pero hay que aceptar una creación tan íntegra y exigente, tan lúcida, como ésta de Bresson sin menudear en detalles. Su impacto dramático también los tolera y sabe superarlos.