Director: Henry King. 1955. EE.UU.
Intérpretes: William Holden, Jennifer Jones, Torin Thatcher, Isobel Elsom, Murray Matheson, Virginia Gregg, Richard Loo, Soo Yong, Philip Ahn

William Holden es un corresponsal de guerra norteamericano que es enviado al este de Asia para cubrir la guerra de Corea. Estando en Hong-Kong, conoce a Jennifer Jones, una bella médico euroasiática. A pesar de que ella es viuda y de la oposición de su entorno por pertenecer a razas y culturas distintas, entre ambos surgirá una apasionada relación.


La doctora Han Suyin (Jones) trabaja en un hospital de Hong Kong, es mitad europea y mitad asiática aunque se siente china. Un día conoce a Mark Elliott (Holden) un corresponsal americano en Hong Kong que la invita a cenar. Suyin le dice que no tiene intención de ir más lejos con él ya que no serian bien vistos en la ciudad, aunque finalmente no podrá reprimir sus impulsos y accede a casarse con él…
Famosísima película en el momento de su estreno y uno de los últimos papeles relevantes de Jennifer Jones antes de abandonar el cine. No es más que un drama romántico al uso donde lo más destacada acaba siendo el envoltorio, atención a la bellísima fotografía de Leon Shamroy y a los decorados del Hong-Kong de los años cuarenta. La Jones da el pego como mestiza tanto por sus rasgos faciales como por su técnica corporal y Holden se limita a hacer por enésima vez el papel de galán. Hoy día es una película que ha ido cayendo paulatinamente en el olvido, probablemente dentro de unas décadas habrá sido totalmente olvidada y sólo será recordada por la bellísima banda sonora de Alfred Newman cuyo emblemático leitmotiv conoce todo el mundo al dedillo a pesar de no saber que pertenece a esta película.
Las memorias de Han Suyin
La acción tiene lugar en la colonia británica de Hong-Kong, con desplazamientos breves a Cancún y a la localidad natal de Suyin, entre 1949 y 1950. Narra la historia de amor entre Han Suyin (Jennifer Jones), médico, euroasiática, hija de padre chino y madre inglesa, viuda de un general nacionalista, y Mark Elliot (William Holden), casado y corresponsal de guerra. Se conocen en una fiesta social de Adelina Palmer Jones (Isobel Elsom) y se enamoran.
La película es, sobre todo, un drama romántico, que enfrenta a los protagonistas con actitudes racistas, la oposisión de la familia de Suyin, el fiero dogmatismo del Dr. Sen (Kam Tong) y otros. Las críticas que se levantan tejen en torno a los protagonistas una malla cada vez más tupida de opresión, marginación y exclusión social, que afrontan con entereza y con el apoyo de algunos amigos. La acción se desarrolla de modo realista, con gran fuerza dramática y con una evolución coherente. Los diálogos, bien escritos y bien interpretados, reflejan con elocuencia los sentimientos profundos y las reacciones íntimas de Han y Mark, que apuestan por la multiculturalidad, la igualdad de razas y la autenticidad del amor sin prejuicios y sin fronteras.
La música, de Alfred Newman, uno de los compositores más notables de la Fox, ocupa gran parte del metraje como parte integrante de la narración. Aporta relatos orquestales dramáticos, composiciones románticas y, hacia el final, un crescendo de música y coro espléndido y sobrecogedor. La canción “It Is A Many-Splendored Thing” se oye en diferentes versiones. La fotografía se beneficia de un vestuario excelente, uno decorados brillantes, unos paisajes maravillosos y una paleta de colores suaves, que se apoyan en masas de tonos oscuros, que dan estabilidad a las composiciones y realzan su belleza visual. El guión hilvana una narración densa y rica en detalles, que incorpora una fuerza dramática vibrante. La interpretación de los protagonistas muestra buena química, pese a que Jones y Holden mantuvieron diferencias durante el rodaje, a causa del comportamiento caprichoso e impositivo de la actriz. La dirección, a cargo de uno de los directores preferidos de Jones, construye una obra digna, no exenta de convencionalismos y sentimentalismos. La escena de la guerra de Corea es muy deficiente.
Película interesante, de excelente fotografía y buena música, apoyada en una bonita canción de éxito y en un guión respetable.
Siempre me ha sorprendido que pese al gran éxito que tuvo en su momento -o quizá a causa del mismo-, La colina del adiós, goce de una escasísima estima. Algo que se produce incluso entre aquellos aficionados y comentaristas que valoran la trayectoria de uno de los grandes realizadores del cine clásico, y al que el paso de los años aún no ha otorgado su merecida y definitiva valoración.
Cierto es que La colina del adiós se pliega a la convención del melodrama de la Fox, que resulta una película imbuida tanto de la servidumbre del filme turístico -otro ejemplo podría ser también Locuras de verano (1955, David Lean) con respecto a Venecia- como la que comporta al servicio de las dos estrellas que encabezan su reparto -Jennifer Jones y William Holden-. Aún reconociendo esos límites y con la creencia de que es difícil concluir que de las manos de Henry King pudiera salir una mala película -aunque me dé temor enfrentarme algún día con la visión de Carousel (1956), nadie es perfecto-, lo cierto es que el título que nos ocupa me parece un brillante muestra de melodrama romántico, que combina las recetas más nobles del género, demostrando la buena forma en la que se encontraba en aquellos tiempos el ya veterano realizador, y en la que logra trascender los clichés que aborda sin prejuicios, a partir de un intenso y al mismo tiempo sutil trabajo de puesta en escena. Si a ello unimos la degeneración que se ha ido produciendo en los últimos tiempos dentro del lenguaje cinematográfico, es por lo que quizá se valore en mayor medida la serenidad narrativa que prácticamente acompañó la andadura de Henry King en sus últimos títulos, generalmente amparados en este género. Creo a este respecto que en este caso no hay que hacer un mayor esfuerzo a la hora de contemplar la película, más que dejarse llevar por una manera de entender el romanticismo cinematográfico que desdeña el subrayado - La colina del adiós está casi en su totalidad planificada en plano general o plano americano-, que comprenda la importancia de la música -más allá del peso evocador que tiene su principal tema musical, considerado uno de los temas más célebres creados para la pantalla-, que con muy breves y agudos trazos logra describir el malestar y discriminación social que ejerce la presencia británica en Hong-Kong o que otorga el debido cariño y pudor a sus personajes, a su cotidianeidad, a la interacción que en ellos provoca el conocimiento de esa otra persona que va a interrumpir y sin casi ellos pretenderlos cambiar e iluminar el discurrir de sus vidas.
Quizá habría que remontarse a realizadores tan expertos en el melodrama como Leo McCarey, Mitchell Leisen o Frank Borzage -creo que el ejemplo de Douglas Sirk no sería muy pertinente en este caso-, para encontrar un melodrama tan elegante, sentido y sincero como el que nos ocupa. Intentando creo que con poca dificultad solventar los inconvenientes antes señalados, podremos disfrutar de la historia de amor que nace entre la Dra. Han Suyin (Jennifer Jones) joven doctora eurásica y Mark Elliot (William Holden), avezado reportero. Ambos se encuentran afincados en el Hong-Kong de finales de la década de los cuarenta, donde el protectorado británico está viviendo los últimos momentos de su condición como tal. En medio de estas convulsiones políticas, la semilla del amor prenderá casi como algo pudoroso, hasta que en esa colina en la que ambos se reúnen para meditar y disfrutar de su relación, aflore un sentimiento casi místico y como si el tiempo se detuviera para ellos.
Es en la hora de expresar ese gozo íntimo y compartido por los dos amantes, donde brilla el método empleado por Henry King, logrando incluso hacer prevalecer una sensación de totalidad en la felicidad, en el que aquellos elementos colaterales a la historia central -los conflictos raciales, la inminencia de una lucha política que derive en guerra, la constante llegada de refugiados chinos a Hong-Kong- no sirva más que para hacer sublimar la historia de amor de sus dos protagonistas. Y esas sensaciones se transmiten ya en su primera cena juntos, en la ocasión en la que los dos nadan desplazándose hacia una casa en sus orillas, en el instante en el que ella reconoce estar turbada ante lo que está viviendo, o la intensidad casi cósmica del encuentro entre ambos en la colina que simbolizará su relación, y junto al pie del viejo árbol. Pero de pronto algo enturbia una relación perfecta. Mark viaja a Singapur a pedir el divorcio a su esposa -con la cual no mantiene relación alguna desde hace varios años, pero el aspecto que demuestra a su regreso delata a su amada que esta no le ha concedido la separación. Pese a la buena voluntad de ambos, la historia aflora a partir de entonces una mirada de tonalidades graves que nos permite intuir que no va a culminar con el destino que todos deseamos para ellos. Es probable que la creciente inestabilidad del entorno haya sido indirectamente uno de los detonantes; Han ha sido despedida del hospital en que trabajaba, mientras Elliot se encuentra en activo como corresponsal de guerra -tras una despedida inolvidable de ambos ante el árbol de la colina y en la que intuimos que jamás volverán a verse de nuevo-. Solo les quedará el contacto epistolar -vivido por ella con especial intensidad- y el memorable montaje que sirve para enlazar la -elíptica- muerte del periodista con la repentina caída de un bote de tinta roja ante los pies de Han. Ni siquiera la definitiva ausencia del amado evitará que la doctora realice una última ascensión a la colina, en la que por un momento su pasión le hará ver que Mark está allí, en aquel marco en el que de alguna manera ofrecieron a los dioses una relación amorosa elegantemente orquestada en la pantalla por Henry King, con la extraordinaria colaboración de Leon Shamroy en calidad de luminoso operador de fotografía y la serena química generada por William Holden -que años después retomaría un personaje de similares características en la estupenda El mundo de Suzie
Wong (1960, Richard Quine) también con guión de John Patrick, y una Jennifer Jones a la que me atrevo a reivindicar en una interpretación de tan notable sensibilidad como La colina del adiós.