LA DAMA DEL LAGO (Lady in the Lake)

Película estrenada entre 1947-1948

Director: Robert Montgomery. 1947. EE.UU. B/N
Intérpretes: Robert Montgomery, Audrey Totter, Lloyd Nolan, Tom Tully, Leon Ames, Jayne Meadows, Dick Simmons

Una editora literaria (Audrey Totter) encarga al detective Phillip Marlowe (Robert Montgomery) encontrar a la misteriosa mujer de su jefe (Leon Ames), que supuestamente ha huido con un amante (Richard Simmons) y tal vez ha provocado una muerte.

En 1947 fueron dos las películas que se rodaron usando la técnica de la cámara subjetiva que es cuando la propia cámara simula ser uno de los personajes y lo vemos todo a través de su punto de vista. Es algo que se ha realizado en muchas, muchas películas, pero únicamente en una determinada escena y por poco tiempo. La Senda Tenebrosa, esa gran película del gran Delmer Daves lograba narrar tres cuartos de hora de película siguiendo esa técnica, dando como resultado un magnífico filme donde dicha técnica estaba perfectamente justificada en el argumento de la película. Robert Montgomery quiso ir más allá rodando la adaptación de una novela del mítico Raymond Chandler en La Dama del Lago rodando enteramente toda la película en cámara subjetiva, salvo unos cortes en los que el propio director hablándole directamente al espectador aclara ciertos puntos de la historia. Desde luego no hay que negar que Montgomery se arriesgó por completo al querer rodar la película de esta forma.

La historia es bastante confusa, algo que al parecer era muy habitual en las novelas de Chandler quién reconocería ante algún director famoso que adaptó alguna de sus obras que ni él mismo sabía el porqué de algunas incoherencias en sus argumentos que llevaban a cierta confusión. Aquí tenemos al archiconocido Philip Marlowe aceptando un caso en el que tiene que encontrar a la mujer de un importante empresario la cual ha desaparecido. Una caso en apariencia nada complicado pero que por supuesto y cómo ocurre siempre en este tipo de películas, hay más de lo que realmente parece a primera vista.

El principal problema de la cinta es lo cansino y pesado que resulta el hecho de estar viéndolo todo a través de los ojos de Marlowe, personaje que nunca mejor dicho, lleva el peso de absolutamente todo el film. De este modo, la historia en cuestión nos es narrada o relatada por un montón de personajes que van apareciendo unos tras otros y que le hablan a la cámara (Marlowe) soltando un montón de datos, algunos de ellos inconexos y que terminan resultando un lío. Dicha confusión ya se produce a los diez minutos de proyección, por lo que el espectador se encuentra perdidísimo, y sólo gracias a las intervenciones del director logramos aclarar algo del asunto.

Intervenciones que por totro lado rompen bruscamente el ritmo de la historia, aunque Montgomery lo incluye porque es un recurso que también se utiliza en la novela. Craso error, ya que en la película no funciona absolutamente nada.

Respecto al trabajo actoral, decir que Robert Montgomery, que aparte de dirigir actuaba, siempre fue un actor mediocre y aquí los demuestra con creces. Lo bueno del asunto de la cámara subjetiva es que tenemos que verle pocas veces y así sólo oímos su voz, la cual parece siempre como fuera de escena, nunca mejor dicho. El personaje de Marlowe nunca parece totalmente integrado en la historia, y su voz resulta como muy exagerada. Lo mismo le pasa al resto de actores, que se pasean por delante del objetivo con extrañas caras de asombro o mirando demasiado fijamente al espectador, por no hablar de gestos forzados. Al respecto citar a Audrey Totter, que realiza una interpretación exageradísima de su personaje. Sólo se salva Lloyd Nolan, que parece imprimirle algo de profesionalidad al asunto y actúa como un actor de verdad resultando enormemente creíble.

Una floja película, casi aburrida, y que tiene únicamente la originalidad de la cámara subjetiva, que por un lado resulta fascinante e incluso delirante, pero por otro termina lastrando las posibilidades de un relato algo confuso, pero con el que se podría haber realizado una gran obra de cine negro. Una pena.

Philip Marlowe (Robert Montgomery, que también dirige) nos narra (con cámara subjetiva) un misterio policial (adaptado de su propia novela por Raymond Chandler, cuarta del personaje creado para El sueño eterno en 1939). Al principio Marlowe nos da su advertencia (que podríamos denominar “Prólogo”, para mantener la equivalencia literaria) hablando a cámara, alentando al espectador a que saque sus propias conclusiones sobre el caso que está a punto de relatar. Acto seguido la película se sumergue en la cámara subjetiva y ya no volveremos a ver la cara del protagonista (salvo cuando Marlowe se refleja en vidrios o espejos) hasta mitad del metraje en que habrá otro inserto de conversación a cámara.
El caso, como supone toda intriga policial imaginada por Chandler, es sumamente complejo y tiene varias capas de revelaciones. Primero se relaciona con una editora literaria (Audrey Totter) que le encarga encontrar a la misteriosa mujer de su jefe (Leon Ames). Dicha señora (acreditada en los títulos de inicio como “Ellay Mort”) supuestamente ha huído con un amante (Richard Simmons) y tal vez ha provocado una muerte. Por supuesto, a la primera de cambio, Marlowe termina golpeado por el primer sospechoso y va a parar a la seccional de policía del Capitán Kane (Tom Tully), cuyo subordinado, el Teniente DeGarmot (Lloyd Nolan) tiene ganas de romperle la cara al pobre detective. A medida que avanza el caso, Marlowe enamora a la hembra, es perseguido por el policía corrupto y se topa un par de veces con la asesina, todo regado con diálogos más que sabrosos y una trama casi inextricable. La dirección trata de balancear el caudal narrativo con el recurso técnico de la cámara, pero no siempre es posible percibir todos los detalles en todo momento. El desenlace, a pesar de esto, crea tensión y cierra la novela-película de manera decente, aunque con final tal vez demasiado feliz para un paria como Marlowe.
La película, excesivamente connotada en el plano formal por la presencia reiterada de la cámara, se diluye así en el puro ejercicio del virtuosismo. Dentro de este ejercicio no faltan, sin embargo, algunos hallazgos visuales sorprendentes sobre todo cuando Marlowe se convierte en víctima inesperada de la violencia (el golpe que recibe de improviso y que deja la pantalla en negro, el licor que vierte encima del protagonista y, por lo tanto, sobre la superficie de la cámara) o cuando se encuentra en situaciones difíciles o arriesgadas (reptando por la calle, con los planos filmados a la altura de un ojo de perro, en busca de un teléfono, mirando de frente al revólver que apunta al objetivo de la cámara).
Pero ni siquiera estos hallazgos formales, ni la abundante presencia de espejos cuya función parece ser, sobre todo, reflejar el rostro del protagonista en su superficie, ni la brillantez que adorna algunos de sus diálogos levantan el intereés de un trabajo que, por momentos, resulta monótono y aburrido y donde su verdadera importancia, dentro del género, radica en lo arriesgado de su propuesta estética. Una propuesta cuyo fracaso cerraría definitivamente, lavía para otras experiencias de este tipo dentro del marco del cine negro.


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