PRIMAVERA, VERANO, OTOÑO, INVIERNO Y PRIMAVERA (Spring, Summer,Fall, Winter and Spring) )

Película estrenada entre 1947-1948

Director: 2003. Corea del Sur-Alemania. Color

Intérpretes: Yeong-su Oh, Kim Ki-duk Ki-duk, Young-min Kim, Jae-kyeong Seo


Una reflexión sobre la vida, una simple fabula budista, tan simple como un koan zen, llena de niveles de interpretación, desde la inocencia primaveral de la niñez hasta la dura madurez del invierno, primavera, verano, otoño, invierno, primavera, parte del ciclo vital, parte de la rueda de la vida. hermosa pelí­cula que me dejó en calma, hermosa fotografí­a, hermosa narración. Alegorí­a budista ambientada en un lago aislado, filme que exhibe un logradí­simo minimalismo, con forma y fondo confluyendo en paridad. Desnuda de artificios argumentales, se presenta a sí­ misma como una pura experiencia narrativa y pictórica. Filme de singular belleza.




El nuevo trabajo del director coreano es -un tanto precioso- cuento taoí­sta que transporta al espectador a un mundo de iconografí­a oriental, en el que las puertas aisladas en el vací­o, el agua en todas sus formas, los árboles y los animales enmarcan la historia de un aprendizaje que se desarrolla en las cuatro estaciones de la vida y cuyo mensaje es muy claro: el deseo de posesión lleva en sí­ mismo la destrucción de lo que más se quiere. Nadie es inmune al poder de las estaciones ni a su ciclo anual de nacimiento, crecimiento y decaimiento. Ni siquiera los dos monjes que comparten una ermita flotante rodeada de montañas. A la vez que las estaciones se suceden, todos y cada uno de los aspectos de su vida son infundidos y vividos muy intensamente. Esto les hará experimentar momentos de gran espiritualidad y misticismo y otros más movidos y trágicos. Ellos, al igual que todo ser humano, son incapaces de evitar los avatares de la vida, los deseos, el sufrimiento y las pasiones. Bajo la atenta mirada del monje anciano, uno mucho más joven experimenta la pérdida de la inocencia, con la llegada de una mujer a su particular mundo de paz y tranquilidad. La mujer despertará en el joven sentimientos hasta ahora totalmente desconocidos como el amor, los celos, la obsesión, el precio de la salvación y la sabidurí­a obtenida a través de la experiencia.



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Aunque se precie de serlo, el cine contemporáneo difí­cilmente podrí­a considerarse como “arte”. Ciertamente hay muchas pelí­culas interesantes, divertidas o inteligentes. Pero ¿cuántas podrí­amos realmente clasificar como “arte”? ¿Cuántas pelí­culas evocan en el público los sentimientos de su realizador? ¿Cuántas pelí­culas provocan reacciones que no podemos explicar racionalmente, pero que entendemos perfectamente en un plano emocional?

Primavera, Verano, Otoño, Invierno, Primavera es una de las pocas obras que pueden ser así­ descritas (en mi opinión).

La trama es elegantemente simple: en un templo budista que flota sobre un apacible lago, vive un monje que educa a su joven aprendiz. Y empleando las estaciones del año como metáfora de la vida, vemos la niñez, juventud y edad adulta del aprendiz, sus logros, fracasos y eventualmente las duras lecciones que el tiempo le ha dado.

El realizador Kim Ki-duk (más conocido por sus pelí­culas de acción) plasma en la pantalla esta sencilla historia con un minimalismo estilí­stico que podrí­a haber sido visualmente estéril, pero que gracias a la extraordinaria cinematografí­a y a las impresionantes locaciones resulta un deleite para la vista, al mismo tiempo que complementa las emociones de los personajes, entregándonos imágenes inolvidables no sólo por su rara belleza, sino por los sentimientos que generan.

Las actuaciones del reducido elenco son perfectas, sobre todo considerando que hay muy pocos diálogos, por lo que los actores deben encontrar y transmitir la esencia de sus personajes sin ayuda de fáciles parlamentos. Generalmente disfruto las pelí­culas con diálogos abundantes y complejos, pero es en obras como Primavera, Verano, Otoño, Invierno, Primavera donde se puede redescubrir el auténtico valor del lenguaje visual y de las interpretaciones de un talentoso ensamble de actores.

Si algo me molestó de Primavera, Verano, Otoño, Invierno y Primavera fue sólo un par de instancias en que ciertos eventos bordean en lo sobrenatural. Creo que es innecesario y hasta estorban, al menos en el contexto de la cinta. Pero esa débil queja en nada reduce el placer que me dio esta cinta.

Debo advertir que la densa simbologí­a budista de la pelí­cula podrá hacer difí­cil su interpretación para audiencias no muy familiarizadas con esta religión; pero la historia es a la vez tan clara y compleja, que no hace falta “entender” las referencias religiosas para asimilar perfectamente las intenciones y actitudes de los personajes. Saber el significado de la estatua bodhittsava que aparece cerca del final de la pelí­cula, o conocer el contenido del sutra que en cierto momento se talla en un piso de madera, podrán enriquecer la experiencia de ver Primavera, Verano, Otoño, Invierno, Primavera, pero no son esenciales para disfrutar de esta extraordinaria pelí­cula.

Su tono pausado (pero nunca aburrido) podrá molestar a algunas personas, pero quienes acepten compartir el lánguido ritmo de la pelí­cula serán recompensados con una rara experiencia en el cine moderno… una auténtica obra de arte, perfectamente accesible y completamente inolvidable.



Es una grata sorpresa ver una deliciosa joya de un cine tan pujante y creativo como el coreano. Cosa rara en nuestra cartelera, hemos tenido tres estrenos consecutivos de interés de dicho paí­s. Han asimilado muy bien la gramática fí­lmica occidental, “aclimatándola” a historias que ocurren en Oriente.

Primavera, Verano, Otoño, Invierno, Primavera como su tí­tulo alude, trata de las estaciones de la naturaleza y del hombre en una historia bastante sencilla: un monje budista vive retirado en la hondonada de un valle, donde educa a un niño. Este niño a su vez crecerá, verá el mundo y se decepcionará del mismo -con crimen pasional de por medio-. Una vez adulto, y saldando las cuentas con la justicia por ese amor loco, él también adoptará a un niño, educándolo en los preceptos del budismo y así­ la historia se repite cí­clicamente (la “rueda de la historia”).

La pelí­cula está cargada de simbologí­a, como el propio realizador lo manifiesta: la piedra que arrastra el protagonista es el karma de nuestras vidas, la casa del monje simboliza el yo, la puerta sin paredes es el ingreso a esa vida ascética donde uno es libre de entrar o salir, el perro la amistad pero también la ingenuidad, el gallo la lujuria que invade al monje de joven, el gato la sabidurí­a y calma, etc.


Es una historia bella y sencilla, lí­rica y contemplativa, como la vida de estos monjes en retiro (de allí­ que la cámara se mantiene siempre estática, calma). Primavera, Verano, Otoño, Invierno, Primavera es una delicia contemplar y sentir, va directo al corazón.


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