LA MUJER PIRATA (Anne of the Indies)

Película estrenada entre 1949-1951

Director: Jacques Tourneur. 1951. EE.UU. Color

Intérpretes: Jean Peters, Louis Jourdan, Debra Paget, Herbert Marshall



El capitán “Providence”, el último de los grandes piratas, es en realidad una mujer, Anne, que siente un profundo odio hacia los ingleses porque mataron a su hermano. Tras el abordaje de un naví­o inglés, libera a un francés que dice ser corsario y es enrolado en el barco de la mujer pirata, el “Reina de Saba”. Jacques Tourner cumple su cometido a la perfección ya que nos hace vibrar con la furia de las batallas y la valí­a aplastante de una alta intriga ambientada entre piratas sudorosos, cubiertas grasientas y una atmósfera que se respira entrecortada por el silbido de los sables afilados.




Entre las múltiples sugerencias que ofrece una propuesta tan rica como La mujer pirata, (1951, Jacques Tourneur), la más evidente es para mí­ su enorme concisión. Con la economí­a expresiva que siempre acompañó al gran cineasta franco- norteamericano -y que en esta ocasión se manifiesta en toda su magnitud-, en muy pocos instantes se describe tanto al personaje protagonista, el entorno vital en que esta se desenvuelve o los seres que la rodean. Todo un microcosmos en el que se ha desarrollado hasta entonces la trayectoria vital de Anne Providence (Jean Peters), una joven amparada por el mismí­simo pirata Barbinegra (Thomas Gómez), totalmente rodeada en un universo masculino definido por la dureza, el pillaje y también sinceros sentimientos de lealtad. En él ha logrado el aprendizaje necesario dentro de la piraterí­a, alcanzando incluso un enorme respeto entre todos los que practican estas actividades, y logrando que en aquellos ambientes y sectores que desean su captura, el “Capitán Providence” y el naví­o que comanda -el “Reina de Saba”-, piensen que se trata de un hombre.

El propio desconocimiento de su propia femineidad será sin duda, el detonante del conflicto que rote en las bellí­simas, luminosas y finalmente tristes imágenes del filme de Tourneur. Anne contará en todo momento con el apoyo y la mirada reflexiva de un viejo doctor dominado por el alcohol. Se trata del doctor Jameson (Herbert Marshall), quien en todo momento demuestra una singular sabidurí­a y al mismo tiempo distancia ante la vida. Su presencia constante, su mirada, sus sentencias dialécticas, servidos por la excelente y al mismo tiempo neutra composición que de dicho personaje brinda el magní­fico intérprete, ubican su personaje entre esa poblada galerí­a de escépticos legada por el cine tourneriano.

Y en ese mundo poblado y vivido por hombres rudos, y comandado por una mujer que nunca ha intentado vivir su propia condición sexual, un dí­a llegará el momento casi irresistible para ella al saquear un buque inglés, en donde se encontrará preso un atractivo francés -LaRochelle (Louis Jourdan)-. De forma casi instintiva Anne decide salvarlo de su segura ejecución y muy pronto lo introducirá como componente de la tripulación, pese a las reticencias de sus miembros. No es de extrañar. Sus refinados modales son bien dispares de la rudeza del entorno. Pero quizá ellos pueden ver algo oscuro que la progresivamente embelesada capitán no alcanza a advertir, sorprendida como está de un sentimiento inédito en su experiencia vital.

Las sospechas sobre las ocultaciones y medias verdades de LaRochelle serán asumidas por Anne con especial convicción -pese a que frente a ellas aplique duros castigos a éste-, hasta que ello le lleve incluso a romper su fraternal relación con Barbinegra. Sin embargo, no podrá asumir el conocimiento de que este está enamorado -de hecho, casado- de otra mujer. Ese mundo nuevo por el que el “Capitán Providence” incluso ha puesto en entredicho su reputación y los hombres que la respetan, de repente se viene abajo al conocer la existencia de Molly (Debra Pager) y el hecho de que su secreto aunque nada solapado enamorado se haya valido de ella y la utilizara urdiendo un plan que le permitirí­a recuperar su prestigio como hombre de mar. De todos modos, lo humillante para nuestra protagonista es la propia presencia de Molly, a la que raptará en señal de venganza e incluso estará a punto de vender en una subasta de esclavos, sufriendo el acoso de LaRochelle y siendo ambos -cuando logra capturar a éste- abandonados en la Isla de La Muerte por Anne. Una actitud despreciable de resentimiento que le llevará a ser rechazada por todo su entorno -especialmente por su fiel consejero Jameson-, pero que finalmente le hará optar por una auténtica auto inmolación para, aparentemente, salvar a esos esposos que iba a condenar a una muerte segura.

Serí­a injusto decir que las excelencias de La mujer pirata proceden únicamente de la labor como ·puesta en escena de Jacques Tourneur. Su diseño de producción es tan eficaz como los más caracterí­sticos films de piratas de aquellos años -por cierto, ofreciendo resultados no siempre estimulantes-. El guión de Philip Dunne y Arthur Caesar -basado en un relato con base real- es magní­fico y lleno de sugerencias, la fotografí­a de Harry Jackson es de una espléndida paleta cromática e incluso la banda sonora de Franz Waxman resulta sumamente eficaz. Es más, la pelí­cula prolonga la imaginerí­a albergada en tí­tulos del género precedentes -la caracterización y aspecto de Barbinegra-.

En cualquier caso, creo que no hace falta demasiada agudeza -¿o quizá sí­?- para detectar que en las imágenes del filme de Tourneur hay una mirada cinematográfica poderosa, siempre presente, que impregna de aire sombrí­o su conjunto y delimita unos personajes dominados por la ambigüedad en sus actitudes y sentimientos. Al margen de esa ya señalada concisión -que permite una densidad sorprendente a la historia narrada-, el gran realizador utiliza admirablemente la tonalidad e iluminación de sus secuencias en función de sus intereses expresivos y los estados emocionales de sus personajes. Las sombras aparecen en los instantes de duda y engaño, la luminosidad -presente en escasos momentos- cuando los sentimientos de Anne hacia LaRochelle están en su plenitud -los paseos de ambos mientras preparan un asedio en la costa y reciben a Barbarroja-. Incluso la presencia de ese vestido elegido por el francés como botí­n, que desde el primer momento será un catalizador de dudas y de conflicto, tendrá también su expresión de plenitud cuando Anne se vista con él expresando la sinceridad de sus sentimientos, y posteriormente servirá para que obligue a vestir con él a Molly -la auténtica destinataria del mismo- cuando la mantenga raptada en su buque. Es más, hasta un elemento aparentemente secundario como el pañuelo que porta en la cabeza la pirata, variará de tono y diseño en las secuencias finales -es un modelo de colores (sentimientos) tormentosos-.

Todo en La mujer pirata tiene la intención de un relato sombrí­o, del que casi en el primer momento intuimos que no va a terminar de forma convencional y en el que quizá un conflicto humano y la propia desaparición del “Reina de Saba”, no sea más que una página menor en la historia de la navegación en aguas centroamericanas. En definitiva, se han abierto las posibilidades del sentimiento para una mujer que siempre vivió y actuó como hombre, y que comprueba primero deslumbrada y posteriormente desolada, el dolor que supone su imposibilidad para acceder a su auténtica condición.

El conflicto es expresado por Tourneur utilizando elementos como las ventanas y claraboyas que se ubican en el fondo de los encuadres del interior de la nave, y que en base a lo que muestran de forma discreta -tonalidades y oscuridades, incluso detalles de inestabilidad- definen el nervio interno de cada situación y, con ello, la dotan de una extraña textura visual -uno de los rasgos de estilos más consustanciales y valiosos del cine del director francés-. Pero este aún irá más lejos en su singular manera de aprovechar las posibilidades de la puesta en escena de un guión y una producción en la que todo se le ha dado de antemano -como a cualquier otro “artesano” de la época, aunque no intuyeran que en este caso se encontraban con uno de los auténticamente grandes de la historia del cine-. Hay detalles muy significativos como el momento en que Jameson evoca en sus palabras el poder de la cultura. Tourneur lo encuadra ubicando justo detrás de su cabeza una lejana llama proveniente de un faro. A continuación, el plano montará a una conversación entre Anne y LaRochelle, figurando entonces la llama en medio de los dos; en el momento en que esta decide abrazar al francés no sabrá como hacerlo -no ha abrazado nunca a un hombre con deseo; lo hará de forma muy primaria-. Pero más adelante, cuando el francés reclama sus derechos ante las autoridades navales al haber cumplido su plan, y estos le niegan toda prerrogativa hasta que este no concluya, este mirará hacia una alacena de carácter familiar -su hogar perdido-, la cámara sigue la dirección de la mirada y fundirá el encuadre con el velero. Al mismo tiempo, las secuencias que se desarrollan en tabernas, tienen en esta pelí­cula una patina pictórica cuidada pero al mismo tiempo demostrativas de un mundo turbulento. Es cierto; Jacques Tourneur era un maestro en la iluminación en blanco y negro, pero también lo demostró al tratar el color.

Todo ello son elementos de realización incorporados de forma sutil, ya que están firmemente integrados en los engarces de la pelí­cula. Pero todos ellos tendrán su colofón en unas secuencias finales realmente deslumbrantes, en las que Molly -la esposa de LaRochelle- es atada a la proa del buque de Anne para evitar que este sea bombardeado por el naví­o que comanda el francés, ofreciendo una imagen entre surreal y sádica. Una vez el matrimonio es abandonado en una fantasmagórica isla en la que solo destaca la presencia casi esquemática de unos esqueletos, solo restará el colofón de la inmolación de ese “Capitán Providence”, consciente de que ya ni va a poder sentir la vida del modo en que hasta entonces la habí­a disfrutado, y el recuerdo de la aventura vivida la habrí­a atormentado siempre. Y por ello carece de sentido seguir estando presente en el mar y la vida. Se dejará matar por Barbanegra -quizá pretendiendo implí­citamente congraciarse con el pirata al que en muchos momentos superó en tácticas-, en un bombardeo dominado por una tan densa como tenebrosa cortina de humos que envuelven su desaparición como algo casi sobrenatural.

Serí­an, sin duda, muchos los detalles, destellos y elementos los que se podrí­an destacar en esta compleja pelí­cula, pero en conjunto valga señalar que Jacques Tourneur, una vez más, se introdujo de lleno en las caracterí­sticas del género que asumió y la productora que lo contrató para, a partir de ahí­, imbricar en sus imágenes su sinuoso, sensual, fatalista y al mismo tiempo contenido estilo cinematográfico. Como en la mayor parte de sus pelí­culas, hay planos con animales de grandes dimensiones, como en casi todos sus filmes, la cercaní­a de la muerte como pathos será notoria, como lo será también la ambigüedad y el escepticismo en sus personajes… y la presencia de sombras, bien sea en encuadres visibles o en segundo término del encuadre.

Era esta la segunda ocasión en la que contemplaba La mujer pirata, y no dudo en calificarla como uno de las mejores y, sobre todo, más singulares aportaciones que al cine de piratas se ha brindado al séptimo arte. Y añadirí­a además que se trata de una demostración más de los rasgos de estilo y de la propia filosofí­a de la vida, que Jacques Tourneur logró trasladar -aunque delimitada en géneros contrapuestos-, al conjunto de su obra, una de las más extrañas, fascinantes y, al mismo tiempo, memorables, de toda la historia del cine.


Dentro de nada medio mundo estará revolucionado por el estreno de Piratas del Caribe: el Cofre del Hombre Muerto, que si cumple las expectativas será una digna continuación de la entretenidí­sima primera parte. Pero si miramos atrás por lo menos unos 50 años ó más, podemos disfrutar de una de las mejores muestras del género a cargo de un realizador realmente exquisito y elegante como lo fue Jacques Tourneur, firmante de pelí­culas tan famosas como ‘La Mujer Pantera’, ‘Retorno al Pasado’ o ‘La Noche del Demonio’. Tourneur tocó, además, casi todos los géneros teniendo una envidiable habilidad para todos. La mujer pirata es una de sus mejores pelí­culas, y hace nada acaba de ser editada por Suevia Films en su colección “Clásicos de Oro” en una extraordinaria edición, realmente ejemplar.

La Capitna Anne Providence es uno de los piratas más temidos de cuántos surcan los mares. Una mujer con ademanes masculinos, enérgica y valiente, que tiene a su mando una tripulación fiel y obediente, a la par que sanguinaria. Un dí­a, en un barco inglés que han abordado encuentran prisionero a un bucanero que se une a ellos. No tardará en surgir el amor entre ambos. Un amor que se convierte en el eje central de cuantas acciones realiza esta valiente mujer.

Una de las cosas que más llaman la atención de esta pelí­cula es el estudio psicológico que realiza de los personajes, absolutamente espléndido y totalmente inusitado en una pelí­cula perteneciente al género de aventuras. Cada personaje está perfectamente dibujado y posee una extensa gama de matices. Unos matices tan trazados y tan bien insertados, que producen una enorme fascinación en el espectador.

A ello contribuyen por supuesto las extraordinarias interpretaciones de todo su reparto. A la cabeza una sensual, morbosa y bellí­sima Jean Peters que borda su papel. Todos quisiéramos amar a esta mujer, pero a ninguno nos gustarí­a tenerla como enemiga. Peters le da una dimensión nueva al tipo de heroí­na al que estábamos acostumbrados, creando prácticamente un modelo que servirí­a para posteriores personajes femeninos, aunque hay que decir que pocos alcanzarí­an la fuerza que éste posee.

A su lado Louis Jordan, fantástico en el papel de bucanero que esconde un secreto y que robará el corazón de la hermosa pirata. Jourdan pasarí­a por derecho propio a la Historia del Cine simplemente por haber protagonizado la obra maestra de Max Ophüls Carta de una Desconocida. Herbert Marshall, casi siempre secundario, magní­fico como el médico del barco pirata, personaje destinado a soltar verdades a nuestra protagonista. Y Debra Paget, otra preciosidad de la época en un papel secundario también pero que es mejor no desvelar para no revelar nada de la interesante trama del film.

Para ser una pelí­cula realizada en 1951, ésta no se corta en elementos violentos por así­ decirlo. Atención a lo que deciden hacer con los prisioneros que toman del primer barco abordado. Evidentemente no se muestra pero es tal la dureza y la frialdad con la que está narrado, que nuestra imaginación nos hace sentir peor que si lo hubiéramos visto. Por otro lado el filme está lleno de espectacularidad y contiene escenas de batallas navales magní­ficamente rodadas. Tourneur, que era un maestro, dirige con gran precisión todas esas escenas y las combina con otras más í­ntimas de forma prodigiosa. El ritmo es excelente y condensa en 80 minutos una historia en la que no se deja absolutamente nada, gracias a una capacidad de sí­ntesis en el guión realmente sorprendente. Un guión que mezcla de forma muy contundente la historia externa de los personajes con la historia interna de una aventurera, pirata enfurecida por fuera y mujer enamorada por dentro. En ese aspecto, Tourneur realiza un mosaico impresionante sobre los sentimientos enfrentados que resulta enormemente embriagador.

Una obra maestra absoluta, un auténtico goce para los sentidos. Una joya. Hablar más sobre ella no llevarí­a a ningún lado. Hay que disfrutarla. Mucho me temo que el señor Verbinski no tiene nada que hacer al lado de pelí­culas como esta, aunque eran otros tiempos. Jack Sparrow y sus compañeros nos entretendrán y nos harán pasar el rato, pero Anne Providence permanecerá para siempre en nuestra memoria.


 


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