OBJETIVO SEÑALADO (The Tall Target)

Director: Anthony Mann. 1951. EE.UU. B/N

Intérpretes: Dick Powell, Paula Raymond, Adolphe Menjou, Marshall Thompson, Ruby Dee, Richard Rober, Will Geer, Leif Erickson, Florence Bates


Tal vez el primer guardaespaldas profesional que haya protagonizado una película haya sido en Objetivo señalado (1951, Anthony Mann). La historia se produce en 1861, cuando un guardaespaldas del recién elegido presidente Lincoln descubre que hay un plan para matar a su jefe. Luego, lo clásico, se lo comunica a sus superiores pero estos se ríen diciéndole que sus temores no tienen ningún sentido por lo que decide buscar por su cuenta a los posibles asesinos. Dick Powell es el guardaespaldas protagonista que, curiosamente, responde al nombre de John Kennedy.




La merecida retrospectiva que el Festival de San Sebastián brindó al cineasta norteamericano Anthony Mann –que espero esté acompañada por un volumen monográfico de la categoría de los que han dedicado a los anteriores homenajeados−, ha permitido que el canal TCM emita una de las más desconocidas y singulares de sus películas, Objetivo señalado –jamás estrenada comercialmente en España aunque proyectada con el título Objetivo señalado (también en TV)−.

Aunque ya realizada en 1951, cuando Mann ya se había responsabilizado de más de una decena de filmes e incluso había ofrecido títulos encuadrados en el western de gran nivel –como el excelente La puerta del diablo (1950)−, lo cierto es que Objetivo señalado supone un interesantísimo retorno de su artífice a un cine de “serie B”, por más que su adscripción a la Metro Goldwyn Mayer repercuta en un notable acabado de producción –algún día habría que reivindicar la producción de “serie B” del estudio más conservador y si se me permite la expresión, más cursi de Hollywood, gracias a la política de producción de algunos dirigentes que sabían alternar los títulos de gran presupuesto con otros de coste inferior pero que servían como caldo de cultivo de interesantes cualidades artísticas.

Lo primero que sorprende en el título que nos ocupa es su originalidad a la hora de plantear un thriller con todas las de la ley, pero ambientándolo en el periodo de la elección de Abraham Lincoln como presidente de los Estados Unidos. Como quiera que previamente había participado de ambos géneros –thriller y filmes de época−, es evidente que la extraña mezcla se realiza con acierto, por más que se imponga la vertiente contemporánea en su desarrollo; la presencia de elementos de época (sobre todo vestuario) jamás hace olvidar la contemporáneo de la propuesta.

Objetivo señalado se inicia con unos originales títulos de crédito –tal como previamente formularía Otto Preminger en Al borde del peligro (1950) y posteriormente Robert Aldrich en El beso mortal (1955)−, que muy pronto avanzan que la acción del filme –que no alcanza los 80 minutos de duración− va a desarrollarse en un tren. Ya lo hizo Hitchcock en Alarma en el Expreso (1939), Jacques Tourneur en Berlín Express (1948) y mas adelante Richard Fleischer en Testigo accidental (1952), quizá el título que más se emparenta con este. Su trama gira en los esfuerzos de John Kennedy –curiosa coincidencia− (un impecable Dick Powell), oficial que ha de descubrir en el trayecto en tren hasta Baltimore la conspiración que hay preparada para asesinar al recién elegido Lincoln. En el desarrollo argumental se van desvelando aspectos de la misma aparentemente ocultos al tiempo que se formula la relación de Kennedy con el coronel Jeffers (Adolphe Menjou) así como otros personajes que viajan en el mismo.

Es evidente que Anthony Mann cuida de forma admirable el elemento visual del filme. Su excelente fotografía en blanco y negro –obra en esta ocasión de Paul C. Vogel− incide en los claroscuros y fuertes contrastes de carácter expresionista aprendidos tras la larga compenetración previa con el operador John Alton –uno de los grandes−. La presencia de angulares, profundidad de campo, fuentes de luz o nieblas, llevan el sello de Alton por más los contrastes visuales sean más elegantes de la mano de Vogel.

El vigor narrativo es evidente en todo momento, estableciéndose un suspense que no decae y observando su metraje diversos meandros que permiten al tiempo que avanza el relato ir profundizando en la psicología de los personajes. Acompañándolos se ofrecen bastantes momentos de gran valía cinematográfica. De entre ellos, me gustaría destacar dos de diferente carácter. Por una parte reseñar por lo insólito la imagen de ese tren al que tienen que remolcar con caballos y que desfila por Baltimore de forma sorprendente en medio de un escenario lleno de banderolas y falsamente expectante ante la llegada del nuevo presidente –en realidad allí se pretende escenificar su asesinato−. Pero, sin duda, la solución visual más asombrosa –de índole hitchcockiana− proviene del momento en que Jeffers adivina que Lincoln está en el tren de incógnito indicándoselo desde el exterior del vagón en el cristal al arrogante Lance Beaufort (Marshall Thompson), y escribiéndoselo de forma inversa para que pueda leerlo desde el interior. Una excelente idea de guión genialmente puesta en escena y que aún nos reserva una filigrana; Kennedy ha logrado escapar de su secuestro final y se encuentra al lado del cristal que el espectador sabe contiene la respuesta final. Sin embargo para poder desatarse tiene que romperlo, evitando conocer el mensaje que ni siquiera ha advertido y frustrando momentáneamente nuestras expectativas.

Mas allá de su solidez visual y narrativa –y de alguna otra ingenuidad−, hay una circunstancia en Objetivo señalado que no puede ser obviada. En ella es evidente que pese a narrarse una historia ambientada en un periodo pasado, no deja de ofrecerse una visión demoledora de la sociedad estadounidense. El racismo, la intolerancia, la manipulación, el militarismo o el predominio de los intereses comerciales sobre cualquier idealismo, son cuestiones que con claridad meridiana son puestas en solfa en un filme que se realizó en pleno periodo “maccartista” y en el que colaboraron perseguidos por aquella célebre sinrazón –Daniel Mainwaring, existen referencias que hablan del propio Joseph Losey−. La elección del tan excelente como derechista Adolphe Menjou –uno de los más férreos defensores que la política de MacCarty logró en Hollywood− como uno de los conspiradores, es un elemento que estoy seguro no obedece a la casualidad tampoco.

Me atrevo a afirmar que precisamente la hechura “de género” y su adscripción a la “clase B” fue la que permitió “colar” en la reaccionaria Metro un producto tan disolvente. Una película que cabría considerar de madurez en el cine de Anthony Mann, y que sin duda merece ser reconocida tanto en sus formas expresivas como el valiente sustrato que propone.

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