SANSÓN Y DALILA (Samson and Delilah)

Película estrenada entre 1949-1951

Director: Cecil B. DeMille. 1949. EE.UU. Color
Intérpretes: Hedy Lamarr, Victor Mature, Angela Lansbury, Julia Faye, Holden Fay

En Palestina, año 1.000 antes de Cristo, los judíos están dirigidos por un fornido damita llamado Sansón, un judío revolucionario que quiere casarse con Semadar, hija de una noble familia filistea. Pero su hermana pequeña Dalila, es la que está realmente enamorada de Sansón. A pesar de la rivalidad entre sus pueblos y la oposición familiar se celebra el matrimonio, pero en plena boda se desencadena un baño de sangre y Semadar muere. Dalila promete vengar su muerte. Sansón, evitando a Dalila, forma una guerrilla y con su fuerza lucha contra la armada. Pero Dalila, ahora jefa de Saran de Gaza, cree que puede descubrir el punto débil de Sansón que le haga perder su increíble fuerza.

A pesar de que los pectorales de Victor Mature son más grandes que los de la actriz principal (Hedy Lamarr), según una broma que Groucho Marx le jugó a Cecil B. DeMille, esta película tiene grandes dosis de entretenimiento. Depende del público aceptar las manías de DeMille de reconstruir todo en estudio cerrado, los doblajes de Mature (que según se ha dicho, no se animaba a hacer ninguna escena de riesgo) en las luchas con leones y los convencionalismos del cine norteamericano en lo que se refiere a represión en los temas sexuales de la trama.
Un fornido danita llamado Sansón (Victor Mature) quiere casarse en contra de los deseos de su familia con la filistea Semadar (Angela Lansbury), pretendida también por Ahtur (Henry Wilcoxon).
Tras la cacería de un león, Sansón conseguirá el beneplácito del líder filisteo Sarán de Gaza (George Sanders) para contraer matrimonio con Semadar, ante los celos de la hermana menor de ésta llamada Dalila (Hedy Lamarr).
Un buen espectáculo bíblico del pionero del cine Cecil B. DeMille (un maestro en la narrativa cinematográfica), que con el paso del tiempo se ha terminado convirtiendo en una irresistible pieza “camp” con sus amaneradas interpretaciones y un lujoso envoltorio que recubre esta épica multicolorista llena de paroxismo en sus emociones sexuales y sentimentales, las cuales viajan desde la traición a la venganza pasando por el sacrificio, el poder de seducción o la lealtad a un pueblo y a los ideales.
La sensualidad irradiada por la presencia de Hedy Lamarr y la corpulenta presencia de Mature lideran el aspecto interpretativo este vistoso filme, cuyo basamento kitsch sublima la valía de algunas escenas que por su énfasis han quedado un tanto desfasadas con el paso de los años.
La película ganaría el Oscar al mejor vestuario y a la mejor dirección artística.

Los filisteos -nos dice la Biblia- eran los villanos. Sansón fue, como David, un héroe de los israelitas y Dalila una cortesana maligna.
Efectivamente, Sansón es apreciado: mató a un león luchando cuerpo a cuerpo, eliminó a mil filisteos armado tan sólo de una quijada de burro, ató al rabo de trescientos zorros teas para incendiar las mieses de sus enemigos y, como si lo anterior fuese poca cosa, estuvo en la ciudad de Gaza y la despojó de sus enormes puertas llevándoselas sobre la espalda.
Parte de sus hazañas ha sido tema para pintores célebres: Mantenga, Cranach, Rembrandt y Van Dyck, entre otros. Y el músico francés Camille Saint-S√≠¬§ens hizo una ópera con la tragedia del Hércules judío.
Según el Libro de los Jueces, Dalila fue la culpable de la destrucción de Sansón. Al saber que la fuente de su poderío físico era la cabellera, se la cortó mientras el personaje bíblico dormía la siesta. Ya sin fuerza, fue cegado, destinado a las cadenas y a trabajos miserables.
Por eso Dalila pasó, dicho sea en lenguaje borgeano, a la historia universal de la infamia como una mala mujer de la calaña de Mesalina, Lucrecia Borgia, Salomé o la Mata-Hari. Abominada por los siglos. Podrá haber padres que le pongan a sus hijos el nombre de Abel, pero a nadie se le ocurriría bautizarlos con el de Caín. Y algo semejante ocurre con Dalila: pocas mujeres, salvo cortesanas y bailarinas de cabaret barato, se han llamado así luego de la atrocidad.
En nuestra época fue el cinematógrafo quien revivió el odio por Dalila con aquella célebre -mala- película de Cecil B. DeMille, un difamador. En ella, Hedy Lamarr, haciendo el papel de la malvada Dalila, le cortaba el largo y rizado cabello a Victor Mature, Sansón. El final era estremecedor para las buenas conciencias: Sansón, ciego y con sus fuerzas recuperadas por el crecimiento del pelo, derribaba las columnas principales del templo, liquidando a cientos de filisteos antes de que aparecieran las palabras salvadoras: “The End”. Naturalmente, Dalila moría sepultada bajo las piedras.
Sin embargo, la verdad acaba por imponerse. El neurólogo británico John Newson-Davis, en un congreso científico realizado en Brighton en agosto de 1983, tuvo una asombrosa intervención: Dalila era inocente. Sansón perdió su fuerza no a causa del corte de pelo que le propinó la cortesana, sino porque el héroe padecía una grave enfermedad: miastenia, que “puede convertir en piltrafa al hombre más fuerte y se debe a un defecto del sistema inmunitario”.
La revelación sorprendió a los colegas del científico inglés. Pero recordaron que la Biblia es más un testimonio religioso (o literario si se prefiere) que un documento histórico, aunque los cristianos así lo crean.
De todas maneras parece tarde para una rectificación. El daño está hecho. Al menos ahora sabemos, gracias al doctor Newson-Davis, que la Biblia miente; es una obra tendenciosa y maniquea. Su defecto fundamental es la ausencia de rigor científico en la reconstrucción de los datos históricos: en sus páginas aparecen hechos inexplicables (para muchos, milagros) y, como hemos visto, algunas calumnias que han acabado para siempre con la reputación de una persona.
Entonces, Dalila, la cortesana de Gaza, no fue utilizada por los filisteos para eliminar a Sansón. Todo lo que ella hizo fue seguir su vulgar vocación de peluquero, oficio que por siglos estuvo reservado al sexo masculino, anticipándose en siglos a las luchas de liberación femenina. Por su parte, Sansón no es el maravilloso héroe que la Biblia relata. Habría que poner en duda sus gestas. A lo sumo, sus largos cabellos -como los de Absalón, que dicho sea de paso también le causaron la muerte- sólo prefiguraron movimientos de rebeldía juvenil como el de los hippies o acaso fue simplemente una regresión cavernícola. A causa de todo ello, uno se pregunta alarmado: ¿en realidad los filisteos eran tan canallas como para que nos legaran un adjetivo para calificar a las personas despreciables, y los israelitas el pueblo elegido de Dios? Pero antes de responder a las interrogantes, bien podríamos reivindicar a Dalila, rendirle el modesto homenaje de ponerle su nombre a una peluquería o, al menos, a una casa fabricante de champús.


Un buen espectáculo bíblico del pionero del cine Cecil B. DeMille (un maestro en la narrativa cinematográfica), que con el paso del tiempo se ha terminado convirtiendo en una irresistible pieza con sus amaneradas interpretaciones y un lujoso envoltorio que recubre esta épica multicolorista llena de paroxismo en sus emociones sexuales y sentimentales, las cuales viajan desde la traición a la venganza pasando por el sacrificio, el poder de seducción o la lealtad a un pueblo y a los ideales.
La sensualidad irradiada por la presencia de Hedy Lamarr y la corpulenta presencia de Mature lideran el aspecto interpretativo este vistoso filme, cuyo basamento kitsch sublima la valía de algunas escenas que por su énfasis han quedado un tanto desfasadas con el paso de los años.


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