Director: Luis Buñuel. 1951. México. B/N
Intérpretes: Lilia Prado, Carmen González, Esteban Márquez, Luis Aceves Castañeda, Manuel Dondé, Roberto Cobo

En un poblado costeño, el joven Oliverio debe interrumpir su viaje de bodas porque su madre, doña Ester, está moribunda. La madre pide a Oliverio que vaya a Petatlán a buscar al licenciado Figueroa, para que redacte su testamento. Oliverio emprende el viaje en un destartalado autobús, conducido por el chófer Silvestre. En el trayecto, el joven tendrá que sortear toda suerte de imprevistos y el asedio de Raquel, una sensual y coqueta mujer empeñada en hacer el amor con Oliverio.

Sátira acerca de las gentes que habitan las zonas rurales de México utilizando un atestado autobús que viaja por el país. Los personajes son pintorescos: el sonriente conductor sin prisa ni muchas ganas de trabajar, el vendedor de gallinas por catálogo, el candidato a diputado que saca la pistola a las primeras de cambio o la chica que acosa al joven.
Cada parada ofrece situaciones jocosas como el vehículo atascado en el río remolcado por unas vacas que tiran de él como si fuera un carro (Buñuel parece poner en solfa el progreso) o la fiesta organizada para la madre del conductor con bailes, canciones y un grupo de turistas extranjeros que aparecen y se integran regocijados en el jolgorio.
A pesar de su localismo hay también un divertido sueño surrealista, asequible simbolismo y ese lugar común en Buñuel: la tentación que perturba a las almas cándidas.




Desparpajada, fresca y sumamente divertida, Subida al cielo es una de las películas más libres y vitales de la filmografía de Luis Buñuel. Estas cualidades se desprenden, paradójicamente, de una cadena de accidentes que hicieron del rodaje de esta cinta uno de los proyectos más descontrolados de la carrera de Buñuel.
Manuel Altolaguirre, poeta español exiliado en México y amigo de Buñuel desde sus años en la Residencia de Estudiantes de Madrid, había viajado por la costa de Guerrero junto con su esposa María Luisa, una excéntrica dama de la alta sociedad cubana. El viaje había estado lleno de incidentes pintorescos y surrealistas “que harían una excelente comedia.” Altolaguirre estaba dispuesto a producir la película -con dinero de su esposa- si Buñuel la dirigía.
Animado por el entusiasmo de su amigo, aunque reticente por la personalidad de María Luisa, Buñuel aceptó el proyecto sin imaginarse lo que vendría después. Como Altolaguirre únicamente aportó la idea original, Buñuel trabajó el guión a sus anchas, con la colaboración del escritor Juan de la Cabada y de Lilia Solano, “una chica guerrerense inteligente y simpática, que dio sabor popular a los diálogos.”
Otra Lilia inteligente y simpática, oriunda de Michoacán, se incorporaría al reparto de Subida al cielo sin imaginarse que llegaría a convertirse, junto con Silvia Pinal, en la actriz que Buñuel dirigiría más veces en su carrera. “Él no me conocía, le enseñaron una foto mía, muy chistosa, con trenzas [...] y sin pensarlo mucho exclamó: “Quiero a ésta [Lilia Prado] para Subida al cielo.” Buñuel se encargaría de eternizar a Lilia Prado en el imaginario colectivo de los mexicanos, gracias a dos imágenes muy semejantes que la muestran subiendo a un transporte público -un autobús y un tranvía- enseñando descaradamente los muslos y exudando una carga sensual que, a medio siglo de distancia, sigue traspasando las pantallas que exhiben Subida al cielo y La ilusión viaja en tranvía (1953).
Filmando por primera vez en locaciones fuera del Distrito Federal, Buñuel tuvo que enfrentarse a un súbito recorte presupuestal y a una serie de absurdas limitaciones que lo obligaron a no filmar el final que tenía previsto y a recortar un buen número de escenas, entre ellas la del entierro de la niña. “Teníamos una locación de tres días con sus noches en un cementerio y en el último instante se me anunció que, por razones sindicales, el rodaje se reducía a dos horas.”
Una maqueta bastante lamentable construida al vapor, un actor (Esteban Márquez) que lo engañó afirmando que tenía experiencia, un productor excéntrico que se quedó sin el dinero de su mujer y una gran dosis de improvisación contribuyeron a que el rodaje de Subida al cielo fuese uno de los más ricos en anécdotas de toda la carrera de Buñuel. Al final, el azar intervino favorablemente: Subida al cielo obtuvo un premio especial de la crítica internacional del Festival de Cannes de 1952 y se convirtió en una de las cintas favoritas de los admiradores del cine de Luis Buñuel.

La aldea de San Jeronimito no tiene ninguna iglesia (una película de Luis Buñuel sin ni un solo sacerdote -¡raro en Buñuel!-. Se nos relata la costumbre de los novios de irse mediante una barquita a una isla a una milla de la costa y después de pasar la noche ahí juntos se consideran casados por todos. La gente del pueblo les despide a Oliverio y Albina los que se alejan de la orilla en camino a la isla pero su trayectoria a la isla se irrumpe por la lancha de un hermano de Oliverio: su madre está al punto de morirse y le urge verlo. Hablando solo con Oliverio su madre le dice que quiere que su nieto Chunguito hereda lo que tiene pero los dos hermanos de Oliverio están tramando de llevarse la casa (Chunguito es el hijo de la hermana de Oliverio y murió en el parto del niño). Oliverio se resuelve a ir al pueblo Petatlán para traer a San Jeronimito al abogado familiar para gestionar el asunto del testamento. Dejará atrás a Albina para cuidar de su madre y el niño.
Sin avisarles a sus hermanos Oliverio sube al bus rumbo a Petatlán y la mayoría del largo de la película se ocupa del viaje por las montañas. Conocemos a los pasajeros: el conductor jovial, una chica bonita y tentadora de la aldea, Raquel, que le echa miraditas a Oliverio, un candidato de diputado, una madre de familia, una mujer embarazada (la que quiere acudir a Petatlán a parir para evitar el destino de la madre de Chunguito), un español vendedor de gallos, etc.
A pesar de la prisa que apresura a Oliverio el viaje anda atrasado a causa de topar con un obstáculo tras otro mientras se complican las relaciones entre los pasajeros, particularmente las de Oliverio y Raquel (recuérdate que la pareja de Oliverio y Albina nunca pasaron la noche debida en la isla, ¿están casados o no?).
El surrealismo por lo cual se conoce Luis Buñuel se luce en un sueño de Oliverio. Raquel, sentada al otro lado del pasillo central del bus de Oliverio, le ofrece la cáscara pelada de una manzana. Oliverio la rehúsa pero acepta un mordisco de la manzana misma. Se duerme y sueña con Raquel, Albina y su madre. Las dos chicas se entreveran y hay cáscaras de manzana por todas partes.
Encima del surrealismo se destacan la ironía y el cinismo. Hay demuestras en todos lados. El candidato de diputado se encuentra con su contrincante en plena calle de Petatlán y son tan igualitos que puedan ser gemelos idénticos. Al fin y al cabo hasta el sincero e ingenuo Oliverio se demuestra falso y tan mañoso como sus hermanos.
Alfred Hitchcock tenía la fama de planear meticulosamente cada escena de antemano. Luis Buñuel tenía la reputación contraria, la de entregarse a la espontaneidad (lo que frustraba al cinematógrafo de muchos de sus largometrajes, Gabriel Figueroa). El hábito de proseguir sin el plan fijo le servía bien en este caso. Se nota en la materia extra del DVD que la producción sufrió de una falta grave de presupuesto y de una huelga sindical, los que le causaron a Buñuel de eliminar unas escenas que tenía previstas. No obstante el resultado el simpático. La escasez de presupuesto se manifiesta en el modelito irrisorio del bus -no más que un juguete- que vemos subiendo un desfiladero montañoso postizo bajo un aguacero falso.
Los personajes de Buñuel -iguales a los de Hitchcock- son títeres al servicio de los propósitos del director. Raquel por ejemplo no es una persona en todos sus aspectos sino un demonio femenino mandado a corromper a Oliverio. Después de haber conseguido su fin, lo despide con frialdad, “Ya tuve lo que quería.” ¿Te lo dije que es una comedia? Sí, lo es pero lo cómico disfraza un cinismo profundo acerca de la naturaleza humana. O sea, precisamente lo que esperamos de Buñuel, ¿no?