Director: Stanley Donen/Gene Kelly. 1952. EE.UU. Color
Intérpretes: Gene Kelly (Don Lockwood), Donnald O’Connor Debbie Reynolds (Kathy Selden), Jean Hagen (Lina Lamont), Cyd Charisse
(Bailarina)

Antes de conocer a la aspirante a actriz Cathy Seldon (Debbie Reynolds), el ídolo del cine mudo Don Lockwood (Gene Kelly) pensaba que lo tenía todo; fama, fortuna y éxito. Pero, tras conocerla, se da cuenta de que ella es lo que realmente faltaba en su vida. Con el nacimiento del cine sonoro, Don quiere filmar los musicales con Kathy, pero entre ambos se interpone la reina del cine mudo Lina Lamont (Jean Hagen).




Si ha habido un tipo de cine entregado a la evasión total ese fue el musical de Hollywood. Surgido en un inicio como extensión de las amplias y coloridas revistas musicales teatrales, rápidamente habría de encontrar su propia identidad sobre la pantalla. Sería bajo el talento de unos cuantos creadores (como Berkeley en los 30 y Vincente Minnelli años después) que el género llegaría a culminaciones gloriosas. De todas ellas la mas célebre y totalizadora habría de ser esta mirada cálida al universo mismo del cine presentado bajo el empeño personal de su estrella absoluta Gene Kelly, quien la codirigió junto a su descubrimiento Stanley Donen. Dentro de la misma maquinaria de Hollywood se atreve a revelar todos sus trucos pero no a la manera amarga y desencantada que hiciera un poco antes esa otra obra maestra que fue Sunset Boulevard. Más bien se trata de una respuesta alegre y vivaz que habla del oficio con todas sus dificultades y ritos pero con la consigna de que “el show debe continuar”.
Gene Kelly convertido ya a principios de los años 50 en ídolo consolidado habría de dar el salto como creador de sus propias coreografías y fantasías. A diferencia del bailarín actor Fred Astaire (su gran rival) las intenciones de Kelly eran mayores. El entusiasmo y entrega del hombre del espectáculo es el móvil de esta película. Más que cualquier otra nos abre con tal explosión de talento el camino para revisar con comodidad todos los sucesos tras la gran maquinaria, la camaradería y pugnas internas. Mucho antes que tantos experimentos de autores con otro tipo de ambiciones, Kelly y Donen nos descubren este mundo paralelo donde la irrealidad se confunde milagrosamente con la cotidianeidad de un oficio cualquiera.
El mismo Gene no se toma en serio y hasta decide mofarse de todo su stardom convertido en un doble: Don Lockwood. La película se inicia con la exposición del glamoroso circo de un “avant première” y la caricatura de las celebridades que se pasean una y otra vez para dejar paso a toda una historia de ascenso y sueños realizados a costa de sacrificio (genial la narración del protagonista y su contraparte visual). Que más da si los detalles son mejorados en bien de la ilusionada audiencia.
Pero aquí se nos presenta el otro aspecto interesante de la cinta. Se trata de una première del Hollywood de 1927. Es el año de El cantor de jazz y la aparición del cine sonoro. La película se adueña de este contexto para crear todo un notable juego con el tránsito torpe y complicado hacia esta forma expresiva del futuro. La tropa de Gene se enfrentará al reto con la sonrisa en los labios como lo dicta la tradición del musical. Si hay algo realmente sorprendente es como dando a conocer todas las verdades y artificios de los estudios como si fuesen trucos de feria, hace de su película todo un nuevo trance para el espectador quien no deja de aplaudir el número.
Esta película habría de convertirse en una de las más gloriosas expresiones de ese arte y estilo casi disuelto por el realismo. La magia de la confusión entre la vida y su reflejo en el espejo de la ficción solo alcanza su cima en aquellos momentos en los que el paseo y la conversación se tornan de repente en baile y canto. De ello da cuenta este clásico así como de toda una época fundamental en el espectáculo norteamericano de la que hace papel casi de cronista del “show business” más que la presentadora de chismes de la farándula que aparece en el inicio.
Esta película se dispara del musical anterior por su innovadora construcción de ilusiones y fantasías una dentro de la otra. Muchos de los momentos más memorables son aquellos en los que se entrelazan los afanes de sus estrellas poco a poco hacia la concepción del gran proyecto. Las ocurrencias dentro de un set acostumbrado al barullo pero que debe acostumbrarse desde ese momento al¡silencio! del director tratando de darle solución a su argumento de fantasía. Para ello acuden en su ayuda la estrella Don y su amigo Cosmo dispuestos a salvar el show con lo que mejor saben hacer.

Aquel baile en el salón del profesor de dicción revela su dogma respecto al espectáculo y arte visual como enriquecedor de las líneas más perfectamente pronunciadas. Y por supuesto aquella hermosa secuencia en la que bajo la consigna de salvar el show, la dulce Kathy dobla la voz a la incapaz Lina. En ese tránsito en que imágenes y voces se entrelazan hasta dar el sublime resultado es donde se concentra el real logro de esta mirada desde adentro. Todo ello no apunta a otra cosa que a la celebración apoteósica y sincera que se extiende hasta la ficción dentro de esta otra ficción. Como canta el buen Cosmo: “make them laugh”, en medio de toda la utilería o en la famosa secuencia del baile de Gene aludiendo a la canción inspiradora de su risueño optimismo vencedor de cualquier prueba.
Pero si de quedarse con un momento que resuma verdaderamente el espíritu de la película, del musical y de la esencia misma del cine de los grandes estudios esa es la de los enamorados protagonistas dentro del set vacío. Unas luces, una brisa suave y una bruma distante son convocadas por la varita mágica de Gene para hacer de este el escenario propicio del romance. La convivencia genial de los sentimientos transparentes dentro del centro mismo del artificio. Formidable logro del espectáculo que se ha perdido en el tiempo. Química precisa y única que consigue su creador, una de las pocas estrellas totales que pudo haberse catalogado como tal en el cine. Singing’in the rain posee tal convicción en su espíritu y concepción que ha quedado invariablemente en la imagen fílmica como el modelo del cine musical desde entonces.
Los inolvidables números musicales y las magníficas actuaciones de sus protagonistas dan vida a “una de las películas mas amadas de la Historia” (Vincent Camby, The New York Times). Antes de conocer a la aspirante a actriz Cathy Seldon (Reynolds), el ídolo del cine mudo Don Lockwood (Kelly) pensaba que lo tenía todo; fama, fortuna y éxito, pero tras conocerla, se da cuenta de lo que realmente faltaba en su vida. Con el nacimiento del cine sonoro, Don quiere filmar los musicales con Kathy, pero entre ambos se interpone la reina del cine mudo Lina Lamont (Jean Hagen). Nada resulta tan estimulante como admirar a Kelly en la actuación musical que da titulo a la película, “Singin’ in the Rain”. O’Connor resulta insuperable en el clásico número cómico Make Them Laugh y la elegancia de Cyd Charisse pone un broche de oro al final de la película. Esta película es un extraordinario prodigio que se ha convertido en una obra maestra del cine y quizá en el musical más entrañable de todos los tiempos.
Quizás la mejor película musical de todos los tiempos, con un guión de Betty Comden y Adolph Green y con un catálogo de bellas canciones escritas por Arthur Freed y Nacio Herb Brown. La época es Hollywood durante la transición del cine mudo al hablado en 1927, con Hagen dando una de las actuaciones más famosas de la historia del cine interpretando a la pareja fílmica de Kelly y cuya voz podría estrellar un cristal.
A 50 años de Cantando bajo la lluvia
La película, que fue estrenada en 1952 en el Radio Music City Hall de Nueva Cork, marcó un verdadero hito. Aquí le contamos los pormenores y curiosidades de su filmación
Muy probablemente, el mejor musical que se haya producido sea “Singin’in the rain” (Cantando bajo la lluvia), una película producida por la MGM, y que lo tenía absolutamente todo: grandes canciones, grandes bailes, una historia maravillosa, nostálgica, y un elenco completísimo, con Kelly y O”Connor como almas de la misma.
La obra fue dirigida por el mismo Gene Kelly y Stanley Donen, quienes intentaron reflejar el deslumbramiento, la velocidad y la locura de los años 20, en los Estados Unidos. Allí intentaron recrear una historia que usara lo mejor del repertorio de musicales de MGM, muchos de los cuales fueron realizados por Herb Brown y Arthur Freed, y escritos por Adolph Green y Betty Comden.
Este tipo de películas musicales hizo furor durante el período de transición de los filme mudos a los sonoros, por lo que decidieron centrar su historia en esos tiempos, en los cuales las nuevas estrellas “parlantes” sustituyeron a las otras, que tenían grandes dificultades para sumarse al cine hablado, por su incapacidad vocal.
La película ambientada en 1927, tenía como protagonistas a dos estrellas, Don Lockwood (Kelly) y la rubia bomba Lina Lamont (Jean Hagen), que eran la pareja más romántica y preferida de Hollywood, aunque Lina creía equivocadamente que su amor en pantalla también era uno verdadero. Don y su menos conocido ex socio, el cantante y bailarín Cosmo Brown (Donald O’Connor), habían trabajado apasionadamente en varias obras, de vaudeville y no tenían problemas en amoldarse a las nuevas reglas del cine sonoro, modificando su voz para hacerla más agradable, lo que los ponía en carrera para filmar esa clase de películas.
Sin embargo, la realidad marcaba que Lina Lamont, la otra gran estrella, tenía una voz chillona, por lo que su última película “Moses Supposes”, de Don and Cosmo, y escrita por Comden & Green y Roger Edens, no tuvo mucha repercusión, a pesar de sus mejores esfuerzos de dicción, y del duro entrenamiento con su “coach”.
Fue por eso que se eligió a Kathy Selden (Debbie Reynolds), para doblar su voz. Reynolds tenía muy buenos antecedentes por su actuación en Unsinkable Molly Brown, y era considerada una actriz “seria”, a la que Don le abrió un camino inesperado -por lo que rápidamente se enamoro de él-, cuando le propuso doblar con su voz a Lina. Aunque al principio parecía que Kathy estaba destinada a permanecer detrás de escena indefinidamente, en el final de la película se la puede ver como la mujer que logra triunfar en su amor.
Participaron también algunos de los coreógrafos más experimentados del cine, pero fue Kelly, antes que nadie, el responsable de crear ese ambiente encantador que se presenta en este musical espectacular. Su calidad para danzar las canciones clásicas hizo de él uno de los mejores exponentes de la comedia musical.
De hecho, era fantástico verlo bailar a pesar de las limitaciones que imponía una calle castigada por la lluvia, que sin embargo no era obstáculo para que lograse dar cientos de vueltas alrededor de un poste de lámparas, salpicando y saltando en por la alegría de su amor con Kathy. Sin dudas, ese fue uno de los momentos más inolvidables en la historia del cine.
Pero los que parecían movimientos rápidos y despreocupados en la película, tardaban en realidad largos días y semanas de trabajo físico realmente agotador. En esto, Debbie Reynolds, era una verdadera aficionada entre tantos profesionales, por lo que debió soportar semanas de extenuantes sesiones de entrenamiento, bajo la supervisión de Gene Kelly, para poder prepararse para el papel. Su tarea más difícil era el papel de “Buen día”, en el cual tenía que seguir a Kelly y Donald O’Connor.
Cierta tarde, luego de un entrenamiento, Debbie cayó desmayada, con sus pies sangrando, por lo recibió estrictas ordenes de su doctor de permanecer en cama por tres días. Pero Debbie no fue la única en terminar postrada en una cama. Donald O’Connor necesitó también tres días seguidos de reposo luego de su papel a solas en la canción “Make ‘Em Laugh”.
La escena donde efectivamente Kelly canta bajo la lluvia, tampoco fue una cosa menor. Filmada en un estudio de California, la escena requirió una preparación muy larga. Se uso una gran tela para cubrir la luz y dar una sensación de noche. Esta cubierta, fue alineada con regaderas, para poder proporcionar lluvia, que era en realidad agua mezclada con leche, para proporcionar una mayor visibilidad. En el camino, fueron cavados agujeros para producir los famosos charcos.
En la filmación, Gene Kelly gastó todo un traje de lana grueso, y luchó tremendamente para coordinar los movimientos de su paraguas. Pero el resultado final, sigue siendo una de las secuencias más inolvidables de la película.
Curiosidades
- La hasta el momento desconocida Debbie Reynolds, sufría en la realidad el mismo problema que Lina Lamont, el personaje que debía doblar en la ficción: sus limitaciones vocales -sobre todo en las notas altas-, no lograban conformar a los directores. En realidad, Jean Hagen, la actriz que interpretaba a Lina Lamont, tenía muy buena voz, porque era ella misma la que cantaba en las escenas supuestamente dobladas.
- Eso no fue todo para la pobre Debbie. Incluso algunos de sus taconeos fueron doblados por Gene Kelly.
- La escala salarial estaba lejos de ser pareja: Kelly ganaba $2.500 por semana, mientras que Debbie Reynolds apenas $300 por semana.
- Casi todas las secuencias de la película ficticia que se muestra en la película real, estuvieron basadas en secuencias mudas de películas originales. Los trajes y los equipos también fueron reproducciones exactas.
- Las secuencias de baile entre Cyd Charisse y Gene Kelly fueron cuidadosamente coreografiadas para ocultar el hecho de que Charisse era en realidad más alta que Kelly.
- La película fue eclipsada por el estreno casi simultáneo de la muy bien recibida -y también muy taquillera- Un americano en París. De hecho, Cantando bajo la lluvia fue retirada de distribución en favor de la primera, incluso después de haber ganado como mejor película.
