Director: John Ford. 1952. EE.UU. Color
Intérpretes: James Cagney, Corinne Calvet, Dan Dailey, William Demarest, Craig Hill, Robert Wagner, Marisa Pavan

Un sargento es destinado a la compañía de un viejo rival amoroso, capitán de marines, en los años de la I Guerra Mundial. John Ford adapta bastante libremente una obra de Maxwell Anderson.
Francia, 1918, el capitán Flagg tiene a su cargo una compañía de Marines de mala reputación; su nuevo sargento primero es su viejo enemigo Quirt. Ambos se enfrentarán para conseguir los favores de la hija del tabernero, Charmine. Pero esta rivalidad cambia completamente cuando ella muestra su interés por casarse. La compañía es llamada al frente y a partir de este momento esta comedia cederá el paso a la severa realidad de la guerra.
Rodada en 1952 entre la mitificada El hombre tranquilo (1952) -que personalmente nunca he tenido en mi lista de grandes logros fordianos pese a su grata visión- y la muy poco conocida El precio de la gloria (1953, de grato recuerdo en un lejano pase televisivo), el primer argumento con el que cabría definir What Price Glory -nunca estrenada comercialmente en España y recientemente editada en DVD bajo el título de El precio de la gloria- es el de la extrañeza. Esta nueva adaptación de una obra teatral de Maxwell Anderson -el lastre escénico es uno de los elementos que más pesan en detrimento del filme-, que ya tuvo su versión cinematográfica en pleno cine mudo de la mano de Raoul Walsh no deja, pese a su enormemente desequilibrado resultado, de resultar desconcertante.

Nos encontramos en la Francia de 1918, en pleno fragor de la I Guerra Mundial. El capitán Flagg (un James Cagney para el que quizá se concibió esta película, aunque al parecer Ford deseaba a John Wayne) dirige una compañía de marines en la que destacan los veteranos picarones y el aporte de jovencísimos y casi escolares componentes. En medio de este panorama Flagg recibe como sargento primero a Quirt (Dan Dailey) viejo y al mismo tiempo entrañable enemigo en la tradición de las películas fordianas. Los dos nuevamente se enfrentarán cuando llega a plantearse la repentina boda del segundo con Charmine (Corinne Calvet), hija del dueño de la taberna. Cuando la boda está a punto de consumarse todo el destacamento acude en misión de guerra con la intención de capturar a oficiales alemanes y cumplir con ellos su misión en la guerra. En estas órdenes la muerte, el sentido de la responsabilidad y la heroicidad se pondrán de nuevo de manifiesto hasta que una vez finalizada la misión de nuevo se retomará el enfrentamiento de los dos viejos rivales al intentar nuevamente lograr los favores de la encantadora francesa. Será de nuevo su acendrado sentido de la responsabilidad militar el que finalmente los vuelva a unir en la continuidad de las nuevas órdenes recibidas.
Antes señalaba la extrañeza y el desequilibrio que me produce el visionado de El precio de la gloria. Intentaré explicar las razones que me motivan la aplicación de esta definición. Por un lado hay un elemento que impregna esta extraña producción de la Fox y es la expresionista irrealidad que le proporciona el tono fotográfico aplicado por el gran Joe MacDonald y que tiene su mayor grado de belleza en los bellos y al mismo tiempo artificiosos -y escasos- exteriores que se ofrecen, mientras que en otros momentos se aplican incluso tonos casi místicos como en los últimos momentos del asedio al refugio de los heridos, en donde sobre las dos salidas se aplican unas llamativas luces rojizas.
Al mismo tiempo y aunque pueda parecer lo contrario, El precio de la gloria es fundamentalmente una comedia de ambiente militar -por más que en ella no se omitan elementos trágicos-. Y es en ese elemento donde ciertamente se constatan sus mayores elementos chirriantes. Quizá la forzada ascendencia teatral de buena parte de sus secuencias, el carácter formulario de la “amistosa enemistad” de los dos personajes protagonistas y la escasa química que se establece entre un James Cagney que no parece encontrarse excesivamente cómodo en su papel y un Dan Dailey como siempre lleno de gesticulaciones, impiden que se albergue esa sintonía que en pocas ocasiones se manifiesta en la pantalla pese a la presencia de veteranos secundarios fordianos como Henry Jones.
Y es que además -y en ello no debemos dejar de aceptar la posible incidencia de la obra teatral que le sirve de base-, El precio de la gloria despide un cierto tufillo apologético a las virtudes del militarismo, que si bien no omite los aspectos trágicos de la guerra sin duda se encuentra muy lejos de lo expuesto por el propio Ford en bastantes obras anteriores y posteriores de su filmografía. No es por ello que el maestro tuviera que demostrar en cada película que abordara temas similares un sentido antibelicista que manifestó con enorme complejidad en títulos de sobra recordados, pero no deja de ser -una vez más- “extraño”, encontrarse con esa relativa complacencia dentro de unas imágenes que de antemano aparentan un sentido de lo siniestro -el filme se abre con una panorámica en plano general del destacamento desfilando entre unas onerosas brumas-.
Finalmente, no cabe duda que pese a todas estas enormes limitaciones, la película adquiere sus cotas de interés y revela en no pocos momentos el inequívoco sello del maestro. Desde la emotiva bajada de Charmine ataviada con su traje de bodas por las escaleras de la taberna o la divertida secuencia de comedia que se desarrolla alrededor de la boda no consumada con Quirt. Sin embargo, por encima de ambos instantes y pese a lo estereotipado de sus personajes -el joven y emprendedor militar que interpreta con aplomo Robert Wagner y la alumna lugareña de la que se enamora-, ambos ofrecen algunos de los momentos más intensos de la película, esos sí, basados en su vertiente trágica y que nos permiten olvidar la un tanto cursi canción que la joven le dedica en un momento determinado: la despedida que esta le brinda cuando su amado se va con el destacamento y finalmente se queda sola en el encuadre; la propia y casi absurda muerte del joven soldado tras haber capturado a un oficial alemán -Ford logra quizá el momento más intenso de la película al mostrar la repercusión de las lágrimas de Cagney y el resto de oficiales encuadrándolos de espaldas y sin mostrar sus rostros-. Y es evidente que en la súbita y algo estereotipada pasión de estos dos amantes Flagg ve reflejados lejanos sentimientos que fue aparcando conforme fue transcurriendo su larga trayectoria militar que se ha adueñado por completo de su vida, hasta hacerlo la única razón válida de su existencia.