Director: René Clément. 1952. Francia. B/N
Intérpretes:
Georges Poujouly (Michel Dolle), Brigitte Fosey (Paulette), Amédée (Francis Gouard), Laurence Badie (Berthe Dolle), Suzanne Courtal (Madame Dolle)
Junio de 1940. Centenares de franceses entre los que se encuentra la pequeña Paulette y sus padres, se dirigen en un desesperado éxodo hacia el sur de Francia. Los aviones nazis sobrevuelan a este gentío bombardeando sin piedad el camino. Los padres de Paulette y su perro mueren durante el ataque. Alguien lanza el cadáver del animal al río y la niña incapaz de separarse de su perro decide seguirlo, lo que propicia su encuentro con Michel, un chico de once años hijos de unos granjeros que viven por la zona. Michell lleva a su asustada amiga a casa, donde es bien acogida por la familia Dollé. Un hermano mayor de Michel, Georges, ha sufrido un accidente ese mismo día, recibiendo una brutal coz de un caballo desbocado. También ese día, la familia Dollé tiene una nueva y agria pelea con sus vecinos, los Gouards. Al enterarse Paulette de que las víctimas del bombardeo van a ser enterradas en una fosa común, pregunta a su amigo si esto se hace para que no se mojen ni pasen frío, y vuelven a asaltarle la preocupación por su perro. Al día siguiente los niños entierran al animal en un lugar desierto, y a Michel se le ocurre la idea de construir allí un cementerio secreto repleto de cruces y flores. Paulette se entusiasma con la idea y los niños comienzan a construir cruces para sus “juegos prohibidos”. Georges muere a causa de sus heridas y la familia prepara el funeral. Michel roba el crucifijo del ataúd y cuando su padre nota la falta, el chico culpa a sus molestos vecinos. Michel intenta incluso robar el crucifijo del altar en la iglesia, pero la inoportuna presencia del sacerdote se lo impide. El cementerio secreto va creciendo día a día, acogiendo los cuerpos de gatos, gallinas, ratones e insectos. A iniciativa de Paulette, la pareja aprovecha una nueva incursión aérea de los alemanes para hacerse con una carretilla y robar todas las cruces del cementerio aprovechando la confusión.






La inocencia destruida
Nos encontramos en 1952, es decir, en la plenitud del cine clásico y el sistema de estudios, tanto en Estados Unidos como aquí en Europa. Y, de la misma forma, nos encontramos en uno de los más brillantes momentos que ha vivido el cine francés: un año antes, Jean Renoir había estrenado El Río (1951) tal vez su obra maestra absoluta; Marcel Carné se encontraba en pleno rodaje de Thérí¨se Raquin (1953); Max Ophüls estrenaba El placer (1952) y, un año después, Madame de (1953); Jacques Becker daba muestras de su incuestionable talento con la impresionante París, bajos fondos (1952), Henri-Georges Clouzot ultimaba una pieza magistral: El salario del miedo (1953) y René Clément conmocionaba a medio mundo con Juegos prohibidos (1952). Pocas cinematografías pueden presumir de haber proporcionado, en tan sorprendenetemente corto margen de tiempo, tal cantidad de filmes memorables y tan alto número de cineastas en activo dispuestos a situar el cine galo entre los más importantes del momento.
El Oscar y el premio en Venecia concedido a René Clément por esta película aparte de confirmar lo ya dicho, son buena muestra del impacto que produjo este filme. La II Guerra Mundial había terminado hacía siete años, pero las heridas de todo un continente que se había situado no sólo al borde del caos, sino en las mismas fronteras de la autodestrucción continuaban abiertas. El “neorrealismo taliano” seguía mostrando las secuelas de la brutalidad sin tener de base ninguna referencia al conflicto y el cine francés optaba por el “olvido” a los años de ocupación y centraba todo su potencial en un cine teñido de negro pesimismo, aunque siempre sin incidir de lleno en los penosos años pretéritos.
Empero, René Clément no quiso plegarse ante estas premisas y centró la temática de Juegos prohibidos en la verdadera víctima de toda atrocidad bélica: el mundo de la infancia. Mediante las soberbias interpretaciones de los niños protagonistas (Georges Poujouly y Brigitte Fossey) y los acordes de la guitarra de Narciso Yepes, René Clément se adentra en el desconcierto de unos seres que no entienden qué es lo que sucede a su alrededor, que ven que su mundo se desmorona, que se encuentran solos ante una situación que no tiene fin, que dejan de ser niños a una edad demasiado temprana para acceder a los traumas de un mundo adulto que se destruye de manera inmisericorde.
El protagonismo de la muerte como la puerta de acceso a ese mundo que los niños observarán con la curiosidad propia de su edad y el temor motivado por todo cuanto sucede a su alrededor, se va apoderando paulatinamente de sus actitudes hasta convertirse en una opción vital, en un “juego” de imitación de variantes iniciáticas. La muerte deja de poseer su significación de “excepcionalidad” para convertirse en algo cotidiano, en un turbador compañero de juegos que marca las reglas a seguir.
Ante estas intenciones, la mirada de Clément se vuelve despiadada, extremadamente dura. La exposición, insoportablemente diáfana, de los macabros “juegos prohibidos” no sólo es una voz de alarma ante la imperdonable destrucción de la inocencia infantil, sino un grito de inmisericorde desprecio a cualquier conflicto armado. De hecho, pocas obras han mostrado los horrores de la guerra con la contundencia y la severidad de ésta. Apoyado en una puesta en escena de rotundos encuadres (potenciados por la excepcional fotografía de Robert Juillard), el ambiente luctuoso, casi espectral, se concibe como la preclara metonimia de un universo hostil que Clément desarrolla con un talento que supera los límites del virtuosismo.
Incuestionable obra maestra del primer al último plano, Juegos prohibidos se erige en uno de los más escalofriantes alegatos antibélicos que se hayan visto jamás.
Un clásico renombrado del cine francés y, más que probablemente, la mejor película de Clément. Es la historia de amistad e inocente amor entre dos niños en el contexto de la II Guerra Mundial. La niña pierde a sus padres en un bombardeo y va a dar a un caserío dónde una familia la acoge, haciendo particular amistad con el niño de la familia.
Película de maravilloso argumento, su título se lo debe al juego prohibido que llevan a cabo los niños: roban cruces y, posteriormente, entierran a todo tipo de animales en un molino semiderruido, poniendo las cruces como si se tratasen de tumbas humanas, en una metáfora que amplía la muerte colectiva que es una guerra al mundo animal.
Clément desarrolla la película con una desarmante mezcolanza de poesía, sensibilidad, dramatismo y afortunados toques de humor negro, contraponiendo dos mundos: el brusco, brutal y equívoco de la guerra; el puro, inconsciente e inequívoco infantil. La película se cierra, sin embargo, y acertadamente, de forma brusca, creando una terrible y muy creíble sensación de desamparo y de orfandad propias.
Juegos prohibidos es y será un clásico, además de una gran película, pero también he de decir que el argumento supera a la propia película. O sea, que creo que había material para haber mejorado, y mucho, los resultados.
