Director: Kenji Migozuchi. 1952. Japón. B/N
Intérpretes: Nikuyo Tanaka, Tsukie Matsumara, Ichirí´ Sugai, Toshirí´ Mifune, Toshiaki Konoe, Kyyoko Tsuii
Siglo XVII, Japón. Los convencionalismos feudales estructuran la sociedad de la época. El deber y la posición social marcan el devenir y el comportamiento durante toda la vida. Como comprobará Oharu cuando se enamore de alguien de rango menor y tenga que humillarse y pagar las consecuencias el resto de su vida.
Ya anciana, Oharu, una geisha de finales del siglo XVII, narra su historia ante la imagen de Buda en un templo de Kyoto. Así, recuerda como fue desterrada a causa de sus relaciones con un sirviente, perdiendo su acomodada posición, para tiempo después acabar ejerciendo la prostitución. Oharu acepte con resignación su trágico destino.


Ya anciana, Oharu, una geisha de finales del siglo XVII, narra su historia ante la imagen de Buda en un templo de Kyoto. Así, recuerda como fue desterrada a causa de sus relaciones con un sirviente, perdiendo su acomodada posición, para tiempo después acabar ejerciendo la prostitución. Oharu acepte con resignación su trágico destino.
Las memorias de una Gheisa narradas con la artística mano del maestro Mizoguchi. una verdadera perla del drama histórico japonés.
Muchos críticos la elevan a verdadero ensayo sobre la situación social de las mujeres japonesas de ayer y hoy. Una cruda reflexión sobre la misoginia y las dinámicas sociales guiadas por ella.
Siendo menos formal puedo asegurar que esta película es una verdadera delicia para el espectador gustoso de buen cine de época. Película que se debe visionar con la adecuada abstracción racional y dispuesto a hacer un esfuerzo para adaptarse al estilo narrativo. Es de esos filmes que exigen la colaboración consciente del espectador para mostrarnos todo su esplendor. Y eso la hace imprescindible.
Si Yasujiro Ozu es considerado el cronista cinematográfico de la familia japonesa del siglo XX, Kenzi Mizoguchi lo es de las vicisitudes históricas de la mujer en la sociedad japonesa. Tal vez destacar a Mizoguchi por centrar en muchas ocasiones sus películas en personajes femeninos sería caer en un tópico, pero se trata de un hecho que se hace evidente al repasar su filmografía.
Más importante que los aspectos técnicos de una película -a los de ésta no se le pueden poner muchos peros-, es el contenido. Con la Vida de Oharu viajamos a una época en la que una relación de amor verdadero con alguien de rango inferior sólo suponía el principio de los problemas para una mujer de familia humilde. Era frecuente que el padre vendiera a su guapa hija como concubina sólo por ambición social o como prostituta para pagar sus deudas. Pero lo de Oharu es mala suerte, y ni siquiera podrá disfrutar mucho de los dos hombres buenos que se cruzan en su vida.
Mizoguchi recorre todos los estamentos de una sociedad feudal que no estaba tan lejana, y descubre los trapos sucios de una cultura machista que puede llegar a fascinar a algunos occidentales sólo por su apariencia elegante y disciplinada.
Una película para espíritus maduros y desengañados.
En una de las escenas clave del filme, Oharu, antigua doncella noble, devenida anciana prostituta, es conducida por un viejo a una posada. La cámara les sigue, mientras el anciano la muestra a unos jóvenes para que abominen de la mera idea de tener contacto con una mujer. Destruida, agotada, Oharu y la cámara se marchan cuando, en una arranque de dignidad, la protagonista vuelve, se encara con sus torturadores y hace ademán de arañarles, mientras éstos se encogen, aterrorizados por su audacia. Pocas escenas como ésta, resumen el ideario de Mizoguchi y el rigor expresivo con que lo transmite.
Ideario centrado en la defensa de la mujer y en la denuncia de las múltiples servidumbres a la que son sometidos por los hombres y la sociedad creada por ellos. Terrible destino, asimismo, el de los hombres. O bien sacrifican a sus mujeres, llevándolas a la muerte, convirtiéndolas en prostitutas, para obtener el reconocimiento social, o bien son a su vez castigados, y la mayor parte de las veces muertos, por esa misma sociedad. Terrible destino, porque nunca llegan a tener la lucidez que les permita descubrir este conflicto. Extraña excepción que sea un hombre el creador de estos filmes, un hombre nacido en una sociedad patriarcal, donde la mujer se define por el placer o el beneficio que reporta al hombre.
Rigor expresivo y coherencia intelectual. Porque está escena ha sido rodada de una sola vez, con la cámara siempre en movimiento y la vista fija en Ojaru, nuestra protagonista, la víctima y la única inocente en ese mundo despiadado, sin distraerse un sólo instante en lo que sucede a su alrededor, excepto si Oharu así lo hace, acompañándola siempre en sus experiencias, pero manteniéndose a distancia, sin entrometerse, protegiendo su intimidad y su humanidad, algo que el mundo no la ha concedido, pero que Mizoguchi le regala.
Y es que en el mundo de Mizoguchi. Libertad significa dignidad, dignidad significa libertad, aunque el precio sea la propia muerte.
Excelente narración de una triste historia
La Vida de Oharu es una vida muy triste, siempre regada de un dramatismo pesado como una losa de granito y llena de desgracias íntimas y personales. Oharu es una mujer atractiva y posiblemente vitalista también pero que pasa de ser una concubina de un señor feudal a ser vendida por su endeudado padre, acabando de arrastrada prostituta. Le da un hijo a ese señor feudal, un hijo al que debe renunciar pues solo la han utilizado como mera hembra paritoria, pero Oharu, mujer galante, sigue conservando todavía en su rostro maltratado, en sus entristecidos ojos y en sus heridas del alma, la amarga dignidad e integridad de saberse derrotada por la vida pero la conciencia, pese a todo, de sentirse viva, aún en su asfixiante soledad y en la prisión de una sociedad estratificada inhumanamente.
Se trata de una excelente película del maestro Mizoguchi, en la época dorada del cine nipón (Ozu, Kurosawa, Kobayashi), una obra poseedora de una triste poesía -la melancolía en estado puro- y de una sensibilidad especiales y propias de un cineasta cabal, sobrio y narrador de historias, para muchos de uno de los más grandes maestros que haya habido en la Historia del Cine. Magníficas interpretaciones en otra de esas películas que se empeñan en descatalogar pero que en su visión resucitan la misma esencia del cine, el arte de contar historias puesto en imágenes.
