Director: Otto Preminger. 1954. EE.UU. Color
Intérpretes: Dorothy Dandridge (Carmen Jones), Harry Belafonte (Joe), Olga James (Cindy Lou), Pearl Bailey (Frankie), Joe Adams (Husky Miller), Nick Stewart (Dink Franklin), Roy Glenn (Rum Daniel)

Carmen Jones (Dorothy Dandridge) es una seductora trabajadora de una fábrica de paracaídas, que intenta robar el corazón de Joe (Harry Belafonte), un soldado enamorado de Cindy Lou (Olga James) su novia de toda la vida. Cuando tras una reyerta femenina, Joe sea obligado a acompañar a Carmen a la prisión, ésta terminará conquistándolo y atrapándolo en una peligrosa vorágine de ofuscación afectiva.



Un sobrevalorado musical de Otto Preminger, cuya mayor significación es la utilización de un reparto completamente nutrido de intérpretes negros, destacando entre ellos la presencia indomable y sensual de la legendaria Dorothy Dandridge.
La película adapta la ópera de Georges Bizet (quién había adaptado previamente la obra de Prosper Merimée) y es destacable por su música, ya que las letras de Oscar Hammerstein Jr. chirrían en más de una ocasión, en especial en su aspecto más melodramático, y los números musicales carecen de imaginación y excitación visual, a pesar del buen empleo de un incipiente Cinemascope por parte de Otto Preminger.
La historia de obsesión y perdición amorosa, celos patológicos y aguerrida femme fatale, es bien conocida por todos, pero variando escenarios y nombres. José es Joe, la cigarrera es una fabricante de paracaidas, el militar español en la época napoleónica es un soldado del ejército estadounidense en plena Segunda Guerra Mundial y el torero es aquí un boxeador.
Dorothy Dandridge, que sería nominada al Oscar como mejor actriz, siendo la primera persona negra en conseguir una nominación como intérprete principal (Hattie McDaniel había logrado con anterioridad la estatuilla como mejor actriz secundaria), y Harry Belafonte, un popular vocalista de calypso, forman una pareja muy atractiva y, aunque ambos eran conocidos cantantes, no emplearon sus verdaderas voces en este título, siendo doblados por Marilyn Horne y Le Vern Hutcherson, más dotados para los registros operísticos.

Si tuviera que resumir en pocas palabras mi impresión general sobre las virtudes y defectos de Carmen Jones, lo haría oscilando entre la pobreza del material de base que sirve las intención de la película -uno de esos tan discutibles como mitificados musicales de Broadway, con libreto de Oscar Hammerstein II- por una parte. En el lado contrario situaría las evidentes cualidades e inventiva de la puesta en escena de Otto Preminger, que logra remontar las debilidades con las que cuenta logrando un conjunto lo suficientemente personal y al mismo tiempo equilibrando su respeto -como astuto productor que era- por un referente de probada comercialidad, pero inclinando las intenciones del filme hacia un melodrama musical muy bien construido y plasmado en imágenes.
Para ello, el maestro austriaco se integra de lleno en las enormes posibilidades que le proporciona el Cinemascope -que ya había experimentado en su película precedente también para la Fox -Río sin retorno (1954)-, utilizando además las posibilidades de un cromatismo y una sensualidad potenciados por la excelente fotografía de Sam Leavitt -habitual colaborador del director-. Y lo hace acogiendo esta adaptación del célebre “Carmen” de Bizet en el mundo afroamericano -un ambiente étnico que retomaría años más tarde al llevar a cabo la adaptación cinematográfica de Porgy and Bess (1959) que no he tenido oportunidad de ver, y de la cual al parecer obtuvo aún mejores resultados, quizá debido a que contaba con una base dramática de superior entidad.
A partir de esas sencillas premisas, es muy fácil detectar en Carmen Jones el estilo inconfundible del gran director ya desde la primera secuencia del filme. Ese gran plano secuencia en el que con sucesivos movimientos y reencuadres nos ubica en acción, y de alguna manera mostrando una de sus mayores cualidades como narrador; la descripción de escenas iniciales de gran complejidad que al mismo tiempo parecen absolutamente naturales, y de las que podría ser uno de sus mayores ejemplos el portentoso inicio de la excelente Primera Victoria (1965) -un título por cierto ignorado en su momento y que con el paso del tiempo está siendo rehabilitado como una de las mejores y más personales propuestas deparadas por el cine bélico-.
En esta secuencia inicial conocemos a Cindy Lou (Olga James), una ingenua joven enamorada de un oficial de una base -Joe (Harry Belafonte)-. Los dos en su encuentro hablan de casarse repentinamente pero una circunstancia hará que el pasivo aprendiz de piloto caiga en las redes de Carmen Jones (Dorothy Dandrigge), una joven de temperamento volcánico y que desde el primer momento se ha quedado encaprichada de Joe, pese a que este no se ha fijado en ella. Como consecuencia de una pelea Carmen ha de ser llevada hasta una prisión civil, teniendo que encargarse el mencionado oficial de su traslado pese a su contrariedad, ya que ello imposibilitaría su boda. En el traslado este cae en las redes de Carmen, estableciéndose entre ellos una estrecha relación pasional, pese a que ella huye de su custodia y por ello el soldado deberá estar recluido al haberla dejado escapar.
Mientras tanto Carmen trabaja en un club junto con sus amigas y se encapricha de ella Husky Miller (Joe Adams) un joven y rico campeón de boxeo. Ella rechaza el envite esperando a Joe, cuando llega su enamorado ambos discuten ya que este pretende regresar a la base para lograr su sueño de ser piloto e incluso se pelea con uno de sus superiores militares que también pretende a Carmen. La peligrosa situación motiva que los dos enamorados finalmente acudan a Chicago, quedando el joven escondido en un cuarto como hospedado. Mientras tanto viendo Carmen la necesidad económica que les acucia decide acudir al influjo del boxeador, pese a que sobre ella se ciernen negros augurios.

El joven militar se da cuenta de las intenciones de Carmen y se establecen momentos de tensión en los que aparentemente esta desea abandonarlo. Al mismo tiempo llega a la ciudad su prometida quien advierte que el que fuera su novio solo tiene en su corazón a la fogosa amante. En medio de esa situación, aún intentará Joe recuperar a Carmen aunque eso será poco menos que imposible, sobreviniendo la tragedia.
Por más que un relato del discurrir de Carmen Jones revele su tendencia folletinesca -ya presente en la obra de Bizet-, lo cierto es que Preminger procura en todo momento ofrecer una lectura naturalista a su desarrollo narrativo. A pesar de ello en modo alguno deja de apostar por una lectura sexual de la historia, en la que Carmen siempre ejerce como la mujer tempestuosa y activa que domina al pasivo Joe. Y para ello no hay más que observar secuencias tan ejemplares como el momento en el que ambos dan rienda suelta a la pasión que los une -ella le ayuda a apretarse el cinturón cuando se encuentran en su casa, él está comiendo una manzana, ambos se abrazan y este tira la fruta contra un mapa que hay en la pared; no hace falta ser más explícitos
Momentos de expresa dominación sexual se dan cita en secuencias como aquella en la que el joven soldado sopla las uñas pintadas de los pies de Carmen -en una actitud de sumisión muy verosímil-, e incluso desde la primera aparición en escena de la protagonista, ataviada con falda roja y una ajustada blusa negra. Pero pese a todo ello, es sin lugar a duda en el experto manejo de los planos largos, la espléndida utilización del formato en Cineascope, la presencia de excelentes reencuadres, la sabia utilización de la profundidad de plano o el uso de la grúa en “travellings” o panorámicas laterales, donde Preminger logra dar prestancia cinematográfica a esta adaptación musical. Son todos ellos elementos bajo los cuales Carmen Jones adquiere su personalidad como producto cinematográfico, con algunas de sus canciones perfectamente integradas. Por el contrario, ni el propio director es capaz de eliminar la blandenguería que proporcionan algunos “duetos” amorosos entre Joe y Cindy Lou o ciertos números corales de cierta tendencia zarzuelera. Defectos que pese a todo no logran inclinar la balanza del filme en las cimas de la cursilería o el efectismo, como si caía de lleno el tan loado como poco digerible West
Side Story (1961, Robert Wise y Jerome Robbins). En el capítulo interpretativo hay que destacar el dominio que proporciona el trabajo de Dorothy Dandridge en su encarnación de la protagonista, algo que no tiene su justa correspondencia con la blandura que destila Harry Belafonte al interpretar a Joe. De cualquier manera al dar vida un personaje absolutamente pasivo sus deficiencias quedan diluidas salvo en el estallido dramático final, en el que revela sus enormes limitaciones.
Puede que Carmen Jones no sea una de las obras mayores de Otto Preminger, pero conserva el regusto del buen cine de Hollywood en la década de los 50. No cabe duda que logró un resultado sólido que en manos de otro realizador con menor personalidad hubiera culminado en un producto cercano a lo indigerible y esencialmente “kistch”.
