EL INTENDENTE SANSHO (SanshÍ´ dayÍ»)

Película estrenada entre 1953-1954

Director: Kenji Mizoguchi. 1954. Japón. B/N

Intérpretes: Kinuyo Tanaka, Yoshiaki Hanayagi, Kyí´ko Kagawa, Eitarí´ Shindí´


Una mujer va junto con sus dos hijos en busca de su marido, un polí­tico exilado por tomar partido por los campesinos. En el trayecto, los niños son secuestrados y vendidos a un cruel y corrupto intendente. Años más tarde, el hijo -que se ha vuelto tan cruel como su patrón- recuerda su pasado y decide huir de la isla para reencontrarse con su madre, que está ciega y enferma.



Acostumbrado a las actuales pelí­culas que se limitan a la mera descripción de situaciones resulta grato encontrar una pelí­cula que se atreva a contar una historia con mayúsculas, y más estimulante resulta cuando la historia está cargada de un profundo trasfondo moral a modo de crí­tica a la sociedad de mediados del siglo XX.

En efecto, cuando los jóvenes Anju y Zushio son secuestrados y puestos a las ordenes del cruel Sansho asistimos a la degradación de la condición humana; en esta situación de opresión las personas son deshumanizadas, usadas como simples instrumentos de trabajo y privados de todo derecho ante el omnipotente poder de sus amos.



En medio de este desolador panorama Sansho Dayu representa el mal encarnado, la peor representación de la humanidad sin embargo será sobre los jóvenes esclavos hacia los que Mizoguchi orientará su mirada tratando de trasmitir la necesidad de supervivencia de los valores morales ante cualquier situación.

De este modo, Zushio irá modelando su carácter ante la dureza de sus guardadores convirtiéndose en un ser sin escrúpulos, carente de principios morales, y definitivamente deshumanizado; mientras que su hermana, Anju, conseguirá mantenerse fiel a sus enseñanzas horrorizándose ante los cambios sufridos por su hermano. Una vez que Zushio recobra sus valores, en una magní­fica escena que se repite en el filme ayudando a su hermana a arrancar unas ramas para crear un refugio, el veterano director nos mostrará las fatales consecuencias de la crueldad humana ejemplificada en el trágico destino de la familia de Zushio.



Con este filme Kenji Mizoguchi describió perfectamente el ocaso de los valores morales, la degradación del hombre ante el ansia de poder y las desastrosas consecuencias de éste.

En numerosas ocasiones se ha considerado a El intendente Sansho como uno de los filmes más masculinos entre los realizados por Mizoguchi, ahora bien, a pesar de es cierto que presta mayor atención a los personajes masculinos, no estoy totalmente de acuerdo, pues son los personajes femeninos los que siguen mostrando una mayor fortaleza emocional y unas mayores convicciones mientras que los personajes masculinos se presentarán como personas débiles y moldeables ante presiones externas.




Técnicamente la valí­a del filme está fuera de toda duda, la energí­a visual de la pelí­cula reside en sus espectaculares planos, especialmente en los planos diagonales con los que Mizoguchi sugiere un mundo mucho más allá de lo que muestra la cámara.

De este modo, en el primer plano en el que aparecen los personajes enseguida se hace patente que estamos al comienzo de una jornada que empezó en alguna parte y en algún momento que desconocemos y que continuará en un destino todaví­a desconocido a la derecha del plano que observamos.

Este uso de la cámara se relaciona perfectamente con las historias desarrolladas por el director nipón las cuales se encuentran desprovistas de comienzos o finales absolutos considerando la historia de sus personajes como una continua metamorfosis en armoní­a con el ambiente que les rodea.

El intendente Sansho constituye una perfecta muestra del mejor cine clásico japonés; obra maestra de Kenji Mizoguchi, tanto por su temática como por sus excelencias técnicas, resulta imprescindible visionar este filme por parte de todo amante del cine.

La dama Tamaki, en compañí­a de sus hijos Zushio y Anju, camino por un sombrí­o bosque. Se propone reencontrarse con su marido, el ex-gobernador Masuaji Taira, quien habí­a sido desterrado a causa del respeto que dispensaba a sus súbditos. Zushio es el portador de una estatuilla de la diosa Kannon que le confió su padre al partir con ella le dio una norma de conducta: “un hombre que no tiene compasión es como una fiera”.

La región por donde viajan está castigada por los bandidos, y nadie les quiere dar cobijo. Una anciana les ofrece su ayuda, pero al dí­a siguiente los entrega a los piratas. Madre e hijo son separados: ella es conducido a la isla de Sado, y los niños son vendidos al cruel intendente Sansho. Allí­ son testigos de la atroz vida que les espera como esclavos.

Pasan diez años, para sobrevivir, Zushio hace propios los principio s de sus verdugos, y se transforma en un desalmado. Una esclava recién llegada de la isla de Sado canta una triste canción, en la que los dos hermanos reconocen la voz de su madre. Esta llamada del pasado despierta al fin la conciencia de Zushio, quien decide huir en busca de ayuda. Anju se queda para proteger su fuga. Poco después, y para no verse sometida a la tortura, se arroja a las aguas de un lago.

Tras serias dificultades Zushio llega a la capital, donde se postra a los pies del Primer Ministro, por esa osadí­a es encarcelado. Poco después, y mecer a la imagen de Kannon que lleva consigo, es reconocido en la Corte. Entonces descubre que su padre murió tiempo atrás en el exilio. Para compensarle de tanta desventura, Zushio es nombrado Gobernador. Su primera medida será detener al siniestro Sansho y liberar a todos sus esclavos.

Desolado tras conocer la suerte de su hermana, Zushio renuncia a su cargo, y emprende la búsqueda de su madre. Finalmente la encuentra en las playas de Sado. Ahora es una pobre anciana ciega y tullida. Gracias de nuevo a la estatuilla, Tamaki reconoce a su hijo, y ambos se entregan a un inconsolable llanto.

Estrenada en 1954 ya en la última y más fascinante etapa de Mizoguchi: Cuentos de la luna pálida, Vida de Oharu, Los amantes crucificados y La calle de la vergüenza.



¿Pero qué es el sufrimiento de un par de personas?, unos metros más allá en la playa un pescador continúa su faena, el mar y las montañas impasibles miran.


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