Director: Federico Fellini. 1954. Italia. B/N
Intérpretes: Giulietta Masina, Anthony Quinn, Richard Basehart, Aldo Silvani

Gelsomina es vendida por su madre -una viuda muy pobre- a Zampanó, un rudo arista ambulante que no la trata demasiado bien. Sin embargo, cuando la joven conoce a Matto, un payaso que le propone escapar de los maltratos de su patrón, duda: parece haberse enamorado del hombre.


Recorriendo el mundo con su espectáculo, el vigoroso Zampaní² conoce por casualidad a una pobre y numerosa familia campesina, que le vende por poco dinero a la graciosa Gelsomina. Violento y posesivo, Zampaní² obliga a la chica a acompañarlo en sus actuaciones, en las cuales la ridiculiza sin escrúpulos mientras él parte cadenas ante un público incrédulo. Gelsomina, tímida e ingenua, no reacciona a los malos tratos de este hombre grosero y brutal. En una de sus paradas, entran a trabajar en un circo donde la joven hace amistad con el Loco de la compañía, cuya sincera benevolencia le devuelve la confianza en sí misma y la convence de apelar a la belleza de su ánimo, lo único que puede vencer la prepotencia de su amo e incluso rescatarlo de su ignorancia. Zampaní², al descubrir el tierno entendimiento entre los dos, estalla en un ataque de celos. Fuera de sí, arremete contra el Loco, lo mata y tira el cuerpo bajo las ruedas de un tren. Gelsomina, que ha presenciado el crimen, se encierra en un dolor lacerante que la arrastra lentamente hacia la locura.
Día a día sus condiciones empeoran y el asesino, atenazado por el remordimiento y por el miedo a que lo descubran, la abandona en la calle. Los años pasan y la vida de Zampaní² transcurre triste y solitaria. Un día, el hombre se entera incidentalmente de la muerte de la pequeña Gelsomina y, trastornado por la noticia, cae de rodillas en una playa desierta. Al comprender sus propios errores, el frío corazón de Zampaní² se quiebra ante las violentas olas del mar, dejándolo solo, sollozante y apretando angustiosamente un puñado de arena.








Gelsomina (Giulietta Masina), después de ser vendida por su madre, se convierte en compañera del bruto y fornido Zampanó (Anthony Quinn), un hombre que se gana la vida realizando espectáculos circenses callejeros.
Proveniente de las enseñanzas del neorrealismo, en esta primera etapa de retrato social, Fellini, siempre trata de huir del dramatismo exacerbado de sus predecesores, para centrarse en historias simplemente humanas, dentro de una estética que sí puede emparentar con sus maestros, más radicales.
En La Strada, elige a dos personajes marginales, Zampanó (Anthony Quinn) y Gelsomina (Giulietta Masina), que el azar unirá sus destinos, para definitivamente separar sus caminos imposibles.
Zampanó es un mísero “artista” circense que se gana la vida en la carretera, haciendo su patético número en las calles de la hambrienta Italia de posguerra, al morir su compañera adopta como ayudante a Gelsomina, una muchacha que hoy denominaríamos “discapacitado psíquico límite”, que, como es habitual, rebosa inocencia y bondad. Enfrente un Zampanó, sin muchas más luces, pero brutal y primitivo.
El filme, con este escenario, se convierte verdaderamente en una historia de amor imposible, más que en la denuncia social, que como fondo, se desenvuelven los personajes, (en uno de los mejores trabajos en la carrera de ambos protagonistas).
El amor dulce y abnegado de la enternecedora muchacha, choca una y otra vez con el amor orgulloso y egoísta de Zampanó, ciego y temeroso de sus propios sentimientos, aunque acabará finalmente tomando conciencia de su ya inevitable y amarga soledad.
Una lección espléndida sobre la incomunicación, el egoísmo, y finalmente el desamparo, frente a la bondad, la inocencia y el infinito corazón que posee la ¿disminuida? Gelsomina