Director: Akira Kurosawa. 1954. Japón. B/N
Intérpretes: Takashi Shimura, Toshirí´ Mifune, Yoshio Inaba, Seiji Miyaguchi


Durante el siglo XVI la vida y el sustento de los campesinos japoneses se encuentra bajo la constante amenaza de las bandas de salteadores. En vista de ello, un pueblo decide contratar la protección del samurái Kambei. Éste recluta un selecto grupo de compañeros y comienza a fortificar el pueblo en previsión de que se produzca un ataque. Tres bandidos que se habían adelantado al grueso de la banda para explorar el terreno son liquidados, pero un ataque posterior contra los bandidos da como resultado la muerte de uno de los samuráis. Finalmente se produce la batalla final y Kambei y Shichiroji se marchan, pero Katsushiro decide quedarse junto a la hija de un campesino de la que se ha enamorado.
Impresionante película del maestro Kurosawa cuyo argumento generó posteriores “westerns”, entre ellos Los Siete Magníficos (1960, John Sturges). Apabullante dirección y puesta en escena, todo un clásico del cine mundial.
Los habitantes de un poblado de campesinos, hartos de ser periódicamente asaltados por una horda de bandidos, deciden hacer algo al respecto. El miembro más anciano del pueblo sugiere contratar samuráis para que los defiendan. Tras varios intentos fallidos de encontrar samuráis dispuestos a luchar tan solo a cambio de la comida, encuentran a uno llamado Kanbei, que decide ayudarles. Gracias a Kanbei consiguen reunir a un grupo de siete, y parten hacia el pueblo.
Tras la cosecha, los samuráis entrenan a los campesinos para que luchen contra los bandidos, los cuales sufren algunas bajas en los primeros ataques al poblado. Los bandidos intentan diferentes estrategias, pero no consiguen derrotar a los campesinos, por lo que al final se lo juegan todo en un último ataque. Eventualmente, cuatro de los samuráis y algunos de los campesinos mueren también, pero al final, los bandidos son masacrados y el poblado gana la batalla. Tras esto, los samuráis supervivientes abandonan el pueblo y vuelven a su anterior modo de vida.

La acción de la película tiene lugar en el siglo XVI, en plena época feudal del Japón. Para tener una idea más exacta de cual es el entorno en el que se mueven los personajes, conviene leer la introducción histórica al Libro de los Cinco Anillos, de Miyamoto Musashi.
La película traza un cuadro muy exacto de cuál era el estilo de vida y las circunstancias en esa época, y los siete protagonistas son representativos del gran número de samuráis sin empleo (ronin) que vagabundeaban por el país, después de haberse acabado el periodo de grandes guerras.

Siglo XVI, Una banda de forajidos decide atacar un pequeño poblado rural en vísperas de cosecha. Para evitar la entrada violenta de los forajidos, un grupo de campesinos decide ir en busca de hombres valientes dispuestos a defender sus tierras a cambio únicamente de comida. Luego de una aparentemente infructuosa búsqueda, logran como mucho esmero reunir a siete samuráis.
Extenso y espectacular metraje del gran director japonés Akira Kurosawa. Como es constante en su obra, juega con temas como el drama existencial y la épica aventurera.
Kurosawa fue pionero en esta cinta de dos técnicas cinematográficas, el uso de tres cámaras simultáneamente, con el fin de captar planos largos, medianos y cortos. Técnica que influyo en otros realizadores como Sergio Leone y Sam Peckinpah, en su tendencia por lograr un estilizado toque de violencia en sus filmes.
Grandes interpretaciones de todo el plantel, sobre todo Toshiro Mifune en una hilarante encarnación de la que ya había dado algunos matices en Rashomon, otra obra maestra del director nipón.
La escena de clausura expresa de manera sutil la impotencia y el pesimismo de estos hombres, quienes, por tan solo un momento, fueron héroes.

En el Japón del siglo XVI una aldea de campesinos se organiza para contratar a siete samuráis que peleen contra los bandidos que arrasan paulatinamente sus posesiones.
Interminable y gran película de Kurosawa, que supone un significativo y también gran ejemplo de la forma de hacer cine y de vida oriental: la serenidad y la paciencia, el sentido de lo ritual y ceremonioso, el valor de las tradiciones, el honor y el costumbrismo genuino, el arraigamiento en unas señas de identidad. Eso sí, Kurosawa, a diferencia de maestros coetáneos como Ozu o Mizoguchi, aplica a todo ello no solo un halo poético o sensible sino también, y mucho, un aire épico y de acción.
Los siete samuráis es una muestra de la plasticidad, meticulosidad y pragmatismo del cine de su autor, con magistrales secuencias de acción y de emoción, espléndido empleo de la fisicidad e inteligente uso de la violencia y la rusticidad. Acabada como la obra maestra que es, estamos, sin duda, ante una de las más significativas y explicativas películas del maestro japonés.
De esta película realizaría John Sturges su famoso Los siete magníficos (1960), al igual que Sergio Leone inauguraría de forma inolvidable el “spaguetti western”, con Por un puñado de dólares (1964) a partir del Yojimbo del propio Kurosawa.
Además, según la Crítica es ésta una película clave para el desarrollo del “western” en los EE.UU. Hasta ahí no llego, para qué nos vamos a engañar.
pero es claro que es una cinta épica en estado puro y diversión garantizada. Una clase magistral de Kurosawa en la manera que tiene de rodar las secuencias de acción que siguen siendo insuperable. Las armaduras, las caras, los excesivos movimientos de los actores japoneses y la lluvia se mezclan en una película redonda. Combina espectacularidad con claridad, en todo momento sabes lo que pasa, no se recurre por supuesto a esos montajes ultrarrápidos que más que ritmo vertiginoso lo que genera son mareos. Un alarde narrativo muy cercano al cine occidental en algunos momentos del que ya podrían aprender los cineastas actuales ahora que se vuelve a los caballos y las lanzas. Kurosawa es un cineasta todoterreno capaz de generar obras maestras al ritmo de John Ford. Juega con la cadencia extraordinariamente, demostrando que es un genio dominador del lenguaje cinematográfico, pausa y ritmo. Desgraciadamente hoy esto no parece tener mucho valor. Todo es publicidad, incluido el cine, y si no va a velocidad luz, incluidas las escenas que precisan otro ritmo, se considera lento.
El western de Kurosawa
Se comenta con cierta frecuencia que Akira Kurosawa es el más occidental de todos los cineastas orientales. ¡Bien!, aunque esta afirmación no sea del todo cierta (de hecho tendríamos que ver cuánto de cine occidental hay, por ejemplo, en Vivir (1952) una de sus obras mayores y, por momentos, casi cercana a Ozu, o en Dodeskaden (1970) tenemos que rendirnos ante la evidencia de que parte importante de su filmografía se encuentra claramente vinculada al cine clásico estadounidense en general y a John Ford en particular. Evidencia convicta y confesa que establece una doble vertiente en los films de samuráis realizados por Kurosawa: por un lado, sublimar la tradición genérica que el cine japonés hizo proliferar en los años cuarenta y, por otro, renovar el lenguaje cinematográfico estableciendo sólidos nexos de unión con el concepto narrativo estadounidense, concepto que, a su vez, queda mutado por el descubrimiento de una cinematografía, hasta entonces, desconocida. Es decir, el enorme éxito internacional de Los siete samuráis no sólo marca, de forma indeleble, la idiosincrasia fílmica oriental -sobre todo en su vertiente más comercial y en la apertura artística acaecida en los años sesenta con la presencia de cineastas como Nagisha Oshima o Kaneto Shindo (su escalofriante y capital Onibaba (1964) como paradigma) que intentan hacer un cine que se desligue del consumo interno y traspase todo tipo de fronteras internacionales. Algo inimaginable sólo veinte años antes-, si no que el mismo cine occidental comienza a dar indicios de claras constantes referenciales al país nipón -aparte de los múltiples “remakes” que se han realizado de Los siete samuráis (la espléndida Los siete magníficos (1960, John Sturges), Bichos (1998, John Lasseter), Yojimbo (Por un puñado de dólares, 1964, Sergio Leone), la sobresaliente El último hombre (1996, Walter Hill) o Rashomon (Cuatro verdades, 1964, Martin Ritt), el ritmo narrativo y ciertas constantes estéticas del cine de Kurosawa han tenido enorme influencia en cineastas de la talla de Sergio Leone (1968, Hasta que llegó su hora), Sam Peckimpah (1969, Grupo salvaje) o, incluso, Michael Cimino (1980, La puerta del cielo), Francis Ford Coppola (1972, El Padrino) o Ridley Scott (1982, Blade Runner)-.
Las bases “fordianas”
El primer plano de Los siete samuráis es toda una declaración de principios: una extensísima llanura que, bajo el presagio de un amenazador cielo nublado, es cruzada por unos jinetes cuya silueta se recorta en el horizonte. Si unos instantes antes no hubiéramos visto una secuencia de créditos con grafías japonesas, sin duda de ningún tipo, creeríamos estar ante una película de John Ford. La excepcional fotografía de Asakazu Nakai parece situar puntos de unión con la concebida por Archie Stout para Fort Apache (1948) o la de Bert Glennon para Río Grande (1950) y, a la par, poner de relevancia las verdaderas intenciones de Kurosawa al abordar Los siete samuráis: realizar el que, quizá sea, el primer homenaje al “western”
que ha dado el cine, bajo una perspectiva personal y como muestra de la interpretación que ofrece del mismo una cultura diametralmente opuesta a la estadounidense.
La puesta en escena de Kurosawa, asimismo, pone de manifiesto un buen número de detalles propios de lo antes esbozado. Primero, al igual que John Ford, Kurosawa “no mueve la cámara si no es estrictamente necesario”, creando una planificación que tiene su base en la profundidad de campo y en la superposición de términos. Es decir, las conversaciones están mostradas sin necesidad del plano-contraplano, tanteando las oportunidades que ofrece el espacio y situando cada personaje en un lugar físico concreto, casi siempre establecido por un estricto orden jerárquico (al fin y al cabo, estamos ante un film japonés), en el que Takashi Shimura ocupa el primer término del plano. Por otra parte, la sobriedad y el extremo realismo de las secuencias de acción, viene causado por el estatismo de la cámara (únicamente móvil en la rectificación del movimiento referencial) y la utilización de un violento, agilísimo montaje que extremiza las posibilidades representativas propias del género “western”.
Segundo, si uno de los elementos básicos para entender (o, en algunos casos, asimilar) el cine de John Ford consiste en la minuciosa descripción de cada personaje que aparece en sus películas, esto queda perfectamente sublimado en el impagable retrato que Kurosawa ofrece de todos los caracteres que forman la obra. No únicamente el grupo de los siete guerreros está magistralmente descrito, separados cada uno de ellos por unos rasgos personales concretos lo cual aporta una miscelánea complejidad al conjunto, si no que los campesinos poseen una admirable diversidad de personalidades, en algunos casos lograda con apenas un par de pinceladas (la mujer convertida en amante de los bandidos).
Los siete samuráis, amén de ello, destaca como una de las piezas más revolucionarias del cine de los años cincuenta. Más allá del tan comentado uso de la triple cámara simultánea, es necesario resaltar el tratamiento pionero de la cámara lenta que, utilizada siempre de forma luctuosa, refuerza el espíritu épico del filme y sitúa a Kurosawa en una posición del todo privilegiada con respecto a sus tradicionales y (en ocasiones) rutinarios coetáneos.
Toda una lección de historia, ética y sociología para mayor gloria de un cineasta obsesionado con la contundencia de su mensaje moral, la efectividad imprescindible del montaje, las posibilidades expresivas del blanco y negro, y la profunda contradicción que yace en el fondo del ser humano.
Esta obra maestra absoluta compendio, y a la par, digresión del arte de su responsable merece figurar con toda justicia en uno de los más destacados apartados de las mejores películas que ha dado la Historia del Cine.