Director: Douglas Sirk. 1954. EE.UU. Color
Intérpretes: Jane Wyman, Rock Hudson, Barbara Rush, Agmnes Moorehead

Helen acaba descubriendo, tras la muerte de su marido, un famoso médico, que está completamente arruinada. El doctor, que cobraba muy altas minutas, repartía después, de manera anónima, el dinero. La muerte del médico coincide con el accidente que sufre un joven multimillonario llamado Merrick. Helen y él, a pesar de que sus caracteres son opuestos, van a permanecer unidos por una serie de extrañas circunstancias.



Melodrama -ese género que con desprecio algunos todavía catalogan “para mujeres”- y particularmente del admirable director Douglas Sirk, subestimado por la crítica en su momento, respetado por cineastas de la “nouvelle vague” como Godard y Truffaut, venerado por Fassbinder, que lo convocó para que trabajara con él en la Escuela de Cine de Munich, Douglas Sirk (Detlef Sierck, en los papeles), nacido en Hamburgo en 1897, había dejado Alemania en 1937 para proteger a su esposa de origen judío, la actriz Hilde Jary. Seguramente, realizador de Sólo el cielo lo sabe (1955) y Angeles sin brillo (1958) se habría exiliado de todas maneras, tal su rechazo a la ideología y los métodos nazis que ya habían hecho mella en su actividad de director teatral por el tipo de piezas que solía elegir.
Tanto en el teatro como en la pantalla, Sirk aplicó sus amplios conocimientos literarios, filosóficos, sobre historia del arte e incluso la práctica de la pintura. De hecho, estando todavía en Alemania había propuesto a los productores una adaptación de Pylon, de Faulkner, que finalmente realizó en los EE.UU. bajo el título Ángeles sin brillo. En su país, además, ofreció numerosas e innovadoras puestas de clásicos (Schiller, Goethe, Von Kleist, Strindberg, Shakespeare), se relacionó con Brecht, Werfel, Meyerhold.
Ese es el hombre que llega en 1938 a Hollywood y que después de trabajar un tiempo como guionista comienza a dirigir films para varias compañías hasta que finalmente recala en la Universal, donde realizará los magníficos melodramas anunciados, y también Obsesión (1954), Escrito sobre el viento (1956) e Imitación a la vida (1958).
Tanto Sólo el cielo lo sabe como en Ángeles sin brillo…, Sirk trabajó con varios de sus colaboradores habituales en dirección de arte, escenografía, música, pero, como de costumbre, el director impuso esos criterios que conformaban su estilo visual, su manera de generar emociones, su poética tan ligada a la fuerza de los sentimientos y el poder del azar. En ambos films habla de amores con interferencias, de amores aparentemente imposibles. Lo que el cielo nos da (foto) es un ataque sin atenuantes a la hipocresía, la intolerancia de la clase dominante de un pueblito de Nueva Inglaterra en los años 50. En este filme, que cuenta el romance con altibajos de una viuda con hijos adolescentes y un jardinero guapísimo y más joven, Douglas Sirk despliega un discurso ecológico de anticipación, a la vez que incita a la libertad de escuchar los propios deseos, de asumir la propia singularidad, de escuchar la propia música interna. Jane Wyman, la protagonista, incluso toma en sus manos un libro de Thoreau y lee en voz alta: “¿Por qué apresurarnos tan desesperadamente por triunfar?”.
Todavía menos difundida, es un acontecimiento que se pase Angeles caídos, reescritura de Faulkner para poner en escena las tensiones eróticas y emocionales de un triángulo que se vuelve un cuadrilátero: la bellísima Dorothy Malone, con su mejor cara de reventada, ama desesperadamente a su marido Robert Snack -con su mejor cara de loco-, quien sólo parece tener pasión por los aviones (ex héroe de la Segunda Guerra, ahora hace vida de gitano y participa en shows aéreos). A su vez, Richard Carson, mecánico del aviador al que admira y detesta, está enamorado desde hace años de Dorothy. El trío, con el niño del matrimonio, llega a Nueva Orleáns para la celebración del Mardi Gras. El periodista Rock Hudson, saturado de alcohol y tabaco, les da alojamiento en su modesto departamento. Y en la alta noche, cuando vuelve del periódico y del bar, el aviador y el mecánico reposan en la cama doble, el chico duerme en el suelo y Dorothy, que ya flechó a Rock, lee Mi Antonia, de Willa Cather, un libro que había empezado a leer hace doce años, antes de irse de su casa en la estela de Robert. Desde la cama, el mecánico, un ojo abierto, escucha inquieto las confesiones de la mujer. No pasa nada, ni un beso, pero la atmósfera se vuelve irrespirable. Este es apenas el comienzo de esta historia de amores encadenados en medio del fárrago del carnaval, de la Gran Depresión.
La película comienza con una espectacular secuencia en la que el insoportable millonario Bob Merrick fuerza al máximo su lancha a motor hasta que sufre un accidente. Para poder salvarle la vida tienen que usar con el un pulmón artificial. El único que hay disponible en esa zona es el del hospital del doctor Phillips, así que una ambulancia tiene que ir a buscarlo. Pero la fatalidad quiere que poco después el doctor Phillips sufra un ataque y al no poder usar el pulmón muere. Su apenada esposa Helen y su hijastra Joyce no perdonarán al vividor que por uno de sus caprichosos juegos una gran persona haya muerto. Al enterarse de que su vida ha supuesto la muerte de otra persona intentara compensar a la viuda por todos los medios, pero ella lo desprecia continuamente. En uno de los intentos por ayudarla causa un accidente que la deja ciega. A partir de aquí decide ayudarla aunque ella no lo sepa.
La película es una versión de otra que se rodó en el año 1935 titulada Sublime obsesión. En principio el argumento puede que no parezca gran cosa, pero gracias al director Douglas Sirk es una buena película. Protagonizada por dos de sus actores favoritos, Rock Hudson y Jane Wyman, que también actuaron juntos en otra película del director, Solo el cielo lo sabe. Ella consiguió la nominación a la mejor actriz. Aunque la primera versión es mucho mejor que esta, es un buen drama que no resulta cursi ni exagerada y que mantiene el interés durante todo el tiempo. La película fue el inicio de una serie de películas que tenían unos elementos comunes: mansiones, joyas deslumbrantes, majestuosos vestuarios, coches de lujo y una relación entre un galán joven y una mujer más madura.
Douglas Sirk, un alquimista capaz de convertir el barro en oro
Cómo dignificar los peores materiales: ésa parecería ser la más perdurable lección que Douglas Sirk legó a sus sucesores, con poco éxito por cierto. Lo cual termina siendo lógico para este hombre que hizo del fracaso uno de sus temas favoritos. Pero la lección sigue allí, como permite comprobar una serie de recientes ediciones en video.
Nacido en Hamburgo en 1900 (su verdadero nombre era Hans Dietlef Sierck) y fallecido en Suiza en 1987, cuando Sirk huyó del nazismo tenía detrás una considerable carrera como director de teatro, y otra incipiente, como cineasta. Hombre de cultura, formación y sensibilidad europeas, como director de cine Sirk se desarrolla casi enteramente en Hollywood, desde comienzos de los años 40 hasta fines de la década siguiente, cuando decide retirarse por propia voluntad.
Probado, como todo director de Hollywood, en los más diversos géneros -desde la comedia hasta el cine de aventuras, pasando incluso por el western-, la verdadera trascendencia de Sirk está dada por un grupo compacto de melodramas (folletines, culebrones incluso) que el cineasta filmó entre 1954 y 1959, todos ellos para la compañía Universal. Hace poco, acaban de salir al mercado varios DVD de Douglas Sirk.
¿Y qué es lo que hay que conocer de Sirk? Básicamente, la fórmula para ser un alquimista cinematográfico, el arte de convertir el barro en oro. Véase si no el material con que trabaja en Obsesión. Un playboy (Rock Hudson, su actor favorito) sufre un accidente motonáutico y es asistido con un respirador. Pero el respirador pertenece a un médico que sufre del corazón, y a quien justo le da un ataque en el momento en que atienden al otro (en la clínica de aquél, por supuesto). Ignorando la muerte provocada, el mujeriego de Hudson (en la ficción, ya que no en la realidad) intenta conquistar a la viuda, pero lo único que logra es provocar un segundo accidente, que la deja ciega. Abrumado por su condición de asesino reiterado e involuntario, Hudson resuelve entonces dos cosas: 1) Dedicarse a la caridad, donando millonadas para salvar a la clínica del embargo. 2) Retomar sus estudios de medicina, recibiéndose a toda velocidad y practicando delicadísima operación que devuelve la vista a su víctima. Que a la vez, y desde hace unas secuencias, es también su enamorada.
En otras palabras, se trata de uno de esos culebrones inauditos con los que Almodóvar construyó su obra entera. Pero el modo en que Sirk aborda su material es el opuesto exacto al del manchego. En lugar de parodiarlo, lo trata como si fuera el elemento más noble del mundo. Pone a su servicio todo su sentido visual, su respeto a ultranza por las emociones de los personajes, su conocimiento acabado del drama clásico y su apabullante dominio de la puesta en escena. Erradicada toda ironía, el resultado es, créase o no, no sólo una obra de alta emotividad, sino un filme mayor. Si Sirk logra eso con semejante punto de partida, qué no hará cuando el argumento le permite poner en tela de juicio, a partir de las leyes mismas del melodrama y gracias a su mirada de extranjero, los usos y costumbres de la sociedad estadounidense. Es lo que ocurre en Sólo el cielo lo sabe (1955) -amor maldito entre una viuda de sociedad y un humilde jardinero-, Imitación de la vida (1959) -fatal juego de espejos entre una familia blanca y otra negra- y, sobre todo, Escrito en el viento (1956), en la que una familia de petroleros texanos se pudre sistemáticamente, como si se tratara de una nueva caída de los dioses. Con las películas de Sirk conviene, como con ninguna otra, ver para creer.
Sublime obsesión es un “remake” de una película del mismo título dirigida por John M. Stahl en 1935, con Irene Dunne y Robert Taylor. Muchos piensan que esta primera versión es la mejor de todas.