SENSO

Director: Luchino Visconti. 1954. Italia. Color

Intérpretes: Farley Granger (Teniente Franz Mahler), Alida Valli (Condesa Livia Serpieri), Massimo Girotti (Marqués Roberto Ussoni), Heinz Moog (Conde
Serpieri), Rina Morelli (Laura), Christian Marquand (Oficial austriaco), Sergio Fantoni (Rebelde), Tino Bianchi (Meucci), Ernst Nadherny (Comandante)



La condesa Livia, una bella dama de la aristocracia italiana, vive un intenso romance, por encima de todas las convicciones y prejuicios, con el teniente Franz Mahler, un oficial austríaco, en plena guerra de independencia italiana frente a Austria. El retrato melodramático de su historia de amor es la excusa para conocer la descomposición de un estilo de vida y una clase social que se derrumbó a finales del siglo XIX.



Bellísimo melodrama en el que, abandonando ya el neorrealismo de sus comienzos, se recogen todos los temas que posteriormente apuntalarán la filmografía del italiano Luchino Visconti. Sacado de un relato breve de Camillo Boito, el libretista de Giuseppe Verdi, la compleja descripción de las pasiones humanas que contiene (amor, engaños, venganza) bien la hubiera podido firmar Stendhal de haber tenido una cámara. El guión lo escribió Visconti junto a su colaboradora Suso Cecchi D’Amico, participando también en él las plumas de Tennesse Williams y Paul Bowles. El marco es la agitada Italia del “Risorgimento”, en vísperas de la unificación del país. El Veneto se halla ocupado en la primavera de 1866 por las fuerzas austriacas, y con la ayuda de Prusia, los soldados italianos se aprestan a expulsar a los invasores. Como si fuera una de las heroínas de Max Ophüls, una condesa se enamora de un oficial austriaco, pero éste, lejos de ser un héroe romántico, resulta ser un vividor con pocos escrúpulos al que no le faltan las amantes.


La película, de una latente homosexualidad, ilustra el tema de la vieja dama de la que se aprovechan los jóvenes pretendientes, oportunistas y sin escrúpulos. Tennesse Williams lo volvería a tratar en La primavera romana de la señora Stone (1961), en la que con unos diálogos cínicos y corrosivos contaba la relación entre una actriz decadente y un joven y ambicioso “gigoló” italiano. En el papel de su vida, esa aristócrata degradada por amor fue encarnada por Alida Valli, siendo su oponente el norteamericano Farley Granger. Las intenciones iniciales de Visconti fueron Marlon Brando e Ingrid Bergman, pero no pudo ser.

Contando con antecedentes como 1860 (1934, Alessandro Blasetti), Tiempos pasados (1941, Mario Soldati), igualmente protagonizada por Alida Valli, Visconti quería hacer en Senso un cuadro de la moderna historia italiana, el relato de una guerra que acababa en desastre por culpa de una clase social. El paralelismo con la situación política en la Italia de la postguerra, gobernada por la Democracia Cristiana, era evidente. Por ello el gobierno instó a los productores a que cambiaran el guión. La batalla de Custozza (”Custozza” era el título inicial del filme, que se rodó provisionalmente con el de “Tempestad de verano”), donde las tropas italianas tuvieron una humillante derrota, fue reducida a su mínima expresión (apenas el majestuoso plano de los soldados entre los henares). El final, donde en principio la condesa se perdía vagando entre la multitud como una prostituta, también fue cambiado. Por las mismas indicaciones (y algunos maletines de dinero, según cuentan los biógrafos del director), el Festival de Venecia boicoteó igualmente la cinta debido a las simpatías comunistas del director.

Formalmente, este melodrama trágico y operístico, del que fueron ayudantes de dirección Francesco Rosi y Franco Zeffirelli, se halla envuelto por unas imágenes de tonos pictóricos y por los acordes de la “Séptima Sinfonía” de Anton Bruckner (un compositor del que Visconti no era devoto, aunque reconoce que su música funciona en el filme). La ópera “El trovador” de Giuseppe Verdi (pieza que el director no pudo representar en el Mayo Musical florentino al ser igualmente vetado por su militancia comunista), suena en la magistral secuencia inicial donde los patriotas reparten sus octavillas en el teatro.

El relato de Camillo Boito sería nuevamente adaptado por el francés Gérard Vergez en un telefilme homónimo de 1993, con Chiara Caselli en el papel principal.


Culto a la belleza

John Ford es un hombre de cine. Visconti es un esteta que hace (grandes) películas.

No hay soluciones cinematográficas, no hay pulso narrativo. Sólo hay incontinencia y momentos de éxtasis obtenidos a partir de la música, la fotografía y unas interpretaciones más cercanas al teatro o a la ópera que al cine. La película tiene en sus “picos” vocación operística más que cinematográfica.

Visconti coloca o mueve la cámara para registrar belleza, no para transmitirla. Prefiere retratar de manera hermosísima, mostrar de forma artificial y exponer sin que el espectador se sienta implicado más allá del extraordinario color o la extraordinaria música (Verdi, Bruckner). La película acaba siendo fría y de una gélida elegancia. Un colosal y refinado ornamento.

Y además está excesivamente condicionada por su origen literario.

Desde el punto de vista de cuadro-película que se ha comentado por ahí es fantástica. Pero en mi opinión no llega a otras grandes películas del director en las que hay turbación, trastorno, emoción… y no sólo goce estético.

Una gran película de todas formas, las pegas son simplemente para dar una visión distinta. Y comprendo perfectamente que algunos consideren todo esto una virtud y no un fallo.

El inicio en el teatro de la Fenice, el paseo por el muelle y el final son antológicos (un 10 rotundo). Pero echo de menos más momentos como el del mechón de pelo y la mano temblorosa. Echo de menos que la historia esté al nivel de lo puramente pictórico. Y por historia no me refiero sólo a narración. Aunque también.


Un dramón en toda regla

Costosísima primera superproducción del maestro Visconti, que tuvo numerosas dificultades para sacarla adelante (los productores vetaron a los consagrados Marlon Brando e Ingrid Bergman en los papeles estelares, y le cortaron no pocas secuencias por su tufillo comunista). En plena contienda de los italianos para liberarse de los ocupantes austriacos (1866) una condesa bella, pero madura (Allida Valli), se enamora perdidamente de un joven y hermoso oficial enemigo, hasta el punto de entregarle el dinero recaudado para la causa, con el que este compra su liberación del ejército. Ante la burla final del petimetre vividor, le denuncia por desertor y le fusilan (venganza a la italiana). Esta apretada síntesis −ni siquiera resumen− evidencia la afición de Visconti por las historias trágicas más propias de la ópera del siglo XIX, y no en vano monta la trama sobre un relato breve del libretista Camilo Boiro. Alida Vally no canta, por supuesto, pero encarna muy bien el papel trágico de la mujer ofendida por un seductor innoble, totalmente ayuno de sentimientos, como lo haría cualquier diva del “bel canto”. No hay, pues, un retrato de auténticas pasiones humanas, sino puro teatro, que ni conmueve ni emociona. Pero el colorido, los movimientos de masas, y toda la parafernalia controlada sabiamente por el conductor de la película justificaron el éxito alcanzado, y un paso importante en el desarrollo de su carrera, culminada posteriormente con otras cintas de más valor artístico. Buena para comprender esa evolución (y de paso, para disfrutar de las músicas de Verdi y de Bruckner).


No deberías amarme así. La intensidad del sentimiento herido

Dejando de lado el cine social de sus inicios, con Senso Visconti se metió de lleno en el romanticismo más exacerbado. La obra se inicia con una ópera y su desarrollo va por la misma línea, buscando grandes momentos al límite bellamente narrados, con un núcleo que es el amor con mayúsculas, un amor desesperado e incontrolable que conduce irremediablemente a la pérdida de la razón y el sentido.

Se aprecia por primera vez, como sucedería más adelante con Helmut Berger, que Visconti elige actores masculinos con presencia pero sin talento y Farley Granger no está a la altura del papel cuando debe mostrar pasión, desencanto o cualquier otro sentimiento humano, por su parte tampoco Alida Valli logra conmover pese a sus esfuerzos.

Pudo ser un gran hito, pero al final se queda en un hermoso relato que sin embargo deja un regusto algo insípido.

La pasión de la ópera italiana se desborda en este filme de Visconti arrastrando los sentimientos de una mujer (Alida Valli) cuyos sentimientos van “in crescendo” arrastrando sus principios, su patriotismo e incluso su propia vida.

El tema del engaño no es patrimonio exclusivo de la ópera ni siquiera de la filmografía italiana pero no cabe duda que el carácter apasionado latino le confiere una singularidad especial.

Visconti mueve los hilos con maestría contando con una Alida Valli excepcional (en la escena junto al teniente y la prostituta está sencillamente suprema) y un Farley Granger especialmente insulso y gris −como casi siempre−.

En resumen una película que si bien por su argumento no aporta mucho, nos impacta por la intensidad y la fuerza del sentimiento herido

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