EL QUINTETO DE LA MUERTE (The Ladykillers)

Película estrenada entre 1955

Director: Alexander Mackendrick. 1955. G.B. Color

Intérpretes: Alec Guiness, Cecil Parker, Herbert Lom, Peter Sellers, Danny Green, Katie Johnson


En una casa aislada y próxima al paso del ferrocarril, vive la Sra. Wilberforce, una venerable anciana que alquila dos habitaciones al misterioso profesor Marcus y a los cuatro componentes de su siniestra banda de “música”…


La verdad, ver salir Alec Guinness con esa chepa, esos dientes salidos, esos ojos de besugo remachados por ojeras pronunciadas, esa bufanda larguí­sima que arrastra por los suelos y se enreda en cualquier resquicio, esos aires ridí­culos de superioridad intelectual, y yo es que me parto de risa. Fue un actor que se ganó a pulso su fama de camaleónico, y los estudios Ealing con sus comedias de posguerra contribuyeron especialmente. Ésta es la última comedia producida por ellos antes de ser adquiridos por la BBC ese mismo año (1955) y entrar en una decadencia que no han sabido remontar hasta el dí­a de hoy. Pero no tengo ganas de lamentaciones tras haber visto la pelí­cula, sólo me vienen pensamientos alegres a la mente. Me vienen la adorable Señora Wilberforce y su ingenuidad, Peter Sellers y su excitación nerviosa —memorable su primera entrada en la casa lanzando miradas paranoicas a cada esquina con la inquietud y desconfianza propias de una de esas aves silvestres tan huidizas; ¿y sabí­an ustedes que les puso voz a los papagayos?—, el gramófono que sigue reproduciendo cuando ya no queda nadie en la habitación, la casa de arquitectura surrealista, la inoportuna reunión de viejecitas, las desastrosas confabulaciones para acabar con la vida de la anciana, la visita nocturna del policí­a… Y tras estos recuerdos trato de comprender a esas personas que comentan que es aburrida y que no les hace ninguna gracia, pero es misión imposible.


Las grandes pelí­culas de antaño quizás no fueran tan realistas como ahora, pero sin embargo su facturación imprimí­a no sólo un sesgo de autenticidad artí­stica, sino de movimiento artí­stico. Me explico, antes uno cuando veí­a una buena pelí­cula reflexionaba sobre la seriedad de lo narrado y lo inconsistente de su seriedad como ejercicio de realidad, si bien disfrutaba sobremanera pasando un rato de lo más placentero.

Pues bien, esto mismo pasa con esta pelí­cula. Me acuerdo cuando de joven me sentaba a ver ante la TV La familia Monster y pasaba la mañana de manera harto entretenido.

Con un sello inconfundiblemente británico en su realización, este delicioso embrollo de comedia con ciertos toques de “film noir” deleita nuestros sentidos y nos llena de alegrí­a y esperanza durante el breve perí­odo de metraje de la cinta, aunque cuando acabamos de visionarla tengamos que enfrentarnos de nuevo con la dura realidad cotidiana.

Ejercicio de entretenimiento. Alec Guinnes está genial y en la interpretación de Sellers se atisban ya ciertos retazos de la personalidad del Dr. Strangelove de Stanley Kubrick.

Sin llegar a ser su mejor papel, Alec engaña, manipula, controla las voluntades humanas en esta pelí­cula con la elegancia de un bailarí­n, tan sólo entorpecido por la candidez de la presa aparentemente más fácil de la manada, la más vieja, adorable y olvidadiza abuelita (Kate Johnson).


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