Director: Charles Laughton. 1955. EE.UU. B/N
Intérpretes: Robert Mitchum (Harry Powell), Shelley Winters (Willa Harper), Lillian Gish (Rachel Cooper), James Gleason (Birdie Steptoe), Evelyn Varden (Icey Spoon), Peter Graves (Ben Harper), Don Beddoe (Walt Spoon), Billy Chaplin (John Harper), Sally Jane Bruce (Pearl Harper)

Charles Laughton (1899-1962) durante su única -y magnífica- película como director.

West Virginia. Antes de ser aprehendido, Ben Harper, un parado que ha asaltado un banco, esconde el botín y hace jurar a sus hijos, John y Pearl, que guardarán el secreto. Poco antes de que Ben sea ejecutado, su compañero de celda, Harry Powell, un siniestro predicador ambulante -sobrecogedor Robert Mitchum-, intenta trabar amistad con él. Cuando salga de prisión, Powell cortejará y terminará por casarse con Willa -Shelley Winters-, la mujer de Harper. Frustrado por no ser capaz de descubrir dónde se halla el dinero, aterroriza a los niños para sacarles la verdad y, finalmente, asesina a Willa. Los niños, tras huir río abajo, encuentran refugio en casa de la bondadosa Rachel Cooper -Lillian Gish-, pero el obstinado Powell ha encontrado la horma de su zapato, y Rachel logra mantenerlo a raya mientras llega la policía. Powell es condenado a la pena capital y los niños encuentran un nuevo hogar junto a Rachel. Un maravilloso cuento cinematográfico de una capacidad hipnótica visual nunca superada. Considerada en la actualidad como una indiscutible obra maestra, tuvo muy poco éxito en su estreno, motivo por el que Laughton no volvió a dirigir nunca más.















El ogro de nuestras pesadillas infantiles
La historia

Sur de los EE.UU., 1930. El predicador Harry Powell -Robert Mitchum- es un paranoico criminal, asesino de viudas, que habla a Dios y lleva escrito en los nudillos de cada mano las palabras LOVE -amor- y HATE -odio-. Ben Harper -Peter Graves- ha sido sentenciado por robo y asesinato a morir ahorcado, dejando dos hijos: Pearl -Sally Jane Bruce- y John -Billy Chapin- y una mujer: Willa Harper -Shelley Winters-; antes de ser prendido consigue entregar el botín de 10.000 dólares a sus hijos para que lo escondan. Casualmente Powell, detenido por robar un coche, y Harper coinciden en la cárcel, mientras éste espera su sentencia, lo cual permite al predicador conocer la existencia del botín, ya que Harper habla de ello en sueños.
Nada más salir de la cárcel, Harry Powell se dirige a por su próxima víctima. Mientras, Willa, ya viuda, se encuentra con dos niños a los que mantener y un futuro incierto, así se lo hacen ver Icey Spoon -Evelyn Varden- y Walt Spoon -Don Beddoe-, un matrimonio amigo de la mujer, que le aconsejan busque un nuevo marido. Por ello a aparición de Powell, diciendo ser amigo de Ben, resulta milagrosa para Willa, que enseguida sucumbe a sus -falsos- encantos, al igual que los Spoon.
Poco después se casa con Willa, haciéndole ver, ante las lógicas dudas de ésta, que sus intenciones son honradas, ya que Ben le dijo que había tirado el dinero al río. Powell consigue por un lado dominar a Willa totalmente y por otro la simpatía de la pequeña Pearl, no así de John que no le acepta viéndole como un intruso. Sin embargo, un día Willa averigua las verdaderas intenciones de Harry Powell, y éste “obedeciendo” el mandato divino mata a su esposa. Tras contarles a los Spoon unas cuantas mentiras se dispone a cazar a los dos niños, que consiguen huir río abajo. Powell les sigue el rastro noche y día. Los niños tras unos días consiguen cobijo en casa de Rachel Cooper -Lillian Gish-, una soltera que cuida a varios niños. Powell consigue encontrar su paradero y tras intentar llevarse a los niños mediante su palabra primero y mediante la fuerza después, es reducido por la Srta. Cooper y detenido por la policía. John y Pearl se quedarán en casa de la Srta. Cooper.
El narrador
Charles Laughton (1899, Scarborough-1962, Los Angeles), fue un notable actor británico de teatro y cine, que trabajó con directores de la talla de Alfred Hithcock, David Lean, William Dieterle o Josef Von Stenberg. La noche del cazador es su legado como director, único filme que realizó -probablemente debido al fracaso económico que tuvo-, maldito en su momento, pero hoy considerado mayoritariamente como un clásico y la obra maestra que realmente es.
Como suele ser habitual en los grandes filmes la conjunción de esfuerzos y talentos fue la que originó el acabado (perfecto) de La noche del cazador donde a la extraordinaria labor de Laughton -algo no tan sorprendente como pudiera parecer en un principio, teniendo en cuenta la enorme personalidad del cineasta inglés y su probado interés por los entresijos de la puesta en escena como demuestran sus airadas discusiones con algunos de los directores con los que trabajó- se le unieron la fe ciega en el proyecto del productor Paul Gregory -actualmente éstos se parecen más al descrito por Michael Tolkin en su guión de El juego de Hollywood (1994, Robert Altman), salvo honrosas excepciones-, el espléndido guión de James Agee sobre la novela de Davis Grubb, la fotografía de Stanley Cortez que hizo un trabajo memorable, la partiura compuesta por Walter Schuman y la labor del excelente reparto. Muchos de ellos dieron lo mejor de sí mismos para esta experiencia tan fascinante y enriquecedora como fue (es) La noche del cazador.
El cazador
Tras los genéricos punteados por la brillante partitura de Walter Schumann, el filme comienza con un cielo estrellado en el que aparece el rostro de Lillian Gish alternado con los de unos niños, a los que está contando una historia de la Biblia.
A continuación:
8 ) medio del coche y su ocupante: Harry Powell, interpretado de manera magistral por Robert Mitchum.
A partir de 6) se funde con las imágenes la voz de Lillian Gish: “Un árbol bueno no puede dar frutos malos, ni tampoco un
árbol corrompido puede dar buenos frutos. Recordad que por sus frutos los reconoceréis.”
En tan sólo unos pocos planos Charles Laughton es capaz de presentar y describir al protagonista de su historia, ofrecer un aviso sobre lo que nos espera y expresar su posición sobre lo que va a contar, como si de un demiurgo se tratara. Así Harry Powell es presentado precedido de las premonitorias y bíblicas palabras que la Srta. Cooper cuenta a sus niños, y después de mostrarnos el descubrimiento de un cadáver, asociando ambas situaciones con el predicador, identificando a éste como el arbol corrompido y como el asesino. Y todo esto mediante el uso del montaje y la planificación, en una envidiable -y para algunos seguro que sonrojante- capacidad para emplear los recursos más elementales del cinematógrafo.
Pero la descripción del cazador no se queda ahí: los continuos matices que se añaden -tanto por parte del director como del guionista y del propio actor- enriquecen más si cabe al personaje, que en más de una ocasión se dice es fruto de los lamentables momentos por los que atraviesa el país unido a una fanática educación religiosa. Sirva como botón de muestra la escena inmediatamente posterior a su inicial presentación: Powell habla con Dios de sus actividades y de quiénes son los verdaderos males de la sociedad; a continuación se encuentra en un local de striptease, siendo el desprecio y odio que siente hacia esa situación expresado a la perfección: Mitchum mete su mano, donde se lee HATE -odio- en el bolsillo y su navaja atraviesa su chaqueta.
La presa
El arresto de Ben Harper -Peter Graves- y la descripción de sus dos hijos y mujer no se queda atrás. De igual manera que en la secuencia inmediatamente anterior, Laughton se sitúa ahora en la casa de los Harper, panorámicas aéreas que terminan en el plano de dos niños jugando en la hierba. Esa aparente tranquilidad se ve truncada por la frenética llegada del padre y su posterior, y doloroso, -muy bien subrayado mediante el inserto de varios planos de John- arresto por la policía. De esta secuencia y de la anterior que presentaba al predicador, emparentadas ambas gracias a la planificación, se pueden obtener dos lecturas -probablemente muchas más- muy reveladoras e interesantes: la presencia de niños en ambas, auténticos protagonistas del relato, que los sitúa como las últimas víctimas no sólo de los actos de Powell sino de la situación del país, algo que de manera harto inteligente, otorga más fuerza y horror a los sucesos que los acompañan, rompiendo la aparente normalidad de cada secuencia -en ambos casos los niños aparecen jugando en un jardín-, mediante el inserto de momentos violentos -el descubrimiento del cadáver en la primera secuencia y el apresamiento del padre en la segunda-, que inundan ya el relato de un indisociable sentimiento de inquietud y terror.
Coherentemente con lo anterior la traumática situación que han vivido los niños no es trasladable a su madre, ausente en el momento crucial del arresto, lo cual permite adivinar la importancia que tendrá cada uno en el desarrollo de la trama, y poner de manifiesto la poca confianza que desprende Willa, una mujer muy dúctil (cf. las escenas que reúnen a los Spoon con la viuda y, sobre todo, su sumisión absoluta a Powell).
El panorama es desolador, ya que, a excepción de la Srta. Cooper, el resto de adultos no podrán ayudar a los jóvenes, como es el caso de los Spoon, que son utilizados en más de una ocasión por el cazador, resultando víctimas de sí mismas y de su evidente vulgaridad: hipócritas y falsos, sus presuntas creencias religiosas y su total convencimiento de las buenas intenciones de Powell, no les impide liderar una manifestación contra el predicador una vez detenido. Laughton de manera hábil y nada retórica, no duda en mostrar su opinión sobre semejante gentuza, convirtiendo especialmente a Icey Spoon en un personaje despreciable. Ni siquiera el entrañable personaje de tio Birdie -extraordinariamente descrito- puede ayudar a John y Pearl, pues ni la edad ni sus sentimientos de culpa (por el descubrimiento del cuerpo de Willa) y perdida (suele beber intentando olvidar a su fallecida mujer) le permiten hacer nada por ellos.
La noche
El punto de inflexión en la película ocurre tras el asesinato de Willa, magníficamente planificado. Powell, una vez se da cuenta de que su mujer está al corriente de lo qué quiere, decide acabar con ella. Pero no la asesina cual psicópata asesino, el asesinato en off surge de una “invitación” divina a cometerlo: ese plano de Mitchum al cielo a través de un tragaluz -insuperable fotografía de Stanley Cortez- lo confirma. La resolución del asesinato se produce mediante una elipsis lo cual muestra una cualidad más del Laughton.
Director
La sutileza. Lo importante era mostrar cuándo y por qué decide matarla, no el hecho en sí.
En este punto los dos niños se encuentran solos -memorable el plano en el que el encuadre se estrecha hasta mostrar a los pequeños escondidos en el sótano- y comienza su huida desesperada. Aquí el relato (la película) empieza a tomar un tono fantasioso, totalmente onírico. El descubrimiento del cuerpo de Willa hundido en la profundidad del río; los niños, huyendo fuera de la casa tras haber engañado a Powell, son perseguidos por éste cual ogro se tratase; una vez toman la barca para salir de allí, Powell grita como un animal; los niños cobijados en un granero creen haber dejado atrás a su perseguidor, pero John comprueba, no sin terror, que sigue su caza, exclamando: “¿es que él no duerme nunca?“.
Powell es un señor de la noche, la verdadera personificación del Mal. La fuerza expresiva de las imágenes de Laughton es total, incluso al incidir, una vez más, en el estado de penuria económica del momento: en su huida los niños encuentran a una mujer que les ofrece como único alimento una patata cocida: escalofriante escena, sin duda.
Los niños son encontrados por la Srta. Cooper que los acogerá sin vacilar. La noche acaba, pero el horror aún no ha terminado.
El Bien y el Mal
La Srta. Cooper (una Lillian Gish memorable) es una mujer soltera, eso hace pensar el trato de señorita y no señora, pero con un pasado incierto y lleno de una estricta educación religiosa, es un mujer fuerte y de sólidas convicciones, que mantiene y alberga a varios niños, uno incluso porque la madre no puede permitirse tenerlo a su cargo (de nuevo una pincelada de la situación del país). Es por ello que no tiene ninguna duda para aceptar en su seno a John y Pearl.
Las enseñanzas que la Srta. Cooper imparte a sus niños se sustentan en una base puramente religiosa, lo cual llena de incertidumbre a John, puesto que el cazador también pregonaba su alabanza a Dios. Sin embargo, pronto advertirá que se encuentra en buenas manos, ganándose la confianza de la Srta. Cooper.
La evolución del chaval es digna de elogio, sus dudas iniciales perfectamente mostradas y su paulatino convencimiento de que él y Pearl están a salvo se consigue por la activación en él de ese reconocimiento de un hogar auténtico -a pesar de la falta de un padre, hecho que todavía le deparará malos tragos-, que tiene su excelente y emotiva conclusión cuando John le hace un regalo navideño a la Srta. Cooper. Habrá, no obstante, quien vea en este dibujo idealizado del personaje bondadoso de la anciana mujer, un contrapunto demasiado evidente al del cínico cazador. También es posible que haya quien crea que el filme es discursivo y/o moralista. Nada más lejos de la realidad: La noche del cazador
es un cuento de terror -con Ogro y Hada incluidos-, ambos personajes magníficamente descritos; y además no tiene
reparo en mostrar un lamentable estado de cosas -la Depresión económica, en primer término-.
Pero, a pesar de que John y Pearl encuentran cobijo junto con la Srta. Cooper su huida no ha cesado: el cazador está al acecho. De nuevo aparece por la noche frente a la casa -otro imborrable momento con sublime iluminación del fotógrafo Stanley Cortez-, esta vez, de la Srta. Cooper. El desenlace se divide en tres estadios.
No me cansaré de repetirlo: La noche del cazador es una obra apasionante y extraordinaria.