LA TENTACIÓN VIVE ARRIBA (The Seven Year Itch)

Película estrenada entre 1955

Director: Billy Wilder. 1955. EE. UU. Color

Intérpretes: Marilyn Monroe, Tom Ewell, Evelyn Keyes

Divertida comedia que encumbró la imagen de Marilyn -con las faldas levantadas en una boca de aire de metro- a icono del cine. Ella es la vecina del piso de arriba que hará enloquecer a un Tom Ewell que está pasando el caluroso verano sin su familia. Un gran éxito de taquilla que confirmó a la Monroe como la estrella femenina indiscutible de la Fox.


Lo reconozco, yo también me he enamorado de Marylin Monroe. También he deseado que fuera mi vecina, de esas que cuando tiene calor pone la ropa interior en la nevera. Que me acompañara al cine, y que al salir de él, se le levantara la falda al pasar por debajo suyo el metro (y sin ningún Joe DiMaggio celoso que se enfadara por dicha situación). Pero ya está. Nada más, o al menos, nada más me ofrece esta película, una de las más sobrevaloradas del autor, que si bien parte de un guión más que decente de Wilder y, sin que sirva de precedente, George Axelrod, autor de la obra teatral en la que se basa la película, este no acaba por traducirse correctamente en imágenes. Puntualicemos.

Y es que pese al reflejo eterno que quedó de Marylin aguantándose las faldas poca cosa más podemos obtener de este filme, en el que sí, se vuelve a marcar la misoginia, y sí, volvemos a tener al vapuleado hombre de clase media, pariente de C.C. Baxter, Orville J.Spooner y… tantos otros, sólo que esta vez, y reitero, pese a no tener un guión tan endeble como sí lo podía tener Aquí un amigo (1981), La tentación vive arriba resulta uno de los más flojos filmes de Wilder.

Por primera vez en un filme de Wilder tenemos al narrador omnipresente siempre en la pantalla, hablando en voz alta y a todo volumen sobre sus sueños eróticos en los que es un supermacho y a golpe de Rachmaninov se le echan todas las mujeres encima. Este hombre, celoso y misógino, tonto hasta niveles insospechables (el hecho de que no se quede con Monroe, es bastante clarificador), en las manos del horrible y horripilante Tom Ewell, que había interpretado la obra en los teatros, hacen del filme una comedia sin gracia, de trazo grueso y en ocasiones, ridícula, sólo salvable por la gratitud de saber inmortalizar las piernas de Marylin, preocupadas por cazar sus zapatos con sus pies descalzos, sin ser vista por el portero fisgón.

El problema de los actores

No era la primera vez, ni sería la última, en la que Wilder no podía contar con el actor que deseaba para el papel principal. Le había sucedido un año antes al no poder contar con Cary Grant para Sabrina (1954), y en su defecto conseguir a un Bogart con cara de piedra, malhumorado y peleón, que hiciera del rodaje del filme el peor padecido jamás por Wilder. Muy distinta habría sido también Bésame tonto (1964) si se hubiera podido mantener al actor con el que se contó en un principio (incluso hay unas escenas rodadas), el magnífico Peter Sellers, que fallecería poco después. En su defecto, Ray Waltson, uno de los aprovechados jefes de El apartamento (1960), cogió el papel y convirtió su personaje en el más extremo de las conductas, dejando en el despistado Dean Martín y la sufrida Kim Novak, el levantar un filme, de por sí tullido.

En La tentación vive arriba, buena traducción del título original, el bastante simple La picazón del séptimo año, en referencia a la agonía sexual que sufrían las parejas que llevaban más de siete años casadas y necesitan de vacaciones extraconyugales para poder superarse; la decisión de incorporar a Tom Ewell fue desastrosa a tenor de lo visto luego en pantalla, y más, si pensamos que el actor al que había elegido Wilder en principio, era un joven desconocido de Nueva York llamado Walter Matthau (aunque el nombre original del actor fuera, agarrarse: Walter Matuschanskayasky), que había llegado a realizar una prueba con Gena Rowlands (!).

Así, con Ewell y Monroe, se fraguó uno de los mitos del cinematógrafo. En palabras de Pedro Crespo: “… todo queda en el terreno de la más, la sátira sobre la sexualidad y su manifestación cinematográfica, resulta mucho más completa, más honda y más cruelmente divertida”. Como se ve, no podemos estar más en desacuerdo. La simpleza de la historia sobre el hombre torturado sólo es interesante, además de las escenas con Monroe, aquella hilarante escena en la que el psiquiatra Brubaker le hace un diagnóstico a Ewell en poco más de cinco minutos (Cobro 50 dólares la hora) al descubrirle su tic nervioso (exageradísimo) en el dedo. Un buen ejemplo del buen guión escrito por Wilder. Coincidimos bastante más con la opinión de Fernández Valentí cuando asegura: “La tentación vive arriba es por ello un filme desequilibrado, en el que Wilder no termina de combinar con la adecuada precisión el tono incisivo con que se retrata la psicología de los personajes y el carácter burlesco de las ya citadas ensoñaciones del protagonista masculino, que produce un efecto más chirriante de lo que sería desear”.

En 1955, un año después de romper con la Paramount tras rodar Sabrina, Wilder se decide por llevar a la gran pantalla la obra teatral epónima del título original en inglés “The Seven Year Itch” del guionista (también de Desayuno en Tiffany’s” de Blake Edwards), escritor y dramaturgo George Axelrod quien junto con el propio Wilder es el encargado de adaptarlo para la gran pantalla y bajo el patrocinio ahora de la 20th Century Fox…

Fuente de inspiración para la filmografía futura como director de Woody Allen, la película simplona e infantiloide no está exenta de algunos de los matices habituales en la filmografía del maestro vienés y de origen semita… No en vano el personaje principal, el editor Richard Sherman (interpretado de forma magnífica por Tom Ewell) es un personaje de lo más parecido al estereotipo creado por Allen para sus obras… sólo que sustituyendo el componente judío por el cristiano…

A medida que comienza la película los títulos de crédito se abren a modo de rompecabezas o puzle, pudiendo enterarnos de una colorista fotografía de luxe color cinemascope a cargo de Milton Krasner y una espléndida banda sonora a cargo de Alfred Newman y que retrató justamente una de las escenas fetiches de la filmografía universal, aquella de una fuerte brisa de metro levantando la falda de una Marilyn más explosiva que nunca (esta imagen y su presentación en Con faldas y a lo loco contorneando sus voluptuosas caderas camino de un tren son los fetiches más universales que nos ha dejado este mito erótico)… van dejando paso al desarrollo de una película con una historia de Rodríguez que hace las delicias del espectador en cuanto a humor corrosivo y mordaz…

Lejos de las obras mayores de Billy Wilder, no obsta sin embargo para considerarla como una de las comedias más divertidas y entretenidas, donde una vez más Wilder nos demuestra que lo comercial no está necesariamente reñido con la calidad artística…


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