LOLA MONTES (Lola Montͨs)

Película estrenada entre 1955

Director: Max Ophüls. 1955. Francia-Alemania Occidental. Color

Intérpretes: Martine Carol, Peter Ustinov, Anton Walbrook, Henri Guisol


Lola Montes (Martine Carol) fue una cortesana conocida en toda Europa, amante de importantes hombres como Franz Liszt o Luis II de Baviera, de artistas y estudiantes. Ahora es la atracción de un circo de Nueva Orleans, donde un maestro de ceremonias (Peter Ustinov) narra su escandalosa vida al público mientras ella realiza un número acrobático


El circo de los famosos. Esta pelí­cula le sienta como un guante a nuestra sociedad de mundos rosáceos, bazofia mediática y personajillos detestables a granel. El planteamiento es cristalino: desde el primer fotograma se nos invita a presenciar un espectáculo circense. En él, se exhibe a la famosa de turno, que vende su dignidad a cambio de treinta denarios de plata.

Lola Montes no baila, no canta, no se ha doctorado en astrofí­sica por la universidad de Harvard, pero es hermosa y atractiva y no le hace ascos a airear sus intimidades por un plato de caviar -ay, si al menos fuera de lentejas. Su hábitat es el escándalo escabroso. Sus armas, el encanto, la capacidad de seducción y ese aura de “femme fatal”, tan cotizado en el mercado de la carne y los pastiches del corazón. A pesar de todo, Ophüls y Martine Carol consiguen hábilmente que sintamos compasión por el personaje retratado (salud precaria, peligrosas adicciones, infancia desgraciada y ojos tristes). Y es que Lola destila una infelicidad auténtica y profunda.

Peter Ustinov encarna al jefe de pista; un tí­pico presentador de late night que sabe cómo darle carnaza a la audiencia. Es éste un actor al que se tiende a ensalzar con desmesura; el papel que representa es aseado, no genial -tampoco el personaje daba para mucho lucimiento. Se trata, sin más, de un hombre del “show business” que conoce su trabajo.

En lo puramente cinematográfico, la cinta es algo insulsa; uno tiende a fijarse en los detalles técnicos (movimientos de cámara, colorido, puesta en escena) para distraerse de una historia que resulta, seamos sinceros, un tanto plomiza. La factura es notable; la idea, espléndida. Pero ¡no sólo de culebrones vive el hombre!

Una última consideración: si Lola es un producto de consumo, tan vistoso como digno de lástima, ¿a quién deberí­amos despreciar? A su público, evidentemente. Ruin y soberano.


Fin de una época

Lola Montes narra una jornada de circo en la que una condesa escenifica su propia vida. La pelí­cula tiene innumerables niveles de lectura:

- Lola Montes ha vivido en su infancia y adolescencia hechos traumáticos (muerte de su padre y traición por su madre, concertación de un matrimonio con un viejo aristócrata, matrimonio fallido con el oficial inglés) que han condicionado su desarrollo posterior. Hechos que han supuesto para ella la pérdida de la inocencia y el envejecimiento prematuro fí­sico y espiritual.

- Desde otro punto de vista este filme expresa el final de una época: la pérdida de la inocencia, el acceso de la masa a la cultura (totalmente necesario y democrático, pero empobrecedor) y los pocos escrúpulos de los comerciantes del espectáculo (Peter Ustinov expresa: “No me importa como bailas, lo que me importa es el escándalo”, terribles palabras que anticipan el empobrecimiento de la cultura colectiva, de la que tenemos muestra en la actualidad con determinados espacios televisivos) suponen un influjo banalizador. Fin de la inocencia y de la decencia que también puede extrapolarse a un mundo cinematográfico en el que Ophüls no encuentra ya su espacio.

- Es también una singular reflexión sobre el cine: durante todo el metraje se van entremezclando sombras, personajes y situaciones de tal manera que el mundo del circo, de la ficción se confunde con la realidad distorsionándola, moldeándola a las necesidades del espectáculo, lo mismo que ocurre en el cine. El cine concebido como una escenificación de la realidad que a veces debe moldearse o limitarse teniendo en cuenta razones comerciales (en el circo el público sediento de morbo y escándalo, el cine el público sediento de emociones inmediatas, poco propenso a la reflexión).

Al margen de las posibles lecturas cabe destacar el apartado técnico: la fotografí­a consigue una plasticidad insuperable dándole a veces una tonalidad oní­rica muy adecuada y los movimientos de cámara son magistrales.


En un circo de Nueva Orleans, el maestro de ceremonias (Peter Ustinov) presenta a Lola Montes (Martine Carol), una antigua cortesana a la que el público podrá hacer preguntas sobre su pasada y disipada existencia.

La última pelí­cula del director de origen alemán Max Ophüls fue Lola Montes, un filme en el que convergen todas sus pautas cinematográficas, caracterizadas por una narración con movimiento fluido de cámara en escenarios esmeradamente cuidados y la elaboración de una historia con personaje principal femenino, ví­ctima de un destino marcado por la desdicha personal, especialmente amorosa.

Aquí­ es Lola Montes, interpretada por la actriz francesa Martine Carol, una ex cortesana del siglo XIX, la cual es presentada como una atracción circense, al mismo tiempo que se nos va relatando a base de diferentes “flash-backs” sus múltiples avatares sociales y sentimentales en un recorrido amargo por el ascenso y caí­da vital, excelentemente fotografiado por Christian Matras.

A veces esa vereda impregnada de barroquismo visual con un soberbio empleo del cinemascope peca de cierta futilidad en algunas de sus acciones, pero la plasmación visual es tan sumamente fascinante que magnetizará a los paladares de buen gusto cinéfilo y al aficionado del arte refinado en general.

 


 


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