Director: Delbert Mann. 1955. EE.UU. B/N
Intérpretes: Ernest Bognine, Betsy Blair, Esther Minniciotti, Augusta Ciolli, Joe Mantell, Karen Steele, Tommy Jerry Paris

Marty, un hombre bonachón de ascendencia italiana, trabaja en una carnicería de un barrio obrero de Nueva York. Es simpático y servicial, pero no tiene ningún éxito con las mujeres. Como se acerca a la cuarentena, sus amigos le recomiendan que se case cuanto antes. Poco después conoce casualmente a una joven maestra. No es hermosa ni brillante, pero su sencillez y ternura la revelan como la mujer ideal para él.

Marty Pilletti (Ernest Borgnine) es un carnicero lleno de bondad que está a punto de cumplir 35 años. Reside con su madre (Esther Minciotti) y mientras sus hermanos y hermanas se han casado, él no consigue encontrar novia, debido a su poco agraciado físico.
Una noche conocerá a una joven inteligente y sensible llamada Clara (Betsy Blair), que parece su propio retrato, pero en femenino.
Pieza cinematográfica que tiene su origen en un telefilme homónimo (protagonizado por Rod Steiger) dirigido también por Delbert Mann y escrito por Paddy Chayefsky, quien retrata con un trazo naturalista el ambiente en el Bronx neoyorquino de un grupo de treintañeros de rumbo sentimental y lúdico un tanto confuso, desplazados socialmente e inmersos en una profunda crisis de edad.

La hondura psicológica y emocional del personaje central, el absorbente estilo realista, el sentimental tacto (y al mismo tiempo brioso) de Mann en su mirada fílmica y la inmensa interpretación de Ernest Borgnine, provocaron que éste se llevase el Oscar al mejor actor principal y esta pequeña gran película el Oscar al mejor filme, un filme producido por Burt Lancaster que aborda materias como la soledad, la necesidad de afecto, el ciclo vital, la convivencia familiar o la elección de tu propio destino
La grandeza de la humildad
En el año 1955, Burt Lancaster y su compañero de productora Hetch estaban por alguna razón asqueados con el imperio capitalista de Hollywood. Así, decidieron invertir en una película lo menos comercial posible para no tener las arcas tan llenas. Sin embargo les salió el tiro por la culata: el modesto filme se convirtió en un clásico del cine de buenos sentimientos, tuvo su repercusión en la taquilla y encandiló a los miembros de la Academia, que le concedieron nada menos que cinco Oscar.
Hoy en día, la historia de Marty puede resultar muy ingenua, pero sigue siendo tan tierna como el día en que se estrenó, así como bastante real. La triste aceptación de un grueso muchacho de su condición de físicamente poco atractivo. Algo que, en un mundo de superficialidades, cobra demasiada importancia y le limita la acción en el terreno amoroso. Pero pronto conocerá a otro “cardo” (como él lo llama) con la que entablará una relación amorosa que le sacará del bache y le devolverá su autoestima. Volverá a darle ánimos para vivir, para afrontar nuevas y más ambiciosas metas.
Por otro lado, Marty tiene que enfrentarse a una madre que, al igual que él, ya se había hecho a la idea de que su hijo iba a estar de por vida con ella, y que saca la parte más egoísta cuando ve que va a tener que apañárselas ella sola. Esto quiere reflejar cómo la gente, cuanto más buena es una persona, más trata de aprovecharse de ella.
El mensaje de Marty está clarísimo: mira en el interior. Muy visto, ciertamente. Pero es la descripción de personajes, la espléndida interpretación de Ernest Borgnine (ganador del Oscar por este papel) y Betsy Blair (que ese mismo año intervino en España en Calle Mayor) y la humilde propuesta que hace la película, lo que lo hace un filme entrañable, aunque yo no la calificaría de obra maestra, ni le daría tantos premios.
En definitiva es una película bonita, agradable de ver, ideal para un domingo en familia y con el moralismo que hoy se ve tan inocente, pero que en su día era la manera más genuina de llevarse al público de calle. Ése fue el detalle que descuidaron Lancaster y Hetch…
Historia de un carnicero
Del mismo modo que la invención del sonido llevó a un buen número de realizadores teatrales al cine, la época dorada de la televisión americana, y más concretamente de las live plays y las series (estamos hablando de los albores de los años cincuenta), propició el ingreso en el cine de una generación de realizadores que renovaron el panorama del país, en una etapa en la que se intuían futuros movimientos rompedores en diferentes cinematografías foráneas. De esta generación estadounidense destacan nombres como John Frankenheimer, Sidney Lumet (prácticamente el único de ellos con una carrera más o menos activa en el cine actual), Robert Mulligan, Martin Ritt, Arthur Penn, o Delbert Mann, director del filme que nos ocupa.
Uno entre las decenas de shows en directo de una hora que Mann realizó para TV fue Marty, historia de Paddy Chayefsky que en la pequeña pantalla protagonizó Rod Steiger, y que alcanzó gran éxito de audiencia. Cabe recordar que en esta época, los años cincuenta, la televisión aún no había caído en el pozo de la búsqueda del beneficio económico a cualquier precio, y obras de las características de Marty demuestran que este medio permitía acercar historias cotidianas, sobre personajes que parecen extraídos de la sociedad de la época, a un gran número de personas. De hecho, no es casual que cineastas como Roberto Rossellini o Jean Renoir se mostrasen muy ilusionados con el inicio de la televisión en Europa, para la que soñaban unos usos que, lamentablemente, poco se parecen a los actuales circos de vulgaridad alienante en los que se han convertido, en general, las diferentes cadenas.
El propio Chayefsky, profundo conocedor del medio, se dedicará a destapar los malolientes entresijos de la televisión, y su degeneración progresiva, desde el guión de Network (1976), un profético filme cuya realización firmó Sidney Lumet. Chayefsky, a quien ya se pudo ver en los cuarenta ejerciendo labores de actor muy secundario en Doble vida (1947; George Cukor), filme no especialmente plausible, se convirtió en un guionista de inusitado éxito en su país, tanto en TV como en el cine (tres Oscars conseguidos) y ha estado casi siempre asociado, en sus incursiones en la gran pantalla, con directores de currículum televisivo (además del citado Lumet y de Mann, con quien Chayefsky volvería a colaborar en un par de ocasiones, también vio sus textos adaptados por gente como Arthur Hiller), e incluso Ken Russell abordó una novela suya (Altered States, en 1980), si bien, a la vista del resultado, Chayefsky decidió declinar toda responsabilidad en el libreto, finalmente firmado bajo el seudónimo de “Sidney Aaron”.
La versión cinematográfica de Marty, fechada en 1955, contó con el mismo guionista (Chayefsky), y el mismo director (Mann) que su versión televisiva, si bien el rol principal recayó en Ernest Borgnine (un actor magnífico al que tuve el horror de descubrir recientemente como invitado estelar en Walker Texas Ranger, teleserie al servicio del impresentable Chuck Norris, pero del cual se ha acordado -y justo es reconocerlo- Sean Penn para protagonizar el segmento dirigido por él e incluido en el filme colectivo, estrenado por la puerta de atrás, 11.09.01). Siempre es un placer ver actuar a Borgnine, y en este caso se hace doble, pues en su carrera no abundan los papeles de protagonista absoluto, como lo es aquí. El actor da vida a Marty, un carnicero del Bronx neoyorkino que vive en un pequeño piso con su madre, y al que todos sus clientes y conocidos aconsejan casarse (haciéndole breves comentarios, en apariencia banales, pero que pueden llegar a herir profundamente). El guión nos adentra en el mundo de los italoamericanos residentes en Nueva York, mostrándonos sus problemas particulares, sin olvidar temas tan universales como la soledad, la presión del entorno social, o las nuevas formas de divertirse de la juventud. Todo ello con respeto y humildad, y, sobre todo, con un auténtico interés, apreciable en cada fotograma, de acercarse al interior de unos personajes que son la antítesis de cualquier modelo arquetípico de “triunfador social”. Son personajes a través de los cuales se nos muestra aquello que Miguel de Unamuno denominaba “la intrahistoria”, un concepto interesantísimo que, por cierto, y al igual que el pensamiento de su autor, merecería ser rescatado del olvido general en el que se encuentra. En este punto, voy a aprovechar para reivindicar la adaptación “unamuniana” llevada a cabo por Miguel Picazo en La tía tula (1964), con el protagonismo de una impresionante Aurora Bautista (la cita al filme de Picazo no es gratuita: hay similitudes entre el tono de ésta y el de Marty).
Tras ser rechazado telefónicamente por una conocida, y de ser ignorado por otra mujer en una sala de baile (secuencias concebidas con gran sensibilidad), Marty conoce, por casualidad, a Clara (Betsy Blair, protagonista, al año siguiente, de la Calle Mayor de Juan Antonio Bardem), una chica con la que puede hablar y estar a gusto, y a la que sus amigos consideran “un perro”. Aunque puede que haya exceso de diálogos entre ambos, su relación incluye escenas tan estupendas como el momento en el que Marty debe elegir entre una juerga desmadrada con sus colegas o seguir con aquella mujer, o el instante en el que se decide a besarla, genialmente interpretado e iluminado (Joseph LaShelle fotografiando). También destaca el impasse en el que un indeciso Marty duda si será mejor volver a llamar, o no, a la chica, y el realizador inserta un lento y emocionante “travelling” que la muestra a ella sentada en el salón de su casa, aguardando a que suene el teléfono, y con el que se nos hace una descripción concisa y precisa de la situación familiar del personaje.
Marty, detallista relato en primer término sobre personajes secundarios del cine y de la vida (siempre según una cierta forma de pensar y de organizarse socialmente, claro), resultó premiado con la Palma de Oro en el Festival de Cannes, convirtiéndose en el primer filme norteamericano en conseguirlo, y también con el Oscar a la mejor película, al mejor guión y al mejor actor, además del premio de la Academia al mejor director para Mann, premio que no considero muy justo pues, tratándose de un apreciable debut en la dirección, el trabajo de Mann transmite algunas inseguridades que no aparecen en las labores de David Lean (nominado ese año por Locuras de verano/Summertime), Elia Kazan (candidato por Al este del Edén), o incluso el Joshua Logan de Picnic (1955).

Hay varias maneras de contemplar Marty, a de las cuales es desde el punto de vista de la sorprendente acogida que tuvo en el momento de su estreno, y que le llevó a lograr el Oscar a la mejor película de aquel año. No vamos a descubrir nada si señalamos que fue un éxito coyuntural y los galardones obtenidos no son más que uno más en la larga relación de discutibles premios de la academia de Hollywood -la lista tiene, sin embargo, títulos mucho peores-, granjeándole un lugar inmerecido en los manuales cinematográficos, al ser la avanzadilla cinematográfica de la denominada “generación de la televisión”, y suponer un aparente contraste a los modos del cine – espectáculo americano de la época.
Pero es que en este mismo sentido, Marty no aporta nada nuevo en su visión sobre la soledad del hombre urbano, que no lo hicieran con mucha mayor contundencia intelectual y dramática, películas de la categoría de Y el mundo marcha (1928, King Vidor) o Soledad (1928, Paul Fejos) -estas en el periodo silente- o Lazos humanos (1945, Elia Kazan) -en una distancia mucho más cercana en el tiempo-. La ventaja de estos títulos -especialmente en los encuadrados en el periodo silente- es que los modos cinematográficos eran infinitamente más creativos, y la mirada revestía tintes más románticos y al mismo tiempo duros, que esta visión finalmente complaciente sobre la integración y los ritos sociales de las clases populares. Es una tendencia que hizo célebre a Paddy Chayefsky, que el tiempo hizo envejecer en sus fórmulas, y que llevó un par de años después a repetir con Delbert Mann en un título tan discursivo como apreciable, La noche de los maridos (1957, Delbert Mann)-.
Medio siglo después de su estreno, cuando las propuestas emanadas por Marty han quedado tan superadas, y cuando al mismo tiempo el lenguaje cinematográfico se ha deteriorado tanto, es quizá donde se pueden apreciar mejor las virtudes y defectos que se alternan en esta película del desigual y eficaz artesano que fue Delbert Mann.
Marty (Ernest Borgnine) es un carnicero de treinta y cuatro años, físicamente poco agraciado, bondadoso y algo simple, que todavía no se ha casado. De hecho, las chicas lo rehúyen, y su vida se desarrolla junto a su anciana madre, viuda y de ascendencia italiana. Sin embargo, una noche y casi de forma casual conocerá a una joven -Clara (Betsy Blair)-. Sucederá en una sala de baile, y tras comprobar que la muchacha ha sido abandonada por su efímero acompañante. El encuentro será el inicio de una velada en la que ambos se conocerán, descubriendo sus rasgos en común, y advirtiendo uno en otro una serie elementos de atracción mutua. La primera noche en que Marty y Clara se divierten, charlando y caminando, revelará el rechazo de la madre del protagonista -temerosa de que la relación la relegue en su vinculación maternal- y también de su mejor amigo. Ello hará dudar a Marty sobre la continuidad de la misma, hasta que finalmente influya finalmente su decisión totalmente personal.
Más allá de su condición de “reliquia para la historiografía cinematográfica”, creo que con el paso del tiempo Marty se revela como un título tan modesto como apreciable. Esa ausencia de trascendentalismo, el aire de historia sencilla, permite que dejemos de un lado su escasa enjundia dramática -lo que peor ha envejecido en el filme-, y quede una eficaz descripción de determinados ambientes populares y, sobre todo, una historia realizada con bastante sensibilidad por Delbert Mann. Cierto es que posteriores muestras del cine de esta generación de cineastas fueron más atrevidas en esta vertiente, pero no es menos evidente que en otros tantos ejemplos, el efectismo o lo discursivo tuvo una mayor presencia en la pantalla.
Por el contrario, en este caso predominará la sencillez, realzada por una excelente fotografía en blanco y negro de Joseph LaShelle y una brillante escenografía que se centra en el hogar de Marty, la sala de baile y unos exteriores urbanos nocturnos que son brillantemente utilizados por el director, al cual es evidente le sobró la famosa estatuilla lograda en aquella ocasión, pero que en sus primeros años en la profesión revelaba una capacidad innata para la dirección de actores y una especial sensibilidad para la expresión de situaciones dramáticas de matiz psicológica, que alcanzó su mayor exponente en Mesas separadas (1958). Ello se produce en los mejores momentos de Marty, en los que con verdadera elegancia se plantea una conversación entre la madre y la tía del protagonista, donde reflexionarán ante su cercana decrepitud, los choques de Marty y su madre -con el latente rechazo de esta a la chica que el protagonista ha conocido-, los paseos de Marty y Clara en los que ambos buscan un encuentro en quien tienen enfrente, el instante en que este le pide por primera vez a Clara -que ha salido al exterior y llora al comprobar que la han dejado plantada- que baile con él, la alegría de nuestro protagonista -casi bailando en medio del tráfico al sentir que una chica se interesa por él-, o ese “travelling” que nos muestra a Clara en su aburrido entorno familiar, contemplando la televisión y con su semblante lleno de lágrimas al ver que Marty no le ha llamado para confirmar la cita que quedó pendiente el día anterior.
No todo en Marty tiene la misma delicadeza, la pareja que provocan que su tía vaya a vivir a casa de la madre de nuestro protagonista, se nos antoja demasiado formularia, como esquemática es la galería de amigos de este -que dentro de sus similares características, estuvieron mejor definidos en la ya citada y posterior The Bachelor Party. Sin embargo, con la brillante labor de todo su “cast”, aunque en ciertos momentos se observe una cierta sumisión al “show” personal de Borgnine, y con esa mirada limitada pero sensible, concluye en una película pequeña, sencilla, nada grandiosa, pero finalmente atractiva.