Director: Nicholas Ray. 1955. EE. UU. Color
Intérpretes: James Dean (Jim Stark), Natalie Wood (Judy), Sal Mineo (Platón), Jim Backus (Padre de Jim), Ann Doran (Madre de Jim), Dennis Hopper (Goon)


Tras haber sido arrestado por borrachera y desorden público, Jim Stark, un taciturno adolescente, se dispone a asistir a clase en su nuevo instituto. En su primer día conoce a Judy, hace amistad con Platón, un muchacho huérfano, y se ve forzado a aceptar el desafío de Buzz, el jefe de una pandilla. Ambos se lanzan a una carrera en coche hacia unos acantilados, pero, justo antes de saltar, Buzz se engancha con el asa de la puerta y se precipita hacia el vacío. Desoyendo el consejo de sus padres, Jim da parte a la policía. El intento de encontrar un lugar donde refugiarse, en compañía de Judy y Platón, fracasa al ser atacado este último por la pandilla de Buzz, que trata de vengarse. Platón mata de un disparo a uno de sus atacantes y se esconde en el planetario. El edificio es rodeado por la policía y Jim trata de convencer a Platón de que se entregue. Sin embargo, cuando finalmente accede a hacerlo, es abatido a tiros por la policía.
El nacimiento del cine moderno
Significancia de un clásico. La causa del rebelde
Las mismas palabras que empeló John Elliot para referirse a la Cataluña del XVI, ahogada por el modelo de Estado impuesto por Felipe II, pueden aplicarse a los Estados Unidos de mediados de los 50. Era una sociedad desarmada. No es así si uno se detiene a analizar las grandes estructuras históricas, pero las aproximaciones macrosociales tienden a ser excesivamente abstractas y en última instancia mentirosas cuando se enfrentan a la individualidad, o como mínimo alejadas de la verdadera realidad. Lo mismo que en Rebel el contraste de la vida explicada a través del planetario no tiene nada que ver con la que viven las personas como entidad individual. “Que sabrás de la soledad!”, exclama Plato al escuchar las explicaciones sobre la formación de la tierra.
Resumiendo mucho, gracias a la reconstrucción de la Europa devastada por la guerra, los Estados Unidos gozaban de un enorme potencial económico y con la implantación del sistema monetario de Breton Woods el dólar se convirtió en algo así como un cheque en blanco para el país norteamericano. El consecuente “boom” económico supuso una homogeneización de la sociedad americana, el “american way of life” está en pleno auge y los trabajadores de camisa blanca y los hombres de traje gris poblaban el país.
Con ese telón de fondo, la sociedad adulta americana no podía entender como los jóvenes de su país podían abandonarse a la delincuencia, más aún cuando estos pertenecían a clases burguesas acomodadas que, en principio, no deberían tener ningún gran problema, una causa que justificara su rebeldía. En 1955, año de realización de Rebelde sin causa, Albert K. Cohen escribe “Delinquent Boys. The culture of the gang”, la beat generation tiene su paradigma en la novela On the road de Jack Kerouac, comienzan a sonar las rebeldes notas del rock’n'roll de Elvis con “Heartbreak Hotel” y Chuck Berry empezaba a derribar muros con Johnny B. Goode. En definitiva la cultura no era ajena a esa situación de desconcierto, de necesidad de mantener una actitud resistente hacia un mundo que no era el que querían.
El cine americano no le dio la espalda a las circunstancias, un año antes Laslo Benedeck dirigió a Brando en ¡Salvaje!, pero en 1955 coinciden, no por casualidad, cuatro filmes que expresan el sentimiento social de entonces; Richard Brooks rodó Semilla de maldad (1955), Elia Kazan filmó una de sus obras maestras, Al este del Edén (1955) y Joshua Logan dirigió uno de sus filmes más conocidos, Picnic (1955). En esos tres filmes se recoge la misma idea que magistralmente desarrollará Nicholas Ray en su Rebelde sin causa (1955).

Este contraste es sin duda el ejemplo que muchas veces el sentimiento o la propia historia de una sociedad jamás debe ser en paralelo a su cultura, algo que algo pasaba era evidente, pronto vendrían los años 60 y Ray lo plasmó magistralmente. Nos encontramos pues ante una obra que si bien podría ser coyuntural ha traspasado cualquier límite y se ha convertido en referente de un sentimiento universal, sin entrar de momento, en el análisis que ha supuesto para la cinefilia el filme protagonizado por Dean.
Jim Stark (James Dean) es un muchacho antisociable que mantiene una actitud conflictiva con sus familiares.
Judy (Natalie Wood) se ha escapado de su casa y Platón (Sal Mineo), es un joven solitario que no cuenta con el afecto de sus padres. Los tres coincidirán en una comisaría.
Rebelde sin causa es una magnífica película de Nicholas Ray centrada en la soledad del adolescente incomprendido y aislado de la sociedad debido a su desarrollo en un ambiente propicio al trauma emocional, por la absorción de complejos y miedos ajenos, los cuales se intentan expulsar mediante el empleo de la violencia y el abandono.
La desavenencia y la ausencia de indulgencia generacional que provocan una atormentada angustia vital se ansían superar con la búsqueda de afecto y complicidad en figuras externas al entorno familiar, a las que ensalzar hasta la idolatría.
Tres jóvenes almas solitarias con sus diversas problemáticas derivadas de un tronco común se dan cita una misma noche en una comisaría de policía.
Sus vidas posteriormente se unirán en una búsqueda inconsciente de desahogo existencial. La carestía de cariño y la apatía de sus progenitores harán de un viejo caserón abandonado un palacio nocturno de identificación y apego mutuo.
El cromatismo que inunda unas encarnadas imágenes, el tratamiento del scope y la partitura de Leonard Rosenmann son elementos de un conjunto con el que Nicholas Ray, preocupado siempre por el devenir y las circunstancias de la juventud, construye un afligido drama generacional, imbuido de momentos líricos y dotado de una tensión y fuerza dramática extraordinaria.





