JUBAL

Película estrenada entre 1956

Director: Delmer Daves. 1956. EE.UU. Color

Intérpretes: Glenn Ford, Ernest Borgnine, Rod Steiger, Valerie French, Felicia Farr, Charles Bronson, Jack Elam


El forastero Jubal Troop (Glenn Ford) es recogido por el ranchero Shep Horgan (Ernest Borgnine) cuando estaba a punto de morir de sed y de hambre. Lo conduce a su rancho y se lo presenta a sus vaqueros Sam, Carson y Pinky. Este último desde el primer instante muestra su antipatí­a por el recién llegado y le aconseja que no se quede allí­ a trabajar, pero al poco tiempo es nombrado capataz por el dueño (Ernest Borgnine) y la joven mujer de éste (Valerie French) se enamora del recién llegado.


“Jubal Troop” (Glenn Ford), un solitario vaquero de oscuro pasado, llega a un rancho en el cual rápidamente consigue trabajo.

Mae Horgan (Valerie French), la bella esposa de Shep (Ernest Borgnine), el propietario de la hacienda, pronto se fijará en él. Un sólido western, escrito y realizado por un Delmer Daves en estupenda forma, quien adapta la novela de Paul Wellman, “Jubal Troop”, influenciada por el drama “Otelo” de William Shakespeare.

Dos hombres significados por su bonhomí­a, encarnados de manera estupenda por Ernest Borgnine y Glenn Ford, son arrastrados por las maledicencias de un fenomenal Rod Steiger y una sensual Valerie French hasta una situación lí­mite, en un urgente término que será utilizado como medio de redención para unos caracteres llenos de matices y acertadamente perfilados por el veterano artesano Delmer Daves.

Esta pasional historia, mecanizada por los celos enfermizos y el deseo como focos principales de la acción, presenta un espléndido plantel de actores, ya que junto a los nombres citados, hallamos en su reparto a importantes intérpretes como Jack Elam, Felicia Farr o un joven Charles Bronson.

“Jubal” fue la primera asociación cinematográfica entre su director y el actor Glenn Ford, quienes colaborarí­an posteriormente en los westerns El tren de las 3:10 (1957) y Cowboy (1958), tí­tulos que junto a Jubal, conforman tres buenos ejemplos del intenso tratamiento que Daves otorgaba a sus imágenes, en una filmografí­a irregular pero no carente de interés.



Muchas veces, la mirada es la mejor aliada para el disfrute de una gran pelí­cula. Realmente siempre debiera ser el elemento base a la hora de valorar cualquier filme, pero también es cierto que en no muchas ocasiones ni siquiera puede ponerse en práctica este enunciado. Viene esta digresión a la mente a la hora de comentar un western en el que precisamente esa misma mirada serí­a su mejor valedor. Creo que cualquier buen aficionado al cine tendrí­a que asumir que en la figura de Delmer Daves se da cita un realizador de primera fila al que -y al menos en esto hay un cierto consenso, aunque tamizado en un profundo olvido- nadie le puede negar haber firmado una de las aportaciones más personales, valiosas y contundentes al género norteamericano por excelencia -el cine del Oeste-.

Uno de estos exponentes -y entre los tí­tulos suyos que he contemplado quizá solo lo podrí­a superar El tren de las 3:10 (1957)- es la magní­fica Jubal (1956, Delmer Daves), que ya desde sus primeros compases proporciona a cualquier espectador los suficientes elementos de interés como para prender su atención. Una atención que va creciendo con tintes nobles, honestidad, y briosos lazos cinematográficos, desde el momento en que contemplamos la caí­da por una pendiente del jinete Jubal Troop (estupendo Glenn Ford), siendo recogido por parte de Shep Horgan (Ernest Borgnine). Jubal es un jinete que siempre se ha caracterizado por su mala suerte, una infancia desgraciada -que solo se atreverá a recordar en un momento de especial intensidad-, y su tendencia a huir de situaciones negativas, habiendo tenido incluso que trabajar como pastor de ovejas -la profesión más denigrante para cualquier hombre del Oeste, y que delatará ante sus nuevos compañeros en su olor corporal-. Por su parte Shep es un rudo pero noble propietario de un rancho que acoge a Troop y pronto comprueba su capacidad de trabajo y lealtad, ya que lo ha admitido a sus órdenes. Esa lealtad le llevará a nombrarlo como capataz, aunque ello no sirva más que para acentuar las reticencias que desde el primer momento le ha ofrecido uno de los más veteranos hombres de Shep. Se trata de Pinky (Rod Steiger), hombre de pocos escrúpulos y que siempre ha demostrado su desprecio hacia Jubal. Unas vibraciones negativas que se acentuarán al ver como el recién llegado ocupe una responsabilidad que este siempre habí­a ambicionado.

Pero con ser agorero el panorama para nuestro protagonista, aún se planteará de forma más compleja ante el atractivo que este ejerce ante la sensual esposa de Shep -Mae (Valerie French)-. Esta no deja se despreciar a su marido y al mismo tiempo provocar a Troop, aunque este en todo momento rechace sus insinuaciones, fundamentalmente basadas en la lealtad que siente hacia la persona que le ha demostrado confianza, amistad y apoyo -algo que sabemos ha sido inhabitual en su vida-.

Son muchas más las implicaciones que ofrece el excelente guión de Jubal -obra de Russell S. Hughes y el propio Daves, basados en una novela de Paul Wellman-, pero fundamentalmente estos se expresan en uno más de esos clásicos enfrentamientos propios del western de su realizador, en los que se entremezcla el peso de un pasado, de unas culturas y unos comportamientos, centrados fundamentalmente en el conflicto planteado por una explí­cita sexualidad y la presencia de un sentimiento religioso que en esta ocasión está representado por ese grupo de viajeros creyentes que encabeza el veterano Shem Hoktor (Basil Huysdael). Será este un colectivo al que en un momento determinado Jubal ayudará y de los que poco tiempo después recibirá la justa compensación a sus esfuerzos, cuando una vez más haga acto de presencia en su vida esa fatalidad que hasta entonces le ha ido acompañando, y que quizá precisamente a raí­z de la inflexión que supone ese propio encuentro con dicho colectivo, finalmente quede como parte de su pasado vital. En ellos encontrará la ayuda incondicional pero al mismo tiempo la presencia de un amor, representado en la figura de Naomi (Felicia Farr, futura esposa de Jack Lemmon), hija del ya mencionado Shem.

Jubal tiene a su favor numerosos factores que lo acreditan como uno de los grandes westerns del último periodo dorado del género en el cine norteamericano. Desde el primer instante se percibe en sus imágenes una extraordinaria presencia visual que se hace evidente en un espléndido uso del cinemascope, la vitalidad cromática de todas sus imágenes, la ausencia de subrayados, la precisión y trazos psicológica de todos los personajes de la pelí­cula, que permiten que de forma constante el interés de la historia vaya “in crescendo” y con cuya progresión en todo momento nos veamos interesados por lo que se nos relata, por los vaivenes de los seres que pueblan la historia, enmarcados además en una mirada serena y en un espacio fí­sico que adquiere en esta pelí­cula -como realmente en todos las muestras de este género firmadas por Daves-, una enorme fuerza y protagonismo. Y como un simple ejemplo para ratificarlo podrí­amos citar las bellí­simas secuencias en las que Jubal confiesa en plano medio y teniendo como fondo destacado la presencia de un lago, las terribles circunstancias que le sucedieron con siete años de edad, viendo como morí­a su padre al tratar de salvarlo de perecer ahogado, mientras su madre le miraba sin mediar interés alguno y finalmente confesándole que deseaba que muriera -fue un hijo no deseado-. Más allá del carácter terrible de la confesión hecha a Naomi, y de la fuerza de Glenn Ford imprime a su personaje, la efectividad de la secuencia estriba precisamente en su plasmación con un fondo visual que rememora con exactitud el terrible hecho, integrándolo dentro del conjunto de la pelí­cula.

Podrí­amos citar muchos ejemplos a ese respecto, con momentos caracterizados por un aire casi mí­stico -el instante en el que la caravana de viajeros religiosos se ponen de parte de Jubal tras haberlos defendido este previamente-, o el acentuado telurismo del conjunto de sus secuencias -como la ya señalada que sucede junto al lago-. Pero quizá cabrí­a destacar la intensidad que adquieren las secuencias finales -auténticamente magistrales-, como colofón de la pelí­cula. En concreto tras la muerte de Mae y el descubrimiento de la culpabilidad de Pinky, este cae rodeado por los vaqueros que le acompañaban y una leve grúa ascendente nos muestra un gancho que presumiblemente servirá para terminar con su vida. Sin diálogo alguno, Jubal finalmente se marchará con esa mujer llamada Naomi y que para él representa la inocencia y oportunidad de una nueva vida. Así­ finaliza una de las más grandes aportaciones cinematográficas de un realizador aún por descubrir, y que en bastante de los elementos temáticos que conlleva, le servirí­a para ejercer como precedente de otra de sus brillantes aportaciones al género. Me estoy refiriendo a El árbol del ahorcado (1959), con la que comparte bastantes similitudes.


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