LOS DIEZ MANDAMIENTOS (The Ten Commandments)

Película estrenada entre 1956

Director: Cecil B. DeMille. 1956. EE.UU. Color

Intérpretes: Charlton Heston (Moisés), Yul Brynner (Ramsés), Anne Baxter (Nefertari), Edward G. Robinson (Datán,) Yvonne De Carlo (Séfora), Debra Paget (Lilia), John Derek (Josué), Sir Cedric Hardwicke (Setí­), Nina Foch (Bithiah), Martha Scott (Jezabel), Judith Anderson (Memet), Vincent Price (Baca), John Carradine (Aarón), Ian Keith (Ramsés I)


En el Imperio egipcio, miles de esclavos, muchos de ellos famélicos, se ocupaban de la construcción de todo tipo de monumentos, ya sean religiosos o civiles.
En esta ocasión nos hallamos en pleno perí­odo del Imperio Nuevo y dentro de esos siervos, encontramos a un buen número de ellos pertenecientes a la raza hebrea, una estirpe autoconsiderada como el pueblo elegido por Dios que anhelan la fecunda tierra prometida y la llegada de un gran libertador que los redima del yugo egipcio.
Este último pueblo, marcado profundamente por sus convicciones religiosas politeí­stas (a excepción del perí­odo de Amenofis IV con Atón) en donde se rinde culto a un buen número de dioses zoomorfos, Horus, Ra o Thot, es confrontado ante un clan monoteí­sta con un Dios sin formas, pero muy presente en el quehacer de sus actividades cotidianas. Dentro de esa coyuntura, un niño abandonado en el rí­o Nilo será adoptado por la hermana del poderoso faraón, crecerá y se convertirá en un triunfante prí­ncipe egipcio, pero con el tiempo y después de descubrir su verdadero origen, se transmutará en el mesiánico lí­der que conduzca el éxodo del oprimido pueblo judí­o desde tierras egipcias hasta Canaán.

El maestro de los filmes colosalistas, que paradójicamente comenzara su carrera en el cine mudo con innovadores filmes melodramáticos de la significación de La marca del fuego (1915) realiza con esta su última pelí­cula, un suntuoso remake de un tí­tulo dirigido por él mismo y que ya habí­a conocido un gran éxito de público en el lejano año de 1923.

Gran narrador cinematográfico, que sabe manejar como nadie las escenas de grandes masas y otorgar un buen ritmo a pelí­culas de extensí­simo metraje, dota a la cinta con un excelente trabajo de producción y ambientación, gracias a esos monumentales decorados de cartón-piedra que recrean con exactitud el ambiente del Egipto antiguo.

La solemnidad que preside el conjunto, tanto en las actuaciones como en el tono, perjudica levemente la acción del filme, un filme con un glorioso reparto en el que se descubren dos corrientes, la melodramática y la épica-bí­blica y varios temas, el sentido de la libertad, el poder y la ambición o la búsqueda del propio destino.

Los diez mandamientos es un colorista viaje por la historia del levita Moisés, que contiene momentos realmente deslumbrantes, como por ejemplo la aparatosa y asombrosa apertura del Mar Rojo ante el paso del pueblo hebreo, escena clave de un buen espectáculo que ya es todo un clásico del género bí­blico.


Espectacular superproducción, “remake” del propio filme que DeMille realizó -en versión silente- en 1923. Rodada en Egipto y en el monte Sinaí­, con uno de los decorados más colosales jamás construidos para una pelí­cula.

Egipto, Perí­odo del Imperio Nuevo, miles de esclavos se ocupan de la construcción de todo tipo de monumentos, religiosos o civiles; entre ellos hay un buen número pertenecientes a la raza hebrea, autoconsiderada el pueblo elegido por Dios, que espera la llegada del libertador que los libre del yugo egipcio y les lleve a la tierra prometida. El pueblo egipcio, marcado profundamente por sus convicciones religiosas politeí­stas que rinde culto a un buen número de dioses zoomorfos, Horus, Ra o Thot, es confrontado por un clan monoteí­sta con un Dios sin formas, muy presente en el quehacer de sus actividades cotidianas.

Esta versión narra la historia del recién nacido Moisés es recogido del rí­o por la hija del faraón, Bithiah. Ella lo adopta y lo crí­a en la corte real. Cuando Moisés ya es mayor, se gana el aprecio del faraón Sethi, hermano de Bithiah -lo convierten en un prí­ncipe egipcio- y de la princesa Nefertari, lo que disgusta al hijo heredero del faraón, Ramsés. Pero Moisés un dí­a descubre su verdadero origen hebreo y conoce a su familia, lo cual lo lleva a dejar su vida como prí­ncipe y se vuelve esclavo.

Moisés salva de la muerte a otro esclavo, Josué, al asesinar al arquitecto Baca, y es expulsado de Egipto por el faraón Sethi. El desdichado tiene que cruzar el desierto para llegar a tierras de los pastores de Madian, y se convierte en pastor y forma una familia. Pero el deseo de Dios es que libere a los hebreos de la esclavitud, y un dí­a llama a Moisés por medio de un matorral ardiendo y le revela su Santa Palabra.

Moisés regresa a Egipto y hace caer las terribles plagas preparadas por Dios, ya que Ramsés el nuevo faraón no escucha razones. Cuando los judí­os en Egipto escuchan la revelación de Dios, Moisés guí­a a su pueblo hacia el desierto. Sin embargo, Ramsés se resiste a perderlos y decide acabar con los hebreos. Pero el poder divino es muy grande y Ramsés pierde todo su ejército en el Mar Rojo al ser cubiertos por las aguas.

Así­, Moisés termina convertido en un mesiánico lí­der que conduce a los hebreos liberados hacia una tierra prometida por Dios, y muere en paz proclamando la libertad a toda la tierra y a los habitantes de ella.




La colosal pelí­cula de Cecil B. DeMille sigue siendo hoy en dí­a una de las más representativas de ese tipo de cine grandilocuente, en donde la magnitud de la historia que narra se ve acompañada por un tratamiento visual sumamente espectacular, repleto de escenas de masas, de decorados gigantescos y de efectos especiales impresionantes teniendo en cuenta el año en que se rodó la pelí­cula (1956), y que sigue siendo en nuestros dí­as un fantástico ejemplo de lo bien que pueden resultar los efectos especiales realizados de manera “artesanal”, pero con muchí­simo ingenio.


Aunque sólo obtuvo 1 Oscar a los mejores efectos especiales (John Fulton), estuvo nominada en otras 6 categorí­as.




La carrera como director de Cecil B. DeMille está plagada de grandes éxitos de taquilla, aunque abarcando un gran abanico de géneros y una norma común para todos ellos, el espectáculo por encima de todo.



En el caso que nos ocupa, Los Diez Mandamientos no es una excepción, y las escenas espectaculares se apoderan por completo de la pelí­cula, y más aún teniendo en cuenta que las pocas escenas intimistas del filme, como por ejemplo el encuentro entre Moisés y su verdadera madre, no son del todo convincentes. Pero por suerte para DeMille el cine es ante todo, imagen (recordemos que empezó siendo mudo), y visualmente hablando, la fuerza de la pelí­cula es notable. Como consecuencia de lo dicho es indudable que los mejores momentos del filme coinciden con las secuencias más espectaculares, como: la construcción y colocación del obelisco en la ciudad de Gocen, el éxodo, la persecución del faraón y la secuencia del Mar Rojo.

A pesar del gran éxito comercial de la pelí­cula, y debido a su elevada edad, ésta fue la última que dirigió DeMille, aunque continuó su carrera como productor.



Una de las caracterí­sticas principales de la pelí­cula, al igual que sucede en otras muchas obras de Cecil B. DeMille, es su uso del color, que llega a ser tan llamativo, como a veces exagerado, pero siempre con la premisa de incrementar la vistosidad.







Sin tratarse de una pelí­cula con la calidad artí­stica suficiente para repasarla una y otra vez sin cansarnos de ella, sí­ que resulta adecuado tenerla a mano para verla de vez en cuando, porque el cine como primera premisa debe entretener, y eso es algo que sin duda logra Los Diez Mandamientos.







La secuencia del éxodo resultó muy complicada de rodar, ya que se contó para ella con 12.000 extras y unos 15.000 animales.

Según se dice, DeMille escogió a Charlton Heston por su gran parecido con la estatua que esculpió Miguel Ángel sobre la figura de Moisés.






Para la separación del Mar Rojo se filmó el vertido de 1.350.000 litros de agua en un tanque, de tal forma que proyectándose luego al revés daba la sensación de que se separaba.

El decorado de la ciudad de Gocen es uno de los más gigantescos jamás construido.


La pelí­cula fue rodada en Egipto y en el monte SINAB.

El coste total del rodaje fue de 13 millones de dólares, pero recaudó más de 80.





Los Diez Mandamientos es el legado -fue su última cinta como director- de más de cuarenta años de realizar pelí­culas de un director que sabí­a cómo entrar al público. Fiel a sus costumbres, aquí­ vemos escenarios pintados, escenas de orgí­as de masas caracterí­sticas de DeMille, partituras musicales soberbias, exteriores filmados en estudios, y el tema de la pretensiosa religiosidad.


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