AL SUR DEL PACÍFICO (South Pacific)

Película estrenada entre 1957-1958

Director: Joshua Logan. 1958. EE.UU. Color

Intérpretes: Rossano Brazzi (Emile de Becque), Mitzi Gaynor (Enfermera Nellie Forbush), John Kerr (Teniente Joseph Cable), Ray Walston (Luther Billis), Juanita Hill (Bloody Mary), France Nuyen (Liat), Russ Brown (Capitán George Brackett), Jack Mullaney (El Profesor), Ken Clark (Stewpot)


Narra la historia de un grupo de marines norteamericanos destinados a una isla del Pací­fico durante la II Guerra Mundial, centrada en los romances de dos parejas.


Convencional adaptación de un musical de 1949

La acción principal tiene lugar en una isla indeterminada del Pací­fico Sur en 1943, poco después de la ocupación americana de las Islas Salomón, desde las que iniciaron la ofensiva sobre el Pací­fico central. Mientras los marines esperan el momento de emprender su misión, montan fiestas y espectáculos de entretenimiento, en torno a los cuales se desarrollan dos historias de amor: la de la ingenua enfermera de la Marina, Nelly Forbush (Mitzi Gaynor) con el dueño de una plantación, Emile de Becque (Rosano Brazzi), francés, de mediana edad, y la del inmaduro teniente Joseph Cable (John Kerr) con la nativa Liat (France Nuyen).

La pelí­cula aporta un relato breve sobre el que apoya números musicales de gran éxito en su momento. La música es el centro de atención del filme y su verdadero protagonista. Los dos romances que la acompañan aportan, entre otras cosas, la defensa del amor interracial y la crí­tica de las actitudes racistas y xenófobas, como las ligadas a los prejuicios de Nelly con los hijos mestizos de Emil y de Joe, que acepta a Liat como amante, pero no como esposa. Los dos romances se ven envueltos en circunstancias adversas, como es habitual en las obras de Logan. Como en Picnic, (1955), el autor hace una generosa exhibición de torsos masculinos desnudos, aprovechando la mayor permisividad de la censura y buscando el favor del público femenino. Se añaden puntos de comicidad a cargo de Luther Bills (Ray Walston). En el trasfondo del filme se palpa la tragedia de la II Guerra Mundial.

La música, de Richard Rodgers, incluye canciones del show teatral original. Las composiciones son solemnes, románticas y convencionales. La fotografí­a, de Leon Shamroy (Cleopatra, 1963), hace uso de primeros planos no muy cerrados, brillantes travellings aéreos y terrestres, magní­ficas vistas aéreas y luces filtradas que tiñen de color monocromo (dorado, azul o rosa) varias escenas, imitando la iluminación del espectáculo teatral. Trata con gran respeto la muerte de Cable. El guión combina canciones, romances difí­ciles y un lance de espionaje que eleva la tensión dramática hacia el final del metraje. La interpretación de Mizzi Gaynor es adecuada. Brazzi y Kerr cumplen, pese a sus limitaciones expresivas. La dirección crea una combinación atractiva de romance, drama y música, aunque ésta tiene un peso posiblemente excesivo. La obertura, sin imágenes, ocupa más de 3 minutos.

La pelí­cula cosechó un buen éxito de público y crí­ticas poco favorables. Cayó, después, en el olvido.


Quizá hablar en nuestros tiempos de la personalidad cinematográfica -y en buena medida, teatral, faceta en la que sus éxitos fueron casi legendarios-, de alguien como Joshua Logan pueda parecer algo casi arqueológico. Máxime cuando además somos muy pocos los que sentimos una especial admiración por su no demasiado extensa obra como director de cine. Es curioso a este respecto señalar como la misma ofrece tí­tulos tan mí­ticos -y a mi juicio estupendos-, como Picnic (1955), Bus Stop (1956), Camelot (1967) o La leyenda de la ciudad sin nombre (1969), que en su momento era uno de los realizadores más cotizados por las grandes estrellas -Marilyn Monroe lo tení­a en su lista de directores que deseaba que la dirigieran-, o que legó pelí­culas tan olvidadas como Fanny (1961) -que personalmente considero su obra cumbre-.

Para aquellos que apreciamos su cine, encontramos sus cualidades fundamentalmente en la intensidad de las propuestas sentimentales expuestas en sus imágenes. Pocos realizadores del Hollywood de su época podí­an competir con Logan a la hora de mostrar en sus pelí­culas una inusual sensualidad y delicadeza entre sus personajes. Ese “don” cinematográfico se manifestó desde su inicial Picnic -aunque anteriormente ya habí­a codirigido una poco conocida comedia-, y desde entonces el cine del norteamericano se caracterizó por unas constantes dramáticas y estéticas que se pueden expresar en un sentido pictórico del color -puede que nos encontremos con el director americano que más lejos llegó en esas propiedades cromáticas-, utilizando para ello operadores de fotografí­a de reconocido prestigio. En todas sus pelí­culas se plantean de forma muy especial amores inicialmente adversos en sus circunstancias. La fuerza melodramática del amor será uno de los elementos vectores de su cine, para este uno de los ocasionales colaboradores de uno de los grandes maestros del género: Frank Borzage.

Y el otro elemento clave de sus pelí­culas fue el dominio y entrega que lograba de sus intérpretes -jóvenes o veteranos-. Y es preciso señalar que sus logros en esta faceta son tan grandes, que en sus obras logró que actores tan poco estimulantes como Cliff Robertson, Rossano Brazzi, Horst Bucholtz, Franco Nero o el propio Clint Eastwood lograran trabajos solventes e incluso brillantes, a los que habrí­a que unir las “performances” que lograba de nombres de probado talento, tanto en la vertiente de intérpretes de carácter como en las estrellas jóvenes, a las que lograba insuflar un enorme erotismo en sus trabajos. Logan se caracterizó en buena parte de su labor en la pantalla, la traslación de textos escénicos generalmente recreados con éxito en el teatro musical norteamericano. Con ello atraí­a a unos públicos acostumbrados a las melodí­as de Richard Rodgers y Oscar Hammerstein II muy cercanas al gusto popular e inclinándose por lugares exóticos y tratamientos paternalistas de temas importantes.

A partir de este preámbulo, se puede entender la presencia de Al sur del Pací­fico como una apuesta destinada a ser exhibida en la pantalla en el temible formato Todd-Ao -afortunadamente de tan escasa vigencia-. Para ello se puso en rodaje una exitosa opereta de Rodgers y Hammerstein II -como era lógico, ya llevada a los escenarios por el propio Logan-. En esta ocasión deberí­a ofrecerle tratamiento cinematográfico. Y siendo esta su cuarta pelí­cula, el realizador ya se encontraba a gusto tratando melodramas de entorno interracial -que tuvieron una corriente muy amplia en el cine de aquellos años, y que el mismo director ya habí­a abordado en su reciente Sayonara (1957)-.

Aunque logró un gran éxito comercial en su momento, Al sur del Pací­fico recibió una frí­a acogida crí­tica, siendo hasta entonces el primer gran batacazo en este sentido sufrido por su artí­fice. Pero dejémonos de prejuicios, de las limitaciones que impone un subgénero como la opereta o la timidez que se detecta a la hora de abordar la discriminación racial. Dejémonos igualmente de acusar al filme de Logan de ser una simple “postal turí­stica”, o la visión simplificadora que se ofrece del conflicto de guerra expuesto. Para aquellos que nos sentimos defensores de su cine, cabe decir en concreto sobre esta pelí­cula, que su gama cromática es una de las mas hermosas, compensadas, densas e incluso inclinadas a una vertiente “fantastique” que se recuerdan, con la que justificarí­amos el recurso a unas imágenes teñidas de diferentes colores, que quieren exteriorizar los estados de ánimo de sus principales personajes.

Al sur del Pací­fico se valora y se siente, interesa y en sus mejores momentos, incluso emociona, partiendo de la plena asunción de las limitaciones de su material de base, y no renunciando -al contrario, potenciando- esos rasgos de aparente “tarjeta postal” que se subliman precisamente a través de la intensidad de una puesta en escena basada en la utilización de los elementos dramáticos puestos a su disposición. Y es que si en este caso puede aducirse que hay un exceso de canciones -aunque algunas de ellas son bellí­simas, y eso que no soy precisamente un fervoroso del cine musical-, lo cierto es que no interfieren en el desarrollo dramático de una pelí­cula – espectáculo de primer orden, que se sigue con creciente interés, y en la que precisamente las melodí­as sirven para expresar los sentimientos y emociones de sus protagonistas.

Pero también lo hacen otros elementos consustanciales a los modos fí­lmicos de Logan. Desde ese cromatismo y luminosidad de su puesta en escena, la peculiar disposición de los actores en las secuencias corales, la nada chirriante combinación de melodrama y comedia, la pureza de su intensidad dramática, la fuerza de la dirección de actores -que destaca en la utilización de intérpretes en teorí­a tan poco estimulantes como Rozando Brazzi o John Kerr, de los que logra casi de forma mágica instantes de verdadera brillantez-. Pero es quizá esa muestra del realizador de saber plasmar con auténtica fuerza, la aparentemente sencilla utilización de los recursos expresivos de los que dispone a su alcance, para transmitir con una mirada, uno de sus inolvidables primeros planos -en esta ocasión no tan cerrados como en anteriores pelí­culas suyas-, o un leve movimiento de cámara. Trasladar con ellos esa historia aparentemente banal de unos seres que se atraen y por cobardí­a -envuelta de atavismos racistas-, impiden que su atracción se consuma. Y son muchos los ejemplos que hablan bien a las claras en las imágenes de esta pelí­cula de esos sentimientos encontrados, y que nos hacen olvidar de ese abuso de filtros de color o en algunas estáticas composiciones musicales pobladas por musculosos marines. En esa lí­nea podrí­amos citar la irresistible sensación de felicidad que se transmite en la secuencia -parcialmente acuática- entre Joe Cable (John Kerr) y Liat (France Nuyen), el rechazo que instintivamente se produce por parte de Mitzy Gaynor cuando se entera que Rossano Brazzi ha tenido una esposa polinesa antes de conocerla a ella, o al elegancia con la que se muestra la muerte de Joe. Negar esa maestrí­a de Logan es no apreciar algo que se describe con claridad meridiana, y que pocos hombres de cine de su tiempo podí­an igualar.

No obstante, no todo alcanza el mismo nivel en la pelí­cula -fundamentalmente creo que pierde intensidad en los momentos corales, aunque en esa vertiente nos ofrezca la estupenda secuencia de la fiesta del dí­a de acción de gracias-, pero he de reconocer que con Al sur del Pací­fico me he llevado una grata sorpresa y el descubrimiento de un tí­tulo poco apreciado y a defender, que me ratifica en mi estima hacia la trayectoria de su realizador.

Y en él hay un elemento que siempre he detectado en sus pelí­culas, que en sí­ mismo no es ni cualidad ni defecto. Este no es otro que su tratamiento del erotismo masculino, cercano a una estética “gay”. Su forma de elegir, embellecer y fotografiar a guapos actores -a los que sirve en ocasiones con unos modos casi viscontinianos-, en esta ocasión se patentiza en la presencia casi constante -y de forma algo chirriante- de atractivos marinos con el torso desnudo -del que el personaje que encarna John Kerr serí­a el ejemplo más evidente de este enunciado-.


 


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