CENIZAS Y DIAMANTES (Popiól i diament)

Película estrenada entre 1957-1958

Director: Andrej Wajda. 1958. Polonia. B/N

Intérpretes: Zbigniew Cybulski, Ewa Kryzewska, Waclaw Zastrzezynki


Polonia 1945, justo tras concluir la II Guerra Mundial. La situación polí­tica y social es caótica, y el idealismo cede el paso a diversas formas de anarquí­a y extremismo. El protagonista es un joven que milita en un grupo ultranacionalista y recibe el encargo de asesinar a un importante comunista; pero el joven conoce el amor y en pocas horas sus certezas se pulverizan. Sin embargo, la muerte sigue siendo la única alternativa aparente…

Un clásico no ya de la cinematografí­a polaca, sino de la historia del cine, que hizo un í­dolo de Zbigniew Cybulski, entonces apodado “el James Dean polaco”, y poco después fallecido trágicamente cuando intentaba subir a un tren en marcha.

Es la tercera pelí­cula que forma su “trilogí­a bélica”. Las otras dos fueron Pokolenie (1955) y El canal (1957).

Wadja, el premiado

Munk, Ford, Kawalerowicz, Has, Polanski, Zanussi, Zulawski, Kieslowski, Holland, Bugavski, Skolimowski y otros directores polacos forman, al lado de Wajda, el cuadro general de una de las grandes cinematografí­as del mundo. Wajda concedió a la Academia de Hollywood el honor de aceptar un premio que el director hizo extensivo a todos sus compañeros cineastas. La mejor manera de festejar este homenaje es ver de nuevo Heroica, Faraón, Los de la calle Warska, Manuscrito encontrado en Zaragoza, Cuchillo en el agua y otras pelí­culas que fueron haciendo el rostro del cine polaco junto con Canal, Cenizas y diamantes, Cenizas, La boda y Lotna (valiente yegua de la heroica y masacrada caballerí­a polaca). En su cine, Wajda siguió el consejo del poeta Herbert: “repite los viejos encantamientos de la humanidad, fábulas y leyendas, pues sólo así­ alcanzarás la bondad”.


Antes de la caí­da de los gobiernos socialistas que, hasta hace algunos años, mandaron en los paí­ses de Europa del Este, los creadores artí­sticos rumanos, polacos, checoslovacos, etcétera, debí­an elegir entre unas cuantas opciones, todas igual de terribles: o se plegaban a los lineamientos que las autoridades ordenaban -con lo que su obra no tardaba en convertirse en un panfleto ideológico, en un mero vehí­culo para transmitir ideas que apoyaran el “stablishment”-, o difundí­an su obra clandestinamente, con lo que pasaban a formar parte de una suerte de resistencia cultural contra el Estado, que podí­a desembocar en una mazmorra, en el ostracismo, en el exilio o en la muerte.

Pero si la (i)lógica de esta relación del Estado con la comunidad intelectual del pueblo al que gobierna podí­a sostenerse, por ejemplo, en el caso de escritores o pintores, resultaba totalmente imposible tratándose de cineastas. El escritor podí­a hacer circular algunos ejemplares de su obra con un riesgo muchí­simo menor del que implicaba dar una función clandestina de cine. Este acto, multitudinario por necesidad, difí­cilmente podí­a ocultarse a los miles de ojos de los omnipresentes miembros de los servicios de inteligencia. Y, por supuesto, más complicado que exhibir una pelí­cula non grata a los intereses de un gobierno, era el nada sencillo hecho de filmarla.

Esta fue, en términos generales, la realidad que hasta hace algunos años le tocó vivir a Andrzej Wajda, el cineasta polaco que en marzo pasado recibió el Oscar de la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de Estados Unidos, en reconocimiento a su trayectoria fí­lmica. Con toda seguridad, la estatuilla recibida no es el premio más importante de los muchos que Wajda ha merecido, pero sí­ es el más famoso, el más mencionado en los medios masivos de comunicación y, por consiguiente, el que más gente recuerda, independientemente de su valor marginal frente a la Palma de Oro francesa, el Oso alemán y el resto de los galardones que conforman el llamado “circuito de festivales fí­lmicos”.

Si de premios se trata…

Canal, la segunda pelí­cula dirigida por Wajda -la primera fue Generación, filmada en 1954-, obtuvo en 1957 el premio especial del jurado del Festival de Cannes. Dos años después, la inolvidable Cenizas y diamantes ganó el premio Fipresci del Festival de Venecia. En la década de los setenta, Wajda se llenó de premios: Paisaje después de la batalla ganó, en 1971, el Globo de Oro italiano; ese mismo año, Los abedules se llevó en Moscú la Medalla de Oro; en 1972, el Festival de Valladolid le entregó a Wajda una medalla por su trayectoria fí­lmica, y al año siguiente La boda -una de las cintas más memorables en una filmografí­a llena de pelí­culas inolvidables- obtuvo la Concha de Plata; en 1975, el Festival de Chicago premió a La tierra de la gran promesa con el Hugo de Oro, pelí­cula por la cual Wajda obtuvo, además de otros tres premios internacionales, el de Director en el Festival de Cartagena; El hombre de mármol ganó el Premio Fipresci en Cannes en 1978, y al año siguiente el Primer Premio del Festival de Belgrado; en el mismo 1979, el Festival de La Rochelle le dio a Wajda un reconocimiento a su trayectoria fí­lmica.



La década de los ochenta no fue diferente: en 1980, la ya mencionada El hombre de mármol ganó el premio de la crí­tica en Cartagena, y al año siguiente se llevó la Palma de Oro y el premio del jurado ecuménico en Cannes; en el mismo 1981, El director de orquesta obtuvo el Sello de Oro del Festival de Belgrado, y un año después (o lo que es lo mismo, diecinueve años antes que Hollywood) la Academia de Cine Francesa le dio a Wajda el César por su trayectoria fí­lmica; en 1983, además de llevarse el premio Louis-Delluc como la mejor pelí­cula francesa de 1982, Danton, protagonizada por Gérard Depardieu, significó para Wajda otro César, ahora por su desempeño como director. En los noventa, Wajda fue reconocido al menos con otros siete premios internacionales, tres de los cuales se debieron a su trayectoria fí­lmica: el Félix -entregado por la Comunidad Europea-, el León de Oro de Venecia y el Iris de Cristal del Festival de Bruselas.

Esta apabullante lista de galardones cinematográficos concedidos a una filmografí­a formada por tan sólo treinta y cuatro tí­tulos deja en claro la importancia de Wajda para el cine de todo el mundo y de todos los tiempos.

Lo que los premios premian

¿Qué se premia cuando se premia a Wajda? ¿Qué han visto franceses, italianos, rusos, colombianos, norteamericanos, españoles, en la obra de este director polaco? Más allá de la incontestable calidad técnica y formal que siempre ha sido la norma seguida por el director de La lí­nea de sombra y Sin anestesia, y también más allá de sus incontables recursos estilí­sticos, tal vez lo más apreciado por los cinéfilos de todo el mundo sea la capacidad de Wajda para llevar a la pantalla cinematográfica una historia local, perfectamente situada en un tiempo y un espacio -el tiempo y el espacio polacos, la mayorí­a de las veces-, y volverla universal, haciendo de ella bien sea un paradigma o una metáfora aplicables en cualquier parte del mundo.


Cenizas y diamantes, una de las pelí­culas fundamentales para la cinematografí­a mundial, fue filmada en 1958, es decir, pocos años después de la llegada al poder del socialismo real, por un Wajda treintañero que ya era capaz de analizar a fondo el pasado reciente de su paí­s y reflejarlo en una pelí­cula estremecedora. Cenizas y diamantes plantea, con crudeza pero también con ternura insondable, los conflictos entre el idealismo polí­tico y el instinto humano de conservación de un miembro de la resistencia polaca que, a finales de la segunda guerra mundial, da muerte al hombre equivocado. Wajda despliega todo su talento para captar la amargura y la desilusión que los polacos sintieron al final de la guerra, cuando hasta la misma idea de nación tuvo que pasar por la durí­sima prueba de ver a todo un pueblo sometido a los designios de otra cultura.

Por su parte, Cenizas, realizada en 1965 (cuando Wajda lleva ya once años de pelear contra la censura del Departamento Fí­lmico polaco, por un lado, y contra cierto nivel de incomprensión del público, por otro) es un auténtico compendio de los encontrados y, a veces, contradictorios sentimientos patrióticos que el pueblo polaco manifestaba. Wajda tradujo esto en la historia de un oficial de los servicios de inteligencia, un hombre cuyo pensamiento se nutre en buena medida por los ideales que perseguí­a la antigua nobleza polaca pero que, a pesar de ello, es sensible a la injusticia social. Cenizas plantea la paradoja entre un pensamiento de signo conservador, para el que no hay nada más natural que el hecho de que un segmento social viva bien a costa de los demás, y la solidaridad social requerida para la lucha contra la dominación extranjera.



Con esta pelí­cula, Wajda puso a las autoridades polacas en una situación realmente complicada: por un lado, se sentí­an en la obligación de defender el buen nombre de Polonia y de los polacos en general contra las propuestas “polí­ticamente incorrectas” de un artista controvertido como Wajda, pero les resultaba imposible condenar una obra maestra que hablaba abiertamente de la injusticia social y criticaba -sin concesiones y con la agudeza de una daga- ciertos elementos del pasado que siguen siendo parte fundamental de la historia y la idiosincrasia polacas.

En La boda -pelí­cula para la cual Wajda se basó en la espléndida novela de Wyspianski- se retrata a una sociedad que, bajo la influencia del omnipresente vodka, sueña con su “pasado excepcional’” y habla sin parar de la necesidad de hacer algo para regresar a tal estado idí­lico, pero que sólo es capaz de recaer, dí­a tras dí­a, en el más completo conformismo. Aquí­, el amor que Wajda siente por su paí­s y por su gente se revela bajo la forma de una implacable crí­tica a lo que aquéllos tienen de inmovilismo: por momentos, la heroicidad se repliega ante la cobardí­a, la solidaridad se empapa de egoí­smo y el sentimiento religioso, uno de los motores ideológicos más importantes en Polonia, se traduce fí­lmicamente en una figura de sotana tan quieta que parece formar parte del paisaje.

Sirvan estos tres ejemplos para ilustrar el que siempre ha sido uno de los principales propósitos de la trayectoria cinematográfica de Wajda: demostrar que el pasado, la historia de un pueblo siempre es más importante que la ideologí­a en turno; que las costumbres y las tradiciones de la gente tienen más fuerza, al final, que todos los panfletos y la mercadotecnia polí­tica, aunque ésta dure lo que duró la “cortina de hierro”; y que el carácter de una nación está formado más por el sentimiento y las ideas de cada persona en lo individual, que por los de una colectividad forzada a pensar de una manera especí­fica.

Si el cine, como el resto de las manifestaciones artí­sticas, es incapaz de desligarse de su correspondiente carga polí­tica e ideológica, producto de su inserción en una realidad social imposible de soslayar, más vale entonces hacer de él un medio útil para difundir masivamente valores universales que no cambien -que no deben cambiar- con el tiempo, y no un simple vehí­culo que cualquier poderoso en turno pueda montar para justificarse ante sí­ mismo y ante quienes sufren su yugo. Esta ha sido, en gran medida, la lucha que Wajda ha sostenido, a pesar incluso de ciertas acusaciones -hoy por suerte casi olvidadas- de que estuvo dispuesto a plegar su genio a los requerimientos del Estado. Quien conoce aunque sea parcialmente la obra de este director imprescindible, sabe que la acusación es falsa: Wajda siempre se vio obligado a caminar en la delgada lí­nea que pasa entre una pelí­cula que la censura podí­a prohibir con un solo golpe de mano, y otra que, con sutileza y habilidad de prestidigitador, dijera lo que tení­a que decir.

Oscar meets Wajda o premio-conoce-cineasta


La crí­tica cinematográfica seria y hasta el último de los especialistas tienen al Oscar en muy mal concepto, debido a la propensión que la Academia norteamericana siempre ha manifestado de mirarse el ombligo. Sin embargo, al menos este año las cosas parecieron mejorar, hecho en el cual el reconocimiento al director polaco tuvo mucho peso. Lo que uno debe preguntarse es: ¿por qué una entidad como Hollywood premia a un cineasta como Wajda?

Hasta hace algunos años, la industria cinematográfica polaca dependí­a por completo del gobierno socialista, lo mismo en el aspecto económico que en cuanto a la temática y el tratamiento que debí­a dársele. Es bien sabido que Wajda logró, como nadie, esquivar la sinuosí­sima censura y filtrar su crí­tica mirada sobre la situación que se viví­a en la República Popular de Polonia, por lo cual sus pelí­culas constituyeron un elemento muy importante en la formación de la conciencia popular que finalmente desembocó en la caí­da del régimen socialista, de la mano de Solidaridad y Lech Walesa. Es muy probable que ese Oscar tenga como razón fundamental el mayor o menor apoyo que la filmografí­a de Wajda prestó a la caí­da en Polonia del sistema polí­tico-económico que Estados Unidos siempre ha visto como si del demonio se tratara. Y algo muy posible es que, si Wajda hubiera nacido, crecido, aprendido a hacer cine y filmado en Estados Unidos, su espí­ritu independiente y sus convicciones respecto del individuo y la libertad seguramente habrí­an encontrado una cantidad similar de elementos criticables en la tierra del Tí­o Sam, que los hallados en la de Carol Wojtila. En ese hipotético caso, la Academia hollywoodense lo pensarí­a más de dos veces antes de galardonar a un cineasta como Wajda.

La muerte sublime

La obra de Wajda es inseparable de la historia de Polonia, una nación borrada del mapa del mundo durante ciento veinticinco años: fascista apenas seis años después de su renacimiento, obligada a luchar en 1939 en el campo de las democracias y rota por dos ocupaciones, la alemana y la soviética. Después de Kanal (1957), Cenizas y diamantes (1958) completa la trilogí­a de pelí­culas bélicas iniciada por el director con Una generación (1955), filme que lo convirtió en la cabeza del nuevo cine polaco. Zbigniev Cybulski interpreta a un “desesperado” de la Resistencia, papel por lo que se lo identificó con Maciek, el héroe dividido, irónico y perdido del Armia Krajowa. “Resumí­a nuestra generación”, dirá el cineasta del actor, “y se me parecí­a como un hermano”. Durante diez años, Cybulsky repitió este papel en todas sus pelí­culas. Con Wajda también actuó en Pokolenie y El amor a los veinte años. Murió en 1967 al querer saltar de un tren en marcha.


Cenizas y diamantes, blanco y negro, fines de los años 50. Estamos en Polonia, pocos dí­as después de la derrota de los nazis. Nacionalistas y comunistas luchan por los despojos nacionales. La pelí­cula de Andrej Wajda tiene un actor, Zbigniev Cybulski, que puede cotejarse con el mejor Bogart o el Belmondo de Sin aliento. Wajda habla de la desolación polí­tica, de tener que dar muerte a un hombre, del vací­o pasmoso que se apodera del asesino. El asesino pasa a ser un hombre horrorizado, muerto él mismo por el peso de su acción, un exiliado de su misión polí­tica -que finalmente consuma- a quien sólo le cabe descubrir lo que es la agoní­a amorosa.

Pocas veces se ha visto con tanta nocturnidad y lirismo (Cenizas y diamantes) la devastación de la conciencia polí­tica en el hombre armado. Wajda toma al militante nacionalista -el gran Cybulski-, lo rodea de los sí­mbolos rotos de la nación, lo pone frente a viejos sepulcros y poesí­as del alma irredenta de Polonia, lo hace comisionado de “la muerte sublime”, muertes rápidas, desechables, en nombre de una desesperada empresa de salvación. Y con todo eso asistimos a un examen de la conciencia polí­tica barroca, al escepticismo frente al inevitable sacrificio, a una religiosidad fatalista y a un oscuro erotismo.

El asesinato polí­tico, repentinamente, se transforma en un vací­o metafí­sico y una cita polaca con reminiscencias sartreanas. “Existencialismo polaco”: Cybulski parece salido de Las manos sucias. Pero es Wajda, no Sartre, el que busca en la arcaica poética martirológica de un paí­s desvencijado para encontrar el hilo de una lucha nacional que adquiere la forma moderna de un duelo entre nacionalistas y comunistas.

Descubre la conciencia fenomenológica de lo que es un crimen en la historia y qué es la criminalidad polí­tica, con sus señuelos poéticos y su sueño redentor.

Cybulski muere como un payaso, enfundado en sábanas blancas colgadas en un descampado. Antes habí­a meditado sobre los caí­dos en la célebre escena del bar del hotel, que tantos copiaron o mencionaron. Cenizas y diamantes, quizás una pelí­cula argentina.

 


 


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